El creador de la marca de zapatos más reconocida de La Argentina es, ante todo, un hombre en constante movimiento. Optimista nato y trabajador empedernido, define su marca como lujosa, transgresora y dinámica. Un trío imbatible.


-¿Cuál es la clave de su éxito?


–Algo que la gente no siempre tiene en cuenta, que son treinta años de trabajo constante. No es un crecimiento que se dio porque uno fue a la casa de Gran Hermano y se hizo conocido y punto, sino que es un trabajo con mucha identidad.

 

–¿Cómo definiría su marca?


–Es lujosa, transgresora y dinámica.

Nosotros cambiamos constantemente, nos reinventamos cada día. Es transgresora porque siempre vamos un paso adelante, no hacemos lo que la gente espera, sino que la sorprendemos. Esos preceptos siempre existen.

 

–¿Esa transgresión viene de familia?


–Claro. Las primeras botas que hizo mi padre en 1950 cuando llegó a la Argentina eran ajustadas a la pierna o con flecos desde la rodilla hasta abajo. La gente le decía: “Usted está loco, la sociedad argentina es machista, las botas dan reminiscencias militares”. Y a mi padre no le importaba. No vendía esos modelos a los comerciantes pero sí a las prostitutas, que estaban felices con sus diseños. 

 

–¿El mandato familiar lo obligaba a dedicarse a los zapatos?


–Yo soy la cuarta generación de mi familia de fabricantes de zapatos, pero tengo una visión más estratégica, más empresarial.

Transformé lo que era un taller artesanal en una mediana empresa que produce no solamente zapatos sino todos los accesorios que los rodean: camperas, cinturones, trajes de baño, ropa interior, perfumes.

 

–¿Cómo cambió el mercado?

 

–Antes, para tener éxito había que fabricar un producto, y que fuera de muy buena calidad para venderlo. En los 90 aparecen las marcas que comienzan a trabajar sobre las emociones, a trabajar en sensibilidad y en imagen. Así se hicieron conocidos los diseñadores y las modelos, y la moda se puso de moda, entonces las marcas con identidad propia y un estilo bien definido comienzan a tener más fuerza.

 

–¿Qué atención les presta a las tendencias mundiales? ¿En qué se inspira?

 

–Cuando vuelvo de un Fashion Week de Nueva York lo primero que me dicen es: “¿Qué desfiles viste?”. Lo que menos me importa es ver desfiles. A mí me importa ver, primero, cómo se viste la gente que deja de hacer sus cosas para ir ahí. Lo segundo, cómo llegan vestidas a la carpa las modelos, porque ellas tienen contacto con diseñadores dos meses antes de que salgan las colecciones y llevan lo último. En tercer lugar, me interesa la primera fila. Ahí voy a ver a los editores de moda, que tienen lo que nadie puede tener.

Finalmente puedo ver el desfile, que nunca se sabe si va a tener éxito o no, entonces es lo que menos me interesa.

 

–¿Cómo influyen las nuevas tecnologías en la promoción de su marca?


–Las redes sociales son lo que ahora marcan la pauta. Nosotros tenemos un equipo de cincuenta personas trabajando en redes. Manejamos cada red con su idioma. En Twitter, por ejemplo, necesitas que un formador de opinión como Calu Rivero diga: “¡No puedo creer lo que son estos zapatos, un fuego!” para que la gente salga corriendo y los compre.

 

–¿Cambió también la forma de hacer publicidad?


–Claramente. Hace poco vendimos 170 mil pesos en productos con un solo tweet, lo que hubiera implicado una inversión de 80 mil pesos en diarios o revistas.

 

–¿Qué tienen de especial los zapatos para las mujeres?


–Los zapatos no son un artículo habitual. Una mujer los compra cuando está contenta, cuando está enojada, cuando está triste, cuando se deprime, cuando tiene una reunión, por si tiene una reunión… Cualquier excusa es buena para que una mujer compre zapatos. En definitiva no está comprando zapatos, sino gratificación.