El diseñador más vanguardista de la Argentina habla de Laboratorio, su nuevo emprendimiento en Palermo Soho, y cuenta por qué hace las cosas a su manera.


¿De dónde surge el término Laboratorio para referirse a su espacio de trabajo?

–Nosotros lo llamamos Laboratorio porque es un lugar de experimentación textil. No es una fábrica, tampoco es un taller, porque en un taller se supone que se hacen procesos estándares.

Nosotros investigamos, y todas nuestras técnicas tienen procesos que surgen a raíz de la investigación textil que hacemos. Se supone que un lugar que investiga y desarrolla procesos debe ser un lugar cerrado, por eso lo fue durante todo este tiempo 

 –Si miramos en las vidrieras de las marcas masivas, vamos a ver mucho metalizado en las piezas terminadas, lo que es mi sello. Pero en la moda, para mí, la copia es una clara señal de que existe un liderazgo en cierta cuestión de producto, que siempre lo tuvimos, no es algo nuevo. Siempre miraron lo que hacía.
 
–¿Cómo vive como empresario este momento del país?

–Si bien hoy es un momento crítico para los emprendedores, también tienen una ventaja, y es que el que está dispuesto a laburar, a pelearla, a rever las estrategias cotidianamente, está mucho más preparado para un contexto como el que estamos que otro que de repente viene de una multinacional suiza, donde todo funciona perfecto.
Es un buen momento también porque trae oportunidades, y es un momento difícil como estamos acostumbrados siempre en la Argentina. Siempre tengo un poco de miedo, tengo como 60 empleados y eso es fuerte.
 
–¿Cómo sigue su trabajo con los pueblos del norte?
 
–Durante junio vamos a hacer una feria con los artesanos de la Puna, con artículos de fibra de llama, en el local de Tramando de Rodríguez Peña. Es la primera muestra que hacemos del trabajo de ellos. Fue un proceso muy largo de control de calidad y hoy recién están teniendo el producto que nosotros como marca podemos avalar. Antes fue un proyecto de capacitación. Al proyecto lo llamamos La Joya Textil, y permite tener un producto de lujo hilado a mano, con fibra de llama, único.
 
 
 
–¿Qué lo motivó a trabajar con estas comunidades?

–Viajé al norte, busqué y encontré la Red Puna, que es una organización de campesinos de la zona que viven en comunidades.
Hace cinco años que viajamos cinco veces por año a talleres con todos los artesanos.
 
–También mantiene un vínculo muy fuerte con la cultura japonesa. ¿Qué aprendió de ella?
 
–De la cultura japonesa aprendí el respeto.
Son respetuosos y amorosos, le dan tanto valor a un arreglo de ikebana como a una persona cualquiera. Tienen un respeto enorme por todo lo que tiene vida, y ese mismo respeto lo aplican para los objetos. Para ellos el concepto tiene tanta importancia como la materia.
Son una sociedad muy evolucionada porque no va al cuánto vale tal cosa o de qué marca es. Ellos pueden no conocer tu marca pero si la aprecian le van a dar un valor increíble.
 
–¿Por qué se define como un agitador cultural?

–Ese título lo he ganado con mucho esfuerzo, pero no un esfuerzo que me haya pesado mucho porque es algo que me gusta hacer y me llena mucho.
En varias cuestiones a nivel social sé que he movilizado algo. Sobre todo en materia de diseño, en tener una marca con identidad propia que no copia lo que pasa afuera. Por todo eso me parece que es un crédito que me lo merezco más que el de diseñador.