El crossover es un término muy escuchado entre la comunidad latina en Estados Unidos. Allí, un cantante no termina de triunfar hasta que es aceptado por el público angloparlante, logra cantar o componer sus propias canciones en inglés y la prensa estadounidense lo tiene en cuenta. Todo eso que puede ser un golden ticket para cualquiera se dio naturalmente en el caso de Juana.

 

–¿Cómo fue la experiencia de salir de gira con un grupo tan importante como Feist?

–Conocí a Leslie, la cantante de Feist, en Canadá. Yo tocaba antes que ella en Vancouver, no la conocía, no sabía quién  era, pero había una gran expectativa, la gente se preguntaba ¿tocará sola? ¿con banda? La última vez tocó en trío y cuando salió al escenario dijo: “Qué vergüenza me da hacerlo ops  (N de la R: samples sincronizados que ocupan uno o varios compases musicales exactos) después de Juana Molina”. Casi me muero de emoción. Después nos saludamos, fuimos a comer y nos hicimos amigas.

 

–¿Es cierto que Leslie la incentivó a componer en inglés?

 

–Sí, ella fue quien casi me obligó a escribir una canción en inglés, me dijo: “Lo mínimo que nos merecemos nosotros, los que te seguimos desde hace años, es que nos hagas una canción en inglés”

 

–Aunque hubo un tiempo en que se había jurado no recurrir a ese idioma.

 

–Siempre dije que jamás escribiría en inglés, pero nunca había considerado ese punto de vista y me pareció que una puerta se abría.

Claramente, la cantante canadiense que le aconsejó a Juana expandirse al idioma inglés tenía razón. Y no se abrió una puerta sino varias, a distintos países, a los lugares más lejanos y exóticos del globo. Juana llegó con su música a países tan grandes como Estados Unidos o Canadá, y tan distintos como Australia o Japón.

 

–¿Cuál fue la ciudad más lejana o extraña que visitó con su música?

 

–Sin duda Tokio, que está diametralmente opuesta a Buenos Aires. No sólo física, sino también culturalmente.

–¿Cómo analiza el reconocimiento que supo conseguir en lugares como Japón?

 

–En Japón pasa algo similar a lo que pasa acá. Ellos crecieron escuchando canciones en otro idioma. Entonces, no les resulta tan incómodo no entender las letras. La conexión es la música en su estado más puro. ¡Es un lenguaje universal!

 

–¿Cómo se hace para escribir sin pensar en que los demás te entiendan? ¿Considera que así el resultado es mejor?

 

– Uno no hace las cosas para que los demás lo entiendan o no, las hace porque necesita hacerlas. Yo no digo: “Uh, esto que estoy haciendo es muy difícil, distinto”. Simplemente me voy hundiendo más y más en ese mundo y cuando salgo al otro lado, con el disco, listo, puedo analizarlo. Pero, como conozco cada uno de sus elementos, cada cosa que está, está por alguna razón, mi análisis es demasiado subjetivo. El resultado es necesariamente mejor porque no tiene un propósito ajeno a la música misma.

 

–¿Cómo se lleva con el título de transgresora?

 

–Creo que cualquiera que siga sus intuiciones, su manera de ver, de sentir las cosas, sería lo transgresor. ¡Y realmente es lo más fácil! Es lo que mejor sale, lo más genuino y único, porque todos nos parecemos mucho, pero tenemos algo que nos distingue, y deberíamos todos estar orgullosos (no sé muy bien por qué) de nuestras diferencias. V i v e l a différence!

 

–¿Qué aspectos de la música transgrede con sus canciones?

 

–Bueno, no sé si hay algún aspecto que pueda explicar. Cuando logro la concentración total, que lleva días de trabajo previo hasta que de pronto estoy adentro, ahí empiezan a pasar las cosas.

De golpe el mundo desaparece, los instrumentos desaparecen, la tecnología desaparece y todo se convierte en un paseo musical y abstracto. Aparecen imágenes que me indican por dónde ir. Formas, caminos, infinito. De pronto ya no estoy haciendo nada, son los sonidos los que me dicen qué hacer con él los. Yo obedezco, como si fuera guía y turista al mismo tiempo.

Hay algo tan primario y tan auténtico en la música de Juana que resulta difícil ver su arte contaminado por el exterior, por los ruidos y la locura de una ciudad cualquiera como Buenos Aires. Ella, que siempre fue diferente, necesitó encontrar su refugio lejos de todo para estar en paz, en silencio, y así crear.

 

–¿Qué importancia tiene el silencio en tu vida? ¿Es cierto que no soportaba los ruidos del centro y por eso se fue a vivir a Pacheco?

 

–No puedo recordar dónde leí  (El as no de oro de Apuleyo?) que Fula no dejaba Atenas porque la ciudad había empezado a resoltarle insoportable. Hablaba del exceso de luz que le impedía ver la Luna o las estrellas. Durante la revolución industrial,

William Wordsworth se fue abrumado de su ciudad natal porque no aguantaba el “progreso”.

 

–¿ Así fue como se sentía viviendo en la ciudad?

 

–Yo debo ser una más, otra sensible a la invasión insensata.

La locura de haber inundado la ciudad de esa luz en Buenos Aires que quitan las ganas de caminar por la calle. ¿Quién puede darse un beso en una plaza con una luz de interrogatorio? ¿Será que ponen más porque consumen menos? ¡Al final gastan lo mismo!

 

–¿Qué es lo que más le molesta?

 

–No estoy en la tesitura de la queja, sólo quiero alejarme de los extractores, aires acondicionados cuando no hace calor, el bip del contestador del vecino que le avisa que hay mensajes (pero el vecino no está y no para de sonar hasta que vuelve), el humo de los colectivos.

 

–¿En el campo encontró la paz?

 

–Me fui un poco más lejos, pero no me salvo de los ru idos ni de las luces. Soplahojas, tractores, cortapastos y bordeadoras…

Todos me atormentan a diario y de noche las luces blancas frías y fuertes de bajo consumo no me dejan ver la Luna, como le ocurría a aquel personaje griego.

 

–Aparte del ruido, ¿qué cosas le molestan? ¿Qué la saca de quicio?

 

–Prefiero hablar de las cosas que me gustan, ya despotriqué bastante en la pregunta anterior.

  

–¿Qué le produce alegría, bienestar, felicidad?

 

–Me gusta cuando entra el sol de la tarde por la ventana o cuando tengo la suerte de encontrarme con una oruga verde, como la semana pasada, con hongos amarillos y un cielo rosado, o cuando sale el Sol y todavía llueve. Ahora que estamos en la mejor estación del año, el otoño, daría cualquier cosa, cualquiera, por estar en las quebradas al solcito.

Juana y sus hermanas marcó un hito en la televisión argentina.

Aquel programa de humor en el que Juana Molina desplegó un talento único sigue causando furor en YouTube, y muchos daríamos cualquier cosa porque Juana vuelva a la tele. Ella, sin embargo, encontró su camino en otra parte.

Cambió, arriesgó, se transformó y salió ganando. Hoy, aveinte años de aquel suceso, Juana recuerda esa otra vida con cariño.

 

–Su manera de hacer humor definió a toda una generación de argentinos. ¿Eso qué le genera? ¿La conmueve?

 

–Sí, claro. Pero no es evidente darse cuenta. Uno nace y se desarrolla donde le toca, después va eligiendo o creyendo que elige su camino. Va haciendo lo que puede y no percibe con claridad por dónde va yendo. El parámetro son los demás. Yo no soy tan consciente de cómo algo que era más bien natural en mí, en mi familia, haya tenido tanto impacto. Es increíble que después de casi veinte años (sí, veinte años) se acuerden del programa. ¡Y con tanto cariño!

A veces alguien se acerca a hablarme con tal felicidad que me contagia y me siento agradecida