Johnny Rivers era un artista de medio pelo que fue furor en la Argentina. Lograba meter un hit tras otro, algo que parece inexplicable pero no lo es: el tipo tocaba con LA Boogie Band, un seleccionado de músicos que sólo se pueden definir como extraordinarios.

 

Así como hay discos que son buenísimos y pasan desapercibidos, hay otros que, sin merecerlo, casi alcanzan el título de clásicos. Y hay discos que son muy reconocidos en algunos países, y otros que son universales. El disco que nos ocupa hoy constituye uno de esos extraños casos en los que nadie jamás me pudo explicar por qué fue tan trascendente para una generación entera de argentinos, qué extraño designio determinó que miles de jóvenes en esos raros años 70 nos pusiésemos de acuerdo en cuál sería la banda de sonido de nuestros sábados a la noche.
 
Partamos de una base sólida: Johnny Rivers, que es de quien estoy hablando, era una rara avis en el mundo de la música, un mundo tan vasto y complejo como el de la religión, el psicoanálisis o la economía.
Rivers era un músico del montón, un cantante bastante mediocre, guitarrista casi básico e incapaz de componer una canción hermosa. Lo que sí tenía era un oído sensacional, casi único diría yo a esta altura.
Un oído desarrollado seguramente en sus años de disc jockey en San Francisco, donde a mediados de los 60 tenía exitosos programas de radio porque era infalible a la hora de armar una lista de canciones o de adivinar cuál de los temas de un disco tenía destino de hit. 
Digamos que el gran y único logro de Johnny Rivers como músico fue elegir un repertorio plagado de éxitos. Algunos, curiosamente, no lo habían sido en boca de sus autores, pero bastaba que los cantara Johnny y se disparaban al tope del ranking. Y conste que estoy hablando de una época en la que los rankings eran la única referencia de la que disponíamos los jóvenes DJ de antaño. Años sin radios de rock, sin internet y sin videos, con sólo algunas revistas importadas anoticiándonos de los eventos.
 
También es razonable destacar que el gran aporte que hizo Rivers a la cultura de masas fue inventar el rock para discotecas, el rock que se podía bailar. Eso sucedía porque le mandaba palmas a los temas o marcaba desmesuradamente la rítmica del bajo y la batería, cosa que cualquier imbécil con dos pies izquierdos se sintiera capaz de llevar el ritmo agarrado a una joven doncella; no podías perderte. Su timbre de voz era fácilmente imitable, así que hasta el más tarado del baile podía hacer air guitar, los coros con las canciones de Johnny y ejercer la bananez del sábado a la noche sin llegar al papelón.
Según he averiguado, y se lo pregunté en un momento al mismísimo Rosko, Last Boogie in Paris solamente tuvo éxito en tres lugares: París, Río y Buenos Aires. En esas ciudades, en ese año 74, fue donde se bailó “John Lee Hooker” noche tras noche, en discos, cumpleaños de 15, casamientos, partusas y livings de clase media.
 
No hay necesidad, sospecho, de presentar este disco a cualquiera que ronde los gloriosos 50. Todos necesitamos alguna vez este disco. Pero para las generaciones que vinieron después es menester aclarar que, desde que apareció el CD hace ya 20 años, es una gema casi imposible de conseguir. Mi copia se la compré a un coleccionista carioca que nunca supe de dónde lo había sacado.
Aunque la piratería se encarga a veces de poner las cosas en su justo lugar, lo que es verdaderamente complicado es conservar el sonido en vivo tan bienlogrado en las copias originales.
 
Dice la historia que el 23 de mayo de 1973 Johnny Rivers se presentaba en el Olimpia de París, un teatro en el que en esos tiempos grababan sus discos en vivo Bob Dylan o James Taylor, entre otros consagrados. Johnny jamás tuvo una banda mucho tiempo, cambiaba de músicos de disco a disco, tal vez intentando encontrar la banda de su vida, tal vez porque era insoportable o tal vez porque era malísimo tocando, como me contó Pappo, que tocó con él en Baires una vez; qué sé yo.
 
La cuestión es que, para ese show en París, contrató a una selección de sesionistas de Los Ángeles que se encargó de hacerle la segunda a Johnny. Para eso agarraron una serie de standards del rock and roll del momento y le dieron para adelante a la cuenta de tres. Se llamaron LA Boogie Band, y fueron, según dicen por ahí, el germen, hablando de sonido, de lo que después buscaron John Belushi y Dan Aykroyd, otros hijos dilectos de Los Ángeles, cuando pensaron en hacer The Blues Brothers. En la banda estaba Jim Gordon a la batería, ex Derek & The Dominoes, banda con Eric Clapton y Duane Allman, pavada de batero, carajo. Al bajo iba Jack Conrad, que en el 76 fue el bajista de la banda del mejor Michael Jackson de la historia. En trompeta, Chuck Findley, trompetista de Steely Dan, George Harrison y B.B. King. Mike Melvoin tocaba keyboards: murió hace unos meses, fue pianista de Frank Sinatra, Barbra Streisand, Lalo Schifrin y, para más precisión, el pianista en “Stand by Me” versión John Lennon. También estaba Dean Parks, un guitarrista que trabajó entre otros con Madonna, Crosby & Nash, Elton John y recientemente grabó con Michael Bublé y León Gieco. En coros y guitarra estaba Herb Pedersen, amigo y socio a veces de Gram Parsons, y acabo de nombrar nada menos que al genial Gram Parsons, de pie por favor, y si no, a Google y ver “Gram Parsons”.
 
 
Estos eran algunos de los miembros de LA Boogie Band, todos atrás del segundón Johnny Rivers, que para la ocasión revisitó clásicos como “Sea Cruise”, de Huey “Piano” Smith, “Barefootin’”, de Robert Parker (tema con el que abría sus shows solistas Pete Townshend en la misma época), y “Long Tall Sally” (“Sally la lunga”), de Little Richard, que se hizo famosa en la versión de Los Beatles. Esas estaban en el lado A del vinilo. El lado B tenía sólo tres canciones, pero se pasaba de comienzo a fin en los bailes, abría con “Walkin’ Blues”, de Rex Griffin, viejo blusero de los 40, que era también el autor de “Todas aspiran a ser mi chica”, que en Los Beatles cantaba George Harrison. Después seguía un clásico del triplete Holland/Dozier/Holland, los creadores del sonido Motown, “Rock Me a Little While”, años después popularizada por los Doobie Brothers, y el final a toda orquesta, y nunca tan precisa la frase, con el interminable “John Lee Hooker ’74”, que se llamaba “’74” porque Johnny ya la había grabado un par de veces antes aunque no con esta banda. Era una especie de tributo a John Lee Hooker, obviamente, aunque otros llamarían robo, directamente, a una canción del gran cantante y guitarrista incluida en un disco doble de unos años antes con los geniales Canned Heat, unos gordos granujas hoy reivindicados por Jamiroquai y por Jack White, entre otros. “John Lee Hooker ’74” es un himno de las discos de aquellos años, era imposible prescindir de ella, recuerdo que los disc jockeys llevábamos dos o tres vinilos de Last Boogie in Paris, por si se rayaba o lo robaban. Había que ponerlo, caso contrario podían hasta cagarte a trompadas y bajarte de la cabina.
 
Ahora ¿qué pasa con este disco cuando lo escuchás hoy? Seguramente a muchos les parecería una mierda, o a otros los haría bailar con una sonrisa tonta en la cara, pero a nadie le rompería la cabeza. Obviamente, es una obra que no soporta el paso del tiempo, por algo a nadie se le ocurriría reeditarla. Pero ya desde la tapa, una foto borroneada de Johnny Rivers, vestido como había que vestirse en esa época, cruzando una calle solitaria con una flor en la mano, este disco es el que yo levantaría con la mano si alguien me pregunta: “¿Cuál es el disco que más veces escuchaste en tu adolescencia, en más lugares fuera de tu casa y en tocadiscos de las personas más inesperadas?”.
 
Ya desde el nombre Last Boogie in Paris, que linkea al Last Tango in Paris de Bertolucci y Brando, tan de moda en ese año justamente, uno sabe que no va a encontrar nada nuevo ni original, sólo un disco del medio pelo Johnny Rivers, cantando una seguidilla de canciones conocidas. Pero también uno puede escuchar a una de las más grandes bandas de rock and roll, formada para la ocasión, en acción. Lastima que el líder de esa banda fuera Johnny Rivers, pero en un punto, como dice mi amigo Juanse, eso le suma.
 
Uno ahí ve a Johnny en el lugar que soñamos, un cantante sin mucho caudal, un cualquiera, uno que bien podría ser yo, o vos, o mi primo el gordo, dándose el gusto de encabezar a una máquina preparada para matar a puro rock.
 
Y acabo de escribir esto, básicamente, porque jamás vi algo escrito sobre este disco. Alguien alguna vez tenía que hacerlo.
Adiós.