El marqués de Sade, Vladimir Nabokov y Charles Bukowski encabezan la lista negra de la literatura, no porque hayan sido malos escritores, sino porque sus personajes cruzaron todos los límites y todavía siguen escandalizando.

“Las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes.” Esa parece ser la moraleja de Justina o los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade, un libro infaltable si de transgresiones literarias se trata. Publicado clandestinamente a fines del siglo XVIII, su aparición implicó tal escándalo que su autor pasó buena parte de su vida encerrado, acusado de “demencia libertina”.

¿Por qué tanto revuelo por una obra literaria? Las razones no fueron pocas: torturas, violaciones y abusos sexuales de toda laya fueron descriptos por Sade con una minuciosidad tal que hizo que su apellido diera lugar a un sustantivo: el “sadismo”, esa forma de alcanzar excitación y placer sexual causando dolor o humillación a otro. 

En el caso de la novela, ese otro es Justina, una joven que, a pesar de intentar defender su virtud, es vejada una y otra vez por los personajes más azarosos y de las formas más retorcidas. Por ejemplo, si después de haber sido brutalmente abusada llega casi moribunda a un convento segura de que por fin va a ser cuidada y bien recibida, encuentra que allí hay esclavas al servicio de los más desatados libertinos que, como todos los personajes que encarnan la inmoralidad a lo largo del libro, lejos de recibir castigo, son siempre recompensados.

¿El objetivo de Sade? Escribir una novela en la cual, en vez del esquema clásico y moralizante de la victoria del bien sobre el mal, se mostrara al vicio siempre triunfante y a la virtud como víctima de sus propios sacrificios. “¿No dirán que la virtud, por hermosa que sea, se vuelve sin embargo el peor partido que pueda tomarse, si resulta demasiado débil para luchar contra el vacío, y que, en un siglo totalmente corrompido, lo más seguro es actuar como los demás?” Justina fue una “obra maldita” que circuló secretamente durante todo el siglo XIX y fue de gran influencia para autores como Flaubert, Dostoievski o Baudelaire; una novela que aún hoy sigue siendo tan revulsiva como imprescindible.

 

POR SIEMPRE LO


“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía.” Las primeras líneas de Lolita, de Vladimir Nabokov, forman parte de los comienzos más citados de la literatura.

La historia es la de Humbert Humbert, un profesor europeo en los EE.UU. que alquila una habitación en una casa de familia donde vive una viuda con su pequeña hija. ¿Qué lo inclina a decidirse por ese hogar modesto, de decoración dudosa, en el cual no habría permanecido más que unos pocos minutos incómodos?

La pequeña Dolores, que pasea sus doce años a los saltos por el jardín. Tanto que no sólo se muda sino que al poco tiempo acepta casarse con su madre con tal de tenerla cerca. Pero a pesar de su obsesión, no es él sino ella quien le da el primer beso, jugando con los mohines de una recién estrenada estrella de cine. Lolita juega. Humbert se consume. Y escribe en su diario. Hasta que esas líneas cargadas de ansiedad llegan a manos de su esposa, que en un rapto de cólera sale a la calle y… voilà, es atropellada por un auto. Ahora Lolita queda a cargo de su padrastro y entre ellos comenzará una relación non sancta, en la que siempre es ella la que dará el primer paso, la que sugiere una relación incestuosa, la que también lo abandona por otro hombre mayor. Cuando la novela fue publicada en 1955 fue tachada de pornográfica (aunque las pocas escenas de sexo sean sólo sugeridas) y llamó la atención de Stanley Kubrick, quien en 1962 la llevó al cine con guión del propio Nabokov.

La película fue un éxito e incluso fue nominada al Oscar como “mejor guión adaptado”. Sin embargo la remake de 1997 a cargo Adrian Lyne (con hot hits como Atracción fatal o Propuesta indecente en su haber) no corrió la misma suerte: los estudios de Hollywood se negaron a distribuir la película durante más de un año, hasta que las expectativas de recaudación pudieron más que las objeciones por transgresión.

 

EL ÚLTIMO LIBERTINO


Uno de los últimos “escritores malditos” del siglo XX fue Charles Bukowski, que recibió tantos elogios como diatribas, sobre todo de quienes acusaron a su estilo de “exhibicionismo literario”. En los cuentos reunidos en La máquina de follar los personajes suelen ser borrachos, apostadores y desempleados que rehuyen el trabajo, cuyos días transcurren entre el alcohol y el sexo. En cada relato la sordidez es administrada en pequeñas dosis, que si bien no inmunizan, atemperan los golpes. Son historias de decadencia, pero al mismo tiempo de cierta bohemia siempre al límite de la indigencia, de renegados del modelo de self made man del paradigma norteamericano.

La pobreza y la sexualidad son ejes rectores: a falta de otras certezas, la entrega maquinal al sexo como escape, como un medio para alcanzar, al menos, algún placer seguro. También el alcohol tiñe cada una de las relaciones humanas, sus miserias y excesos. Como dice Bukowski: “Otra cosa en esta sociedad es lo que te hace daño… por eso necesitas todas esas porquerías”.