Con una legión de aspirantes a su título de reina del pop pisándole los talones, Madonna se sigue reinventando. Su nuevo trabajo, MDNA, la devuelve a la cima aunque empieza a mostrar signos de fatiga.

Después de la desilusión que provocó la desteñida oferta musical del disco Hard Candy (2008), a pesar de que en el proceso de producción se involucraron The Neptunes y Timbaland, dos de los grandes alquimistas del hit a lo largo de la década pasada, Madonna se vio en la obligación de buscar soluciones para salir del atolladero creativo en el que se había sumergido tras la aparición del deslumbrante álbum Music, ocho años antes.

Ni siquiera Paul Oakenfold, el todopoderoso de las pistas de baile al que la reina del pop convocó para que colaborara con ella en un par de temas inéditos de Celebration (2009), entre los que despunta el que le da título al compilado, pudo devolverle del todo la rutilancia a una estrella que siempre se distinguió por su capacidad de reinventarse. Pero ni frente a un escenario como este la artista estadounidense se resignaría a vivir de la rentabilidad del pasado, pues su intuición y orgullo impedirían que la embargara semejante acto de negligencia. 

Así que, al tiempo que llevaba adelante su segundo largometraje en el rol de directora, W.E., que se estrenará en junio en la Argentina, Madonna comenzó a diseñar las nuevas canciones. El primer adelanto, “Give Me All Your Luvin’”, fue presentado el 3 de febrero de este año, y, antes que servirle como salvavidas, estaba bastante lejos de emular la trascendencia de cualquiera de sus himnos. Se trata de un saludo al pop de última generación, aunque un poco sobrecargado de tamiz adolescente. Posiblemente a M.I.A. y Nicki Minaj, las dos raperas que la acompañan en la canción, íconos además del mapa musical contemporáneo, les haya servido de vitrina la invitación más que a la propia Ciccone. Sin embargo, la incertidumbre no cesaba ahí.

Debido a que el pistero “Girl Gone Wild”, segundo sencillo del duodécimo álbum de estudio de la exponente originaria de Bay City, tampoco inspiraba optimismo, no quedaba sino esperar hasta el lanzamiento del disco para saber si el resto del repertorio expondría a un artífice en decadencia.

Si bien su relación con la música de baile se remonta al lanzamiento del sencillo Holiday, en 1983, al que le siguió su trabajo con Nile Rodgers, creador de la legendaria banda de funk y disco music Chic, en el álbum Like a Virgin, en 1984, la introducción formal de la diva de 53 años en la cultura dance se forjó en el disco Erotica, en 1991, y tomó profundidad en Ray of Light, en 1998, donde la actriz y empresaria se asoció con figuras de la electrónica del talante de William Orbit.

Incluso ratificó su debilidad por este universo al llamar a una de sus realizaciones Confessions on a Dance Floor (2005). Entonces no debe sorprender que Madonna recurriera a una de las asonadas musicales a la que más le debe para tornarla en el eje de MDNA, su más reciente material, en el que invocó a un conjunto de productores que oscilan entre el reconocido DJ francés Martin Solveig y los noveles Demolition Crew, y en el que incursiona en la tradición del house o en la relativa lozanía del dubstep. MDNA, que toma su definición del juego de palabras entre un acrónimo de Madonna con la denominación del éxtasis –la droga por excelencia de las pistas de baile y de los festivales electrónicos–, no es quizá el álbum de música dance más sobresaliente del año, pero demuestra que la otrora chica material todavía puede galopar en el beat en las discotecas de todo el planeta.

Y esa actitud es la que la sostiene como uno de los adalides de la música, pues, pese a la aparición de las Lady Gaga, que moldearon su patrón transgresor a partir del manual que la diva que encarnó a Evita estableció desde la década del 80, aún es capaz de atentar contra su obra en favor de su propio beneficio. No obstante, luego de sostenerse en una fascinante hibridación que atraviesa a Marilyn Monroe, Frida Kahlo, Andy Warhol o ABBA para confeccionar su temperamento artístico, devenido en un referente para la comunidad gay o en el símil del anticristo para el lado ortodoxo de la sociedad, no cabe duda de que hoy esta gran bestia pop se parece a ella misma.