Barcelona es una ciudad misteriosa. Tiene una magia difícil de descubrir, y también de describir. Es una ciudad española y podría no serlo, pequeña pero magnánima, austera en sus maneras pero esplendorosa en sus manifestaciones arquitectónicas, artísticas y en su diseño urbano. Por supuesto, la llamada ciudad condal está atravesada por el modernismo catalán, un movimiento que toma distintos elementos de muchos otros pero que es único y diferente. Y que tiene en su centro, claro, a Antoni Gaudí, ese genio, ese loco. Recorrer las calles de esta ciudad es, sobre todo, recorrer la geografía del modernismo. Y sentir que uno transita las calles de una urbe que podría equipararse a París o a Londres teniendo un tercio de la superficie, población o ingreso per capita de cualquiera de ellas. Lo dicho: una ciudad misteriosa.

Gaudí y el modernismo: ¿todos locos?

Existe una primera forma de aproximarse a Barcelona: Gaudí y el modernismo.

Y así recorrer la Casa Milá, el primer bloque de departamentos construido por Gaudí en 1910, y más familiarmente conocido como La Pedrera por sus rebeldes ondulaciones rocosas, que se repiten en el interior de las viviendas, soberana allí donde reina el Paseo de Gracia, la más aristocrática de sus calles. Internarse luego en los vericuetos de la Casa Batlló, con sus torretas increíbles, y sus alucinantes vistas desde la azotea, y seguir subiendo el Eixample, y luego Grácia, para terminar rindiéndose a esa locura gaudiana que nadie sabe a ciencia cierta cuando será concluida, La Sagrada Familia. Y si de modernismo se trata, hay que volver sobre nuestros pasos para llegar hasta el barrio de Sant Pere, donde se erige otra joya de la corona, El Palau de la Música Catalana, imprescindible entre imprescindibles (si conseguís tickets para ver un espectáculo, bueno: ¡lo conseguiste!).

  

El barrio it: El Born

 

Vecino a Sant Pere, a cinco minutos de caminata, aparece entre callejones medievales el nuevo niño mimado de la movida condal: el antiguo pero renovado barrio de El Born (pronúnciese borne). Recorrer sus callecitas es toparse con la mayor diversidad de boutiques, delikatessen, cafés, restaurantes, jabonerías, perfumerías y tiendas. Todas tan pequeñas como exclusivas (digo, exclusivas en euros). Vale la pena perderse toda una mañana, de esas soleadas mañanas catalanas entre estos laberintos, dejarse sorprender por la variedad y el contraste de sus lugares, y –placer de dioses– llegar pasado el mediodía, exhausto, al Mercado de Santa Caterina, un tradicional y centenario mercado de 109 arcadas, remodelado por los arquitectos Enric Miralles y su esposa Benedetta Tagliabue y transformado en un nuevo ícono de la ciudad. Su cubierta ondulada y multicolor demandó varios años de construcción, y la módica suma de 13 millones de euros. Recorrer sus puestos, tomar un café en sus mesas de madera noble o almorzar en su inmensa barra que da a los locales abiertos que ofrecen sus productos frescos es una experiencia única.

 

…Y Barcelona entró en el siglo XXI

 

La tradición de innovación y locura nunca parece interrumpirse en este lugar que irrumpe en el siglo XXI con una de las más progresistas arquitecturas del mundo. Sus nuevas vecindades, construidas siguiendo las ondulaciones del Mediterráneo, enarbolan edificios que ya son referentes urbanos universales. Podríamos nombrar y nombrar hasta el infinito: la Torre Agbar de Jean Nouvel, centro del Distrito @; el Hotel Arts, con su sofisticada escultura del pez volador de Frank Gehry; la Hesperia Tower, de Richard Rogers; la Torre de Comunicaciones de Montjuic, de Calatrava (sí, el mismo de nuestro Puente de la Mujer); el Edificio Forum; el de Gas Natural, y todas las imaginerías que la construcción del futuro podría depararnos. Todo eso junto: Barcelona.