Simpática, divertida y verborrágica, la actriz de Graduados habla de su particular manera de encarar el mundo a través del humor.

 

Los lunes da clases de actuación, los jueves protagoniza una obra en el Rojas y los viernes y sábados hace Isósceles, junto a Dolores Fonzi, en el Teatro Chacarerean. Eso, por las noches. De día pasa horas grabando Graduados, el gran éxito de Telefé, y cumple con una apretada agenda de notas de prensa. ¿Por qué tanto? Violeta responde: “Me divierte mucho actuar, entonces todo me entusiasma. Me propusieron hacer Isósceles y yo ya tenía el compromiso de la tele y el de la otra obra, pero igual dije que sí. Me parecía un planazo, y no por una cuestión económica de agarrar todo tipo Gianola y sus propagandas de jabón en polvo”, dispara entre risas.

 

–¿Qué lugar ocupa el humor en su vida?


–Me relaciono sólo con gente que tiene sentido del humor. Si alguien no lo tiene, no me interesa. Me importa mucho reírme, mi novio me hace descostillar de la risa. Si tu novio no te hace reír es tremendo, es un embole. Mis relaciones son bastante lúdicas, basadas en el juego. No me gusta juntarme sólo a hablar de cosas importantes.

 

–¿Se junta a boludear?

 

–Sí, básicamente (risas). Todo el tiempo estamos boludeando, es un gran boludeo. 

 

–¿Usa mucho el humor negro?

 

–Sí, es mi manera de vivir. Si no me río de todo durante el día estoy seca, estoy muerta.

 

–¿Qué es lo que más le divierte?

 

–Lo antihéroe, la gente que se ríe de sí misma. Mis amigas son así. Nos reímos de nuestro propio patetismo, eso es lo que más gracia me da. No me divierte ser un capocómico. Hay un humor de capo, y ese humor no me causa mucha gracia. Lo más lindo es mostrarse bastante patético. Es quedar pagando, quedar como un estúpido.

 

–¿A una separación de pareja también se la puede tomar con humor?

 

–Sí, yo me río; me río y sufro, porque todo está conectado. Por eso en la actuación no me gusta separar la comedia del drama, porque en definitiva es todo lo mismo: lo más terrible, en un punto, te termina causando gracia.

 

–¿Nunca se sintió fuera de lugar en ese sentido?

 

–Sí, porque hay gente muy pacata que no entiende, pero igual a mí esa gente no me resulta interesante. No hay cosas con las que no se joda. Por supuesto que si alguien está angustiado no te le vas a cagar de risa, pero todo está en el modo, en el momento, en el cómo. Me parece que se puede joder con todo.

 

–¿Es cierto que su madre le contó que fue una hija no buscada?

 

–Es verdad. Mis padres me tuvieron a los 24, eran chicos y yo fui un accidente. Pero eso nunca me molestó, porque lo que pasa después es lo que cuenta. Ellos podrían haber abortado, pero desde el momento en que uno elige tener un hijo ya está, ya se convierte en un ser deseado.

 

–Volviendo al humor, la anécdota es que un día le preguntó a su madre como ocurrió ese accidente, ¿cierto?

 

–Sí, soy muy desubicada (risas). Es que cuando era chica tenía una obsesión por saberlo todo, así que un día la senté a mi mamá y le pregunté cómo había sido y me dijo que trataron con el método del coitus interruptus. Así que la recomendación a las mujeres es que ese método no sirve mucho, porque acá estoy.

 

–¿Cómo es la relación con su padre, Mex Urtizberea?

 

–Yo a mi papá lo amo con toda mi alma, pero no me interesa salir con él tipo dupla artística. Me deprime. Me molesta el prototipo de familia de artistas tipo los Calabró. No me interesa tampoco salir con una pareja en una nota, no sé hacer una prensa de mi vida, no me resulta atractivo.

 

–Hablando de pareja, ¿cómo maneja la convivencia con su novio?

 

–Nos costó a los dos. Al principio es más complicado, hay algo de la mudanza que es muy caótico, estresante. Hay que tomar decisiones y uno está de mal humor, y si le podés echar la culpa al otro, genial. Entonces al principio nos matábamos. Ahora está todo bien, vivimos la parte más divertida, que es la de llegar a tu casa y que te esté esperando alguien, eso es superlindo.

 

–¿Y cuál es la parte mala?

 

–Yo soy muy rompehuevos, pero trato de ponerle onda y hacerme cargo de mis defectos. Hago mucho planteo sobre cómo deben ser las cosas en la casa. Digo todo, no me como una, y a veces no hay que decir todo porque lo quemás al otro. Por suerte, Martín, mi novio, es muy relajado, entonces es difícil pelearse con él, así que está todo superbién.

 

–¿Le gustaría tener hijos?

 

–Sí, me encantaría pasar por esa experiencia. Hoy lo puedo hablar desde un lugar frívolo, porque no sé cuál es esa profundidad de la que todo el mundo habla, ese amor tan incondicional y tan intenso hacia alguien. Debe ser increíble. El embarazo, la lactancia, todo eso me parece recontraloco y lo quiero vivir. Me llama mucho la atención, me emociona, así que no me quiero perder esa experiencia. Uno no sabe lo que puede pasar, pero a priori sí, tengo ganas.

 

–¿Entonces, para cuándo?

 

–A partir de esta edad pienso que podría, pero todavía no quiero. Tengo 27 años, me considero chica pero tampoco tanto. Supongo que a los 30 puede ser una buena  edad.

–¿Se considera una persona transgresora o no?

 

–Claramente no. Yo a la transgresión la relaciono con la rebeldía, y no me siento una persona superloca ni nada de eso. Por lo general uno transgrede a los padres, y en ese sentido mis viejos son bastante libres. Probablemente si les decía que iba a ser abogada era más transgresor que decirles que iba a ser actriz. Ellos son felices si yo soy feliz, no son muy exigentes con eso.

 

–¿Cómo es tener padres tan relajados?

 

–A veces son tan libres que la exigencia me la pongo yo, de chica me imponía estudiar, era hiperresponsable y mi papá me decía: “¿Qué te pasa? ¡Relájate!”.

 

–¿Es difícil compartir el trabajo con su padre?

 

–Cuando supe que él iba a estar en el programa me quería matar, pero después me relajé. Mi papá no es actor, es músico y artista, aunque suene medio groncho decirlo. No es un amante del teatro ni de la actuación. Jamás hablamos de eso ni va a ver teatro, más bien lo odia, lo aburre.

 

–En otra nota contó que sufrió algunas privaciones económicas al ser hija de artistas. ¿Cómo fue eso?

 

–Cuando a uno las cosas no le fueron del todo fáciles después hay una valoración mayor, como que las disfrutás más. Estoy feliz de haber ido a un colegio estatal y haber tenido una vida completamente normal y ponerme contenta porque me compraran un par de zapatillas después de no sé cuantos meses. Eso me hace ser lo que soy y me parece interesante. Y a mis hijos me gustaría inculcarles lo mismo, no cerrarse en un estrato social, convivir con gente distinta. Me parece que está bueno conocer el mundo, tener un poco de calle, si no, sos un pelotudo.

 

–¿Recuerda alguna anécdota de la infancia relacionada con este tema?

 

–Hay una foto muy graciosa de cuando yo tenía siete años. Es en un campamento en el que todos están con gorritos, riñoneras, la cantimplora y qué se yo, todos superequipados, y yo estoy con una bolsa de Coto. Ese es el resumen de mi infancia.