Es la imagen del vecino loco, del mejor compañero, del viejo novio de una prima, del dealer del barrio, del tío loco de la familia, del enfermero de la salita de primeros auxilios y del patrón de la plaza. Siempre lúcido, escribió la banda de sonido de nuestras vidas.

En algún momento de su vida, o de las nuestras, haciendo una mínima composición de tiempo y espacio, podemos concluir en que todos somos Charly, y Charly es un poco todos nosotros. El poshippie inofensivo y bien leído de Sui Generis, el curioso experimentador que nos mostró en La Máquina de Hacer Pájaros, el maduro y encauzado líder de Serú Girán, el señor del Armagedón de Clics modernos, el dandy decadente de Piano bar, el aplomado porteño herido de Parte de la religión, el amigo en noche de putas de Cómo conseguir chicas, el aplomado malandra de Filosofía barata y zapatos de goma y el irónico incomprensible de su época Say No More.

Un aguafuerte porteña in situ, todos los estereotipos hechos carne y bigote. En Charly encontramos muchas caras, muchas pelucas diferentes, incontables raros peinados nuevos. Es la imagen del vecino loco, del mejor compañero, del viejo novio de una prima, del dealer del barrio, del tío loco de la familia, del enfermero de la salita de primeros auxilios y del patrón de la plaza. Fue siempre, junto con Luis Alberto Spinetta, quien mejor encarnó al arquetipo que todos queríamos mostrar de nosotros mismos y no podíamos.

Ellos nos marcaban el camino, nos decodificaban nuestros propios ininteligibles códigos. Ellos nos aclaraban nuestras propias ideas. Spinetta intrincadamente, Charly solapadamente.

En lo personal, el que más me marcó, sobre todo por una cuestión cronológica, fue el grouchesco Charly de Clics modernos, el señor del Armagedón. El primer Charly democrático, el sobreviviente de los militares que se fue a lavar la cabeza por adentro a Nueva York y volvió con un disco que en la tapa tenía un graffiti callejero de Manhattan, por aquellos años la tierra prometida, la cuna de la libertad, que rezaba “Modern Clix”. Un Charly en blanco y negro que fumaba sentado en la vereda.

Tal cual estábamos todos nosotros, en blanco y negro y fumando en la vereda esperando que el día aclarase. El Armagedón es el día después del apocalipsis, es el día en que nos levantamos hechos polvo y miramos alrededor para ver quiénes somos los que quedamos, qué quedó de nuestra casa, qué se salvó de nuestra ciudad después del escarnio, con qué contamos ahora que ya pasó lo peor, que el dolor comienza a cicatrizar, que ya el miedo comienza a desaparecer. Qué hacemos en medio de todo roto, sin ganadores ni perdedores, sólo sobrevivientes, habitantes de una ciudad que ya no tiene colores, sólo un blanco y negro. Pero no un blanco y negro sepiado, sino un blanco y negro casi brillante. Como la tapa de Clics modernos.

Esa era Buenos Aires, más parecida a Saigón que Saigón misma, pero más cercana a Nueva York que Boston. Hordas de chicos veinteañeros vestidos como vietnamitas escuchando en los walkman a The Clash, pateando en una ciudad que estaba recomponiéndose el alma después de casi una década de gobiernos descuartizadores, ignorantes y aburridos.

Andábamos con Dire Straits, con The Police, con Peter Gabriel solista, y en medio de todo eso, aparece en las bateas el nuevo disco de Charly, el primero como solista after Serú. Y nadie sabía de qué se trataba, lo sabíamos en Nueva York, lo sabíamos con nueva banda, lo sabíamos bien y rabioso, lo que no sabíamos era lo de la luz.

Ese disco fue una luz en medio de la noche, un faro en la tormenta, una caricia de amigo en el Armagedón. Una lista de temas que ni el mejor disco del mejor músico de la época nos mostraba, una andanada de abrelatas cerebrales que nos iba dejando desnudos hasta los huesos, escucharlo de principio a fin nos daba una nueva buena vida, como en los jueguitos.

Sobre todo porque ahí nos dábamos cuenta de que no estábamos solos en este mar infinito, éramos tantos bailando “Estoy verde, no me dejan salir”, cantando “Bancate ese defecto”, escuchando “No soy un extraño”, temblando “Los dinosaurios”.

Eso solo nos daba fuerzas para encarar. Como un futbolista en Esperanto, íbamos al frente ya sabiendo que atrás venían los buenos vientos, el Armagedón empezaba a aclarar, amanecía, que no era poco. Amainaba la pálida y las cosas empezaban a tomar color. La democracia había llegado, y con Clics Modernos lapidamos a los dinosaurios.

De ahí para adelante, Charly fue la banda de sonido de nuestras veredas.

La música de fondo de cualquier fiesta animada era de García sobre todo. Y la sabiduría de armar bandas que siempre fueron poderosas, históricas, iniciales.

Él habilitaba a los nuevos, siempre buscando a los chicos para saber ser moderno, por sus bandas muchos conocieron a Fito Páez, a Andrés, a Melingo, a Fabi Cantilo, a Basso, a GIT, al Zorrito, al Negro García López y a Samalea, entre tantos otros valiosos nombres que escapan a mi memoria.

Y el bigotón siempre acumulando, excediéndose, lastimándose o divirtiéndose.

Siempre intenso, siempre lúcido, no siempre preciso, no siempre atinado. Violento y de todas maneras querible, íbamos viendo para donde iba y a veces nos daba miedo. Pero no podíamos quitarle los ojos de encima, abrazando a Carlos Menem, bajándose los lienzos en pleno escenario en Tucumán, volando como un pájaro moribundo desde el noveno piso a la pileta en Mendoza, por culpa de nadie, ni nuestra, ni de él, ni del policía que le golpeó la puerta al grito de “soy policía” y la respuesta de “yo no tengo la culpa de que no hayas podido estudiar”, genio y figura hasta la sepultura, como Dalí. Pero sin Gala.

 

Fuimos testigos, además, de la otra parte del rocker. Charly poeta maldito, arlequín eterno. El arlequín es un personaje de la antigua comedia italiana que deambulaba por el escenario sin ser visto por los actores, solamente lo veía el público, o eso se suponía. El arlequín tenía empatía con la gente, no con los que estaban arriba haciendo sus personajes, eso era Charly, el genio de respuesta inmediata y lapidaria, que salía como el sable del samurái, con el filo para arriba, matando. Como esa vez con Susana, que lo recibió y, tratando de halagarlo, le dijo: “Charly, estás más gordito”, y él respondió: “Vos también”, con el aplauso de todos en casa. O en su encuentro con el entonces highlight televisivo Rodrigo, el Potro cordobés, que venía tirando un siete atrás de otro, y una noche los juntaron. Charly no sabía bien quién era nadie, excepto él y John Lennon, y el potro lo abrazó para la foto. Con las sonrisas heladas y las pupilas que estallaban de excitación, el

Potro le dijo: “Tenemos que grabar un disco”. Y el bicolor, sin dejar de sonreír, le contestó: “Bueno, hay límites”.

Siempre ácido, brillante, aun semidesnudo y pintado con aerosol plateado tirando trompadas al que se le cruzara.

Y el encuentro con Yoko y el nacimiento del concepto Say No More, que jamás nadie entendió del todo, excepto quizá Charly y Yoko. Vaya uno a saber.

Say no more.

Y el fin, la internación por sobredosis de vida rocker, la sonrisa que se convierte en una triste mueca trasnochada, los amigos consternados, los fans destrozados, los médicos desconcertados y los periodistas de chismes felices, por fin tenían algo importante para tratar en sus programas de mierda. Y se llenaron la boca de estupideces, los unos, y los ojos de lágrimas los otros. Parecía que el final llegaría, seguramente en Crónica ya estarían preparando el obituario y más de un segundón preparando unos covers para homenajearlo en cuanto le dieran cámara.

Y no, para nada, se cagó hasta en Nueva York, y volvió Charly, por enésima vez, esta vuelta de la mano de Palito Ortega, que lo re bancó sin que nadie se lo pidiera, y lo guardó en una quinta lejos del asfalto. Y pasaban las semanas, los meses, y una noche volvió a Vélez, bajo la lluvia, los brazos en cruz, más redondo, más lento, con su banda, y unos shows memorables, unas listas de temas que podían cantar tres generaciones de argentinos, su sonrisa buena y su mirada diabólica en medio de una noche tormentosa. Charly estaba de vuelta, sin duda, como todos suponíamos. En el fondo todos suponíamos que volvería.

Y acá está, nuestro Charly, querido Charly, mezcla rara de penúltimo linyera y primer polizonte de un viaje a Venus, como el loco de Piazzolla y Ferrer. Y creo que jamás en una nota escribí tantas veces la palabra siempre.

Será así nomás, Charly Siempre, como Luis, como Ástor y como Ferrer.

Y no muchos más.