Las publicaciones que reproducen obras de grandes pintores son un clásico, como Erotica XX Century, con dibujos de Picasso, Klimt y otros genios. También hay libros que cuentan historias de artistas, reales o apócrifos, que nos pasean por un mundo de óleos y pinceles.

 

Desde la Pinacoteca de los Genios, que llegaba con el timbrazo del vendedor a domicilio, hasta esos volúmenes gordos y pesados que en las revistas de diseño se ven sobre la mesa ratona del living, los libros han sido el modo de acercarnos, mediante sus reproducciones, a las obras de los grandes artistas del mundo. Esas que, desperdigadas en tantos museos y colecciones privadas, rara vez lleguemos a ver en vivo. Aunque sin aura benjaminiana ni relieve, las líneas, las pinceladas (o algo de ellas) nos llegan al dar vuelta la página.

Entre las muchas compilaciones existentes, una de mis preferidas es Erotica XX Century (Taschen), en la que Gilles Néret reúne las obras más voluptuosas de renombrados pintores del siglo XX como Auguste Rodin, Gustav Klimt, Egon Schiele y Pablo Picasso. La particularidad de estos trabajos no se encuentra en el retrato de cuerpos desnudos, sino en la representación explícita de diversos actos sexuales (no esperen el Kamasutra ilustrado, pero no hay que negar que muchos de los dibujos resultan bastante ilustrativos), una faceta poco conocida de los grandes artistas del llamado “siglo corto”. Es toda una experiencia reconocer el trazo inconfundible de Picasso pero que, en lugar de dibujar palomas a mano alzada, retrata la odisea de los cuerpos (también alzados ellos).

Desde un dibujo escatológico de una mujer haciendo pis, pasando por una sumatoria de genitales en primerísimo primer plano, hasta orgías con el estilo del Guernica pero sin muertos, heridos ni víctimas: el cubismo puesto al servicio del sexo y la sensualidad.

También hay dibujos de Rodin –para quien supo posar bailando desnuda la mismísima Isadora Duncan–, bocetos satíricos, un Klimt que se anima al modelo “vamp” de femme fatale, todos con el énfasis puesto en resaltar los órganos sexuales, retratados con la precisión del pornógrafo o el anatomista.

Pero saliendo del terreno de las reproducciones, el arte y sus hacedores también han sido protagonista de innumerables ficciones. Entre los autores argentinos se destaca Salvatierra, de Pedro Mairal, la historia de un pintor mudo que trabaja como empleado de correo en su pueblo y que pinta todos los días sin importarle participar de la escena cultural, sin nunca mostrar interés por conocer el circuito del arte con sus exposiciones, marchands, críticos y vernissages. Un pintor autodidacto que, pintando para sí, terminó siendo el autor del cuadro más largo del mundo: cuatro kilómetros de rollos de tela, sin bordes ni marcos, que retratan su vida y la de los suyos a lo largo de 60 años.

Cuando Salvatierra muere, sus hijos se encargan de desenrollar las telas y de rescatar el único de los rollos que falta, robado por una venganza. La figura de Salvatierra como artista tiene algo de ideal, del que disfruta de pintar sin interesarle el reconocimiento en el ambiente  artístico de su época. Y también es la historia de cómo se puede conocer a una persona a través de su obra porque, como plantea la novela, “para él vivir su vida era pintarla”.

Una mención aparte dentro del binomio arte-literatura es para la obra maestra de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray. Todo empieza cuando el artista Basil Hallward, hechizado por la belleza del joven Dorian, comienza a pintar su retrato y advierte que en cada pincelada, en cada detalle, se va desarrollando en él un arte nuevo, tan caprichoso como renovado. El joven posa, modelo perfecto; el artista pinta, embelesado. Hasta que un día aparece Lord Henry Wotton, un amigo de Basil que proclama que lo único que vale la pena en la vida es la belleza y la satisfacción de los sentidos y suelta una suma de máximas tan ingeniosas, con una esgrima verbal tan aceitada (no hay página de la novela en la que no aparezcan frases geniales, de las que piden a gritos ser subrayadas), que cuesta creer que haya mejor modelo a seguir que el del hedonismo que encarna. Dorian descubre las virtudes de ser bello y joven a través del prisma de la tela del pintor y de las palabras de su nuevo amigo e íntimamente pide el deseo de no envejecer nunca. Y el deseo se cumple, sí, pero ahora es su rostro en el retrato el que va sufriendo las marcas de sus vicios y del paso del tiempo. Él se permite tener una vida licenciosa cuyo único objetivo es el placer, sin que le quede ningún rastro visible, sin que su cuerpo dé cuenta de sus excesos. Su retrato envejece por él.

En tiempos donde la juventud se ha vuelto un signo (de los que se compran y se venden, cirugías incluidas) el protagonista encarna al paradigma de las luminarias que piden a gritos el auxilio del Photoshop. Como cantaba Serú Girán en “A los jóvenes de ayer”: “Dígalo, dígalo, son nuestros nuevos Dorian Gray”.