Subirse al universo “minujesco” es un viaje adrenalínico. A mil por hora, cuenta cómo será la obra psicodélica que presenta en ArteBA, por qué sigue con lo de “genia total”, cómo imagina televisar su propia muerte y su identificación con Mick Jagger.

 

“Me contradigo a mí misma”, dispara

 

Marta mientras explica con su energía voraz la última obra que presentará en la nueva edición de ArteBA. Se podría decir que contradecirse, para ella, no es un defecto sino una virtud. “Creo en el principio de la contradicción, de lo blanco que es negro o lo negro que es blanco, si no me aburriría”, afirma sentada en uno de los tantos cuartos de su taller, rodeada de sus esculturas griegas de caras fragmentadas, con sus eternos lentes de sol y su overol blanco. Contradictoria de sus propias teorías, rebelde desde su juventud y “hasta la muerte”, pero por sobre todo “genia”.

Un adjetivo que se pone a sí misma, una y otra vez, sin ningún pudor y con completa seguridad.

               

Para ArteBA inventó una figura formada por diez cuadros psicodélicos, un decaedro gigante con motores que lo van a mover en cuatro tiempos.

“Al contrario de todas mis obras de participación masiva, en que la gente entra y las desarma, en esta se puede quedar quieta mientras la obra se mueve sola. Me contradije

a mí misma en mi propia teoría de que el público realiza la cuarta parte de la obra. Esto es arte multidireccional, porque la gente lo ve y ni tiene que moverse”, explica.

Son todos cuadros distintos, cuadros enormes que tardó un año en pintar. Están apoyados sobre una pared, esperando su viaje al salón de la mayor exposición de arte en Buenos Aires. Su taller es la misma casa donde nació, unos 900 metros cuadrados en Humberto Primo al 1900, de los que sólo ocupa la parte de abajo. “Arriba hay fantasmas, murió mi hermano Luis de leucemia, nunca subo”, señala mirando las puertas cerradas que asoman en la parte alta. Arriba, fantasmas; en el patio abierto de la planta baja, esculturas en hierro. La cabeza de la mujer gigante, el Minotauro, las esculturas ecológicas en las que pájaros pueden anidar o el famoso Citröen oxidado y cubierto con venecitas son parte del universo “minujesco”. El universo gigante que le gusta a Marta, “porque el hombre es grande por dentro”.

 

–La llaman la dama del pop, ¿cómo vive la cultura pop hoy?

 

–Siempre fui pop, es la única manera de despegarme del mundo, que es triste. Es la única manera de divertirse. Porque es importante divertirse, hay que reírse de uno mismo, de la cultura del papelón, de la pavada, y no tomarse todo tan en serio.

Cuando me convertí en pop en la década del 60, me hice hippie y fue la época más feliz de mi vida, en que creí en otra posible sociedad, en el flower power, en que te den un golpe y vos devuelvas una flor, en que te conviertas en una sacerdotisa. En ese momento de creer totalmente en la fuerza de la belleza. Entonces si vos vas por el camino de la belleza y de la imaginación nada te frena.

 

–¿Nunca la frenó nada?


–Abandoné en cuarto año de Bellas Artes, pero toda mi vida estudié el arte, siempre con el ojo hiperfuncionando. Y aparte creo muchísimo en mí misma. Creo que soy genia, genia, genia, genia de verdad. Genia total.

 

–Esto lo dice siempre, ¿es una estrategia de marketing? ¿No se cansa de decirlo?


–Nooooo. ¡Estoy totalmente convencida! Y desde los 14 años. Me considero genia total, porque no creo que haya mujer en el mundo que haya inventado tantas cosas y encima viviendo en Sudamérica, viviendo en la Argentina, viviendo tan lejos. A mí me tocó como destino ser eso. Ahora me vinieron a buscar de un museo de Minnesota y después voy a exponer en Nueva York, me vienen a buscar porque no hay otra persona que esté viviendo y que haya hecho esos happenings y esos movimientos filosóficos.

 

–¿Qué siente cuando la critican o le dicen que está “chapita”?

 

–No me importa, que digan lo que quieran.

Me encanta, odio que me digan que soy normal. Nunca me importó, yo era artista rebelde de siempre, moriré rebelde. Yo voy a seguir igual, porque sigo a muerte con todo lo que hago.

 

–Me quedo en la palabra muerte, hace poco contó su proyecto de televisar su propia muerte. ¿Tiene ganas de hacerlo en serio?

 

–Sí, con todas estas esculturas (señala las piezas), para que la gente no me las robe y las reproduzca, las pondría todas alrededor de mí y compraría un espacio de 24 horas en televisión y me sentaría en una especie de trono, me inyectaría cianuro y moriría.

 

–¡Es muy tétrico eso!


–Peor es morir y que te metan en un cajón. Igual en esta filosofía, cuando sos viejo sos como un muerto en vida. Mucho mejor vivir y morir en arte, ojalá que lo haga, porque todavía tengo tanto para hacer.

 

–¿Qué le asusta de la vejez?


–Me asusta el deterioro. Porque me interesa tener toda la energía del mundo, no ir deteriorándome de a poco, no sufrir de cansancio. Cuando conocí a Dalí, él tenía 70 y yo 20, pero él tenía una energía total, tal como se movía era un joven. Después murió de una manera atroz. Y yo siento que tengo la energía de Dalí y no quisiera llegar a esa muerte horrible.

 

–¿Cuántos años tiene?

 

–Tengo 70 años, como Mick Jagger.

Me siento identificada, tenemos casi la misma edad. Yo me siento más identificada con la gente de la música de rock internacional que con los artistas. Desde que murió Andy Warhol me identifico con los músicos, no con Roger Waters porque me parece que se quedó en The Wall.

 

–Recién me dijo que amó ser hippie, ¿cree que puede volver ese movimiento en algún momento?

 

–Yo creo que el hippismo vuelve totalmente, va a ser adoptado después de toda esta locura del dinero, de la gente que tiene tanto dinero en abstracto que no lo pueden gastar ni siquiera veinte generaciones. Si tenés 50 mil millones no te alcanza la vida para gastarlo y después se lo dejás a los demás, y los demás se vuelven inútiles porque como tienen esos millones detrás no tienen nada por qué luchar. En realidad el dinero es una cosa espantosa.

 

–¿Y cómo es su relación con el dinero? Porque usted ganó dinero.


–Sí, pero gasto. Gano pero lo invierto en mi propia obra, no tengo inversión en otro lado. Lo que tiene de bueno es que vos agarrás cualquiera de esas obras, la ponés en la calle, y nadie le va a dar el valor que tiene, sino que lo van a vender como bronce. Entonces eso es el valor abstracto del arte, que no es el valor abstracto de los millones del tipo quetiene 50 millones y no los puede gastar en vida. La obra de arte es única y ocupa un espacio que la misma obra inventó y el que la destruye está destruyendo eso. Algo muchísimo peor que baje o suba la bolsa.

 

–¿Cómo ve al mundo del arte hoy?

 

–El arte ahora se muestra mucho más en las ferias que en los museos. ¿Cuándo empezó a ser el arte un negocio? Pensá que con el expresionismo había ocho artistas que vendían y el resto  de hambre. En mi época también.

Pero allí, en los 60, se abrieron todas las puertas, el pop, el video arte, todos los artistas del mundo, hasta el rock’n’ roll, porque, fijate, se amplió el rock pero no se inventó otro ritmo, como lo hicieron Los Beatles. Lo que veo en la ferias, lo que se comercializa y vende, es en realidad el resultado de que las puertas estén abiertas, y las abrimos los del 60. Lo que veo es un gran mercado de arte donde mucha gente no es artista, es pintor o escultor, pero no artista.

 

–¿Qué marca esa diferencia?

 

–Que al artista no le importa si vende o no, hace las cosas igual. He ido a talleres de artistas donde no hay obra. No les queda nada porque vendieron todo, yo nunca haría eso. Mantengo las obras y aunque me muera de hambre no voy a bajar el precio, prefiero vendérselas a los museos o que haya arte en los espacios públicos. Pero no que se la lleve uncoleccionista a su casa y que la queme, como el que compró el Van Gogh en 40 millones de dólares y se incineró con el cuadro cuando murió, porque el arte es para todos.

 

–Aunque no le gustan las ferias de arte, participa en ellas. ¿Por qué lo hace?

 

–Yo participo en ferias porque me da más exposición, pero en el fondo de mi corazón no estoy de acuerdo con que el arte sehaya mercantilizado tanto. Pero este error lo comenzó a cometer Pablo Picasso,porque era el gran vendedor de su propio arte. Ahora están Damien Hirst o Jeff Koons, que venden una obra en 30 millones. Esto de que un Van Gogh valga lo mismo que un artista de 39 años no habíaocurrido. Son juegos del mercado.