El heredero de uno de los empresarios más importantes del país cuenta su particular visión del mundo y sus circunstancias. Negocios, arte, familia y astrología en una charla sin precedentes.

 

La oficina de Eduardo Costantini hijo está ubicada en uno de los edificios más lindos de la ciudad. No es una megatorre de las del centro, no tiene la pretensión de los modernos edificios acristalados de Puerto Madero ni se presenta como el típico galpón devenido en oficina creativa de cualquiera de los dos Palermos que bordean la avenida Juan B. Justo. El lugar de trabajo de Eduardito, como lo llaman en su círculo más íntimo, se encuentra cercano al Botánico, en una construcción inglesa de ladrillos colorados que alberga la magia de quienes la habitan. Allí nos reciben sus colaboradores, todos amables y alejados de cualquier pose, y allí llega él, con aire distraído, relajado y acompañado de sus hijos más pequeños. Luego nos dirá que le gusta llevarlos al colegio, al jardín de infantes, y que varias veces a la semana van con él a la oficina, colándose entre reuniones, llamadas y e-mails de trabajo. La familia, nos cuenta, ocupa el lugar más importante en su vida. Y basta verlo entrar cargado con un chico en cada brazo para que no queden dudas al respecto. Las Cárcavas, su nuevo proyecto inmobiliario, sirve como excusa para arrancar una conversación en la que no quedan temas pendientes.

 

–¿Cómo definiría a Las Cárcavas?


–Es el lugar de mis sueños. Porque es un espacio único por su geografía, es un campo sobre el mar, que es lo más lindo que hay, estar a veinte minutos de José Ignacio, ver gente, comer, conjugar algunos elementos del arte, hacer meditación.

 

–¿Se siente un privilegiado por poder elegir sus proyectos?


–Sí, pero nadie me ha regalado nada en la vida, todo me costó mucho esfuerzo, mucho trabajo. Todo lo que hago me cuesta mucho hacerlo.

 

–¿Su padre no lo ayuda?


–Él hace lo suyo.

 

–¿Le exige pasar por lo mismo que pasó él, comenzar de cero?


–Es muy estricto y le parece bien que nosotros hagamos nuestro camino. Entonces, si bien nos ha ayudado, no es una persona que te va a dar todo servido. Las Cárcavas lo hice yo solo, papá no hizo nada.

 

–¿Nunca le reclamó más ayuda a su padre?


–Antes, cuando era más chico, sí. Pero después lo entendí y me pareció mejor. Y, de hecho, creo que gracias a eso soy quien soy.

 

–¿Siente la presión de ser tan exitoso como él?


–Para nada, creo que ya hice muchas cosas y me ha ido bien, así que por suerte ya estoy como de vuelta. Ya aprendí.

 

–¿Qué fue lo más importante que aprendió?


–Que en la vida lo que importa es el camino. Que el llegar a algún lado, el éxito, todo eso es una ilusión, es algo externo, no es propio a nosotros. Y lo más importante es mirar dentro de nosotros, meternos para adentro y ahí encontrar respuestas, pistas de quiénes somos, qué tenemos que hacer. Todo eso está adentro de nosotros, y hay que trabajar mucho por eso. El mundo exterior está lleno de tentaciones, entonces uno se marea. El éxito es una tentación, es algo que en algún momento te puede marear.

–¿A usted lo mareó?


–Sí, por momentos quería ser exitoso, ahora ya no me importa. Lo que quiero es estar con mi familia, que es lo más importante.

 

–¿Es cierto que de chico su padre lo llevaba a los remates de arte?


–Sí.

 

–¿Qué edad tenía?


–Unos diez años.

 

–¿Recuerda su primer remate?


–No, pero recuerdo una oportunidad en la que yo le decía a papá: “Levantá la paleta”, porque quería que compre un cuadro de Wilfredo Lam. Al final la terminé subiendo yo.

 

–¿Eso dio inicio a su pasión por el arte?


–Era divertido, íbamos a los remates de arte latinoamericano. He visto cómo mi padre compraba muchos de los cuadros que están hoy en el Malba. Después crecí con toda la colección del Malba en casa, y me casé muy chico con una artista plástica, así que juntos nos fuimos metiendo mucho en el mundo del arte. Viajábamos, íbamos a las galerías.

 

–¿Qué tipo de arte compra?


–Pintura, fotos.

 

–¿Cuáles son sus artistas predilectos?


–Me gusta mucho Pablo Siquier, Marcelo Pombo, Guillermo Kuitka. De los más jóvenes me gusta Juan Becú, Nicolás Bedel y Liliana Porter.

 

–¿Por qué dejó el Malba?


–Porque cumplí un ciclo, estuve seis años. Y desde que empecé ahí yo ya quería comenzar a producir cine, entonces postergué ese proyecto para estar en el museo.

–¿Es cierto que es un estudioso de la astrología?


–Le doy muchísima importancia a la astrología.

La uso para la vida y para el trabajo, para cuando me estoy por asociar con alguien. Funciona, la recomiendo. Cuando tenía veintipico estudié astrología un año. Siempre me gustó el universo, la astronomía.

 

–¿De dónde surgió ese interés?


–El primer libro que vi sobre el tema fue Cosmos, cuando yo tenía 12 años. Era un libro de papá, lo guardaba en su escritorio. A partir de ahí me fui entusiasmando con el tema.

 

–¿Qué aprendió de su signo?


–Aries es de empezar proyectos, y a mí me gusta arrancar cosas, hacer películas, un desarrollo inmobiliario, una empresa nueva. Aries es el primero en el signo, es el que tiene toda la energía, el comienzo de todo. Los arianos somos muy emprendedores.

 

–¿Y qué tiene de negativo el signo?


–Lo malo es que tenemos que aprender a terminar lo que comenzamos. Yo soy muy bueno para empezar cosas, ahora sigo aprendiendo a continuarlas, a cerrarlas. Soy muy bueno para plantar una semilla, para regarla un poco. Pero uno tiene que esperar a que el árbol crezca, seguir cuidándolo, pero nunca sería una persona que se quede viente años haciendo una sola cosa.

 

–¿Se aburre fácilmente?


–Sí, porque siempre necesito el desafío de empezar con algo nuevo, ese es mi signo, está en mi naturaleza. Siempre uno tiene que aprender a mejorar lo que no tiene, y yo estoy en ese proceso.

 

–¿El trabajo es uno de sus motores?


–Sí, claro. El otro día leí un artículo sobre cómo los que siguen trabajando mucho, incluso de grandes, viven más. Si te retirás a los setenta te aburrís. Papá está llegando a los setenta y sigue trabajando sin parar. Ahora está entusiasmado con comprar otro terreno para proyectos inmobiliarios, y está tan entusiasmado que se lo ve como a un niño. Eso es vida, es energía, trabajo.

 

–Uno de sus sueños era ser concertista de piano.


–(Ríe) Entre otras cosas, sí. Me encantaba el piano, el estudio, la rigurosidad, la búsqueda de la perfección. A los diez empecé a tocar, fui al conservatorio y todo.

–¿Cómo incorpora el arte en sus otros negocios?


–Justamente, hacer un proyecto inmobiliario solamente no es algo que me interese.

En todo lo que hago trato de poner algo distinto para diferenciarme de lo que ya existe, por eso en Las Cárcavas hicimos eso, y ya estamos armando con una curadora un programa para que piense distintas ideas relacionadas con el arte para el año que viene. Queremos hacer un programa con el arte.

 

–¿Qué opina de la exposición mediática de su hermano menor?


–Me parece que está muy equivocado, que la está pifiando.

 

–¿Se lo dice?


–Sí, obvio que se lo digo, pero él nunca escuchó a nadie. Pero ya está grande, hace lo que a él le parece. No estoy para nada de acuerdo con lo que está haciendo, pero lo quiero un montón, es mi hermano, dormíamos juntos siempre.

 

–¿Actualmente tienen buena relación?


–Sí, pero está completamente equivocado.

 

–¿Sus padres también le dicen que está equivocado?


-Sí, por supuesto.