Existe un sitio en Latinoamerica que, a pesar de haber sido descubierto hace más o menos un siglo, se ha convertido ya en ruta de peregrinaje de viajeros de todo el mundo.

El lugar sagrado se llama Machu Picchu (Montaña Vieja, en quechua); se cree que se trataba del principal santuario de los incas, ha permanecido intacto durante años, piedra sobre piedra, protegido por la selva, hasta que un explorador americano, Hiram Bingham, casi por casualidad, revela uno de los secretos arquitectónicos mejor guardados de la humanidad. Ese lugar magnifico, que aún a los ojos contemporáneos resulta inexplicable por su magnitud, tiene como puerta de entrada una de las ciudades coloniales más encantadoras, importantes y –también– misteriosas de América hispana: el Cusco.

 

Machu Picchu, la ciudad sagrada

Desde un sitio especialmente bonito del Valle Sagrado (Valle en el que está enclavada la ciudad de Cusco), llamado Ollantaytambo, y que vale una visita por sí mismo; parte el tren que, gerenciado por la empresa Orient Express, nos llevará, montaña abajo, a través de paisajes que cambian de verdes a áridos una y otra vez, atravesados por ríos y más montes, y otra vez ríos, hasta la ciudad de Machu Picchu Pueblo (antes Aguas Calientes), a los pies del santuario. No está mal llegar aquí la noche anterior y alojarse en el muy pintoresco hotel Inkaterra; con cabañas muy cool diseminadas en medio de la selva; una atención más que esmerada y una soberbia comida.

Entonces, al amanecer siguiente, montados a una van, comenzaremos el ascenso hasta de pronto ver cristalizarse ante nosotros la maravilla: un conjunto de una arquitectura perfecta,en el promontorio rocoso que une las montañas Machu Picchu y Huayna Picchu en la vertiente oriental de la Cordillera Central; con sus terrazas para sembradíos, sus altares sacrificiales, sus refugios para peregrinos, sus sitios reservados a los magos y adivinos, o a los más altos jefes incas…

Todo allí, prácticamente intacto, conmovedor en su magnificencia.

Los experimentados guías nos describirán el sentido de cada piedra, cada espacio, cada muro… Pero lo mejor es lo indescriptible: la especial energía que se percibe, el escalofrío que nos recorre la columna dorsal ante tanta imponencia.

Y al atardecer, extasiados, bajaremos en silencio, reconcentrados, pensando sólo en que algún día, más temprano que tarde, volveremos por allí.

 

La puerta de entrada regia al Machu Picchu: Cusco

  


La ciudad de Cusco fue la ciudad más importante del Imperio Inca. Construida a gran altura, sobre un valle rodeado de montañas, lo cual le confiere un aspecto maravilloso, fue luego recreada por la colonización española. De esa mistura nace la ciudad tal como el viajero la aprecia hoy.

Con su magnifica Plaza de Armas, rodeada de impresionantes balcones elaborados, iglesias imperiales, museos que guardan los más grandes tesoros del continente. Y por todas partes el arte cusqueño, una joya en sí mismo que vale la pena apreciar. Y que se puede observar no sólo en los muchos museos: también en casas particulares, hoteles y restaurantes.

Si de arte se trata, Cusco cuenta con dos imperdibles sitios: el Museo de Arte Precolombino (MAP), con salas temáticas de la época formativa y de las culturas Nazca, Mochica, Huari, Chimú, Chancay, Inca; sala de Pintura Colonial y 11 salas con 450 obras de arte que abarcan desde 1250 a.C. hasta 1532 d.C., seleccionadas de un universo de 45.000 objetos pertenecientes a las bodegas del Museo Arqueológico Larco de Lima. En el centro del patio colonial de la hermosa casona que lo enmarca, el increíble y cosmopolita MAP Café, una gema de la gastronomía peruana.

El otro, el Museo del Templo del Qoricancha de Cusco, con diferentes espacios que muestran desde una imperdible colección de objetos prehispánicos, hasta los cimientos del templo incaico sobre el que fue construido el predio actual, para finalizar en una exhibición temporaria de buen arte contemporáneo en las galerías del último piso.