Una mujer que come hasta hartarse, un hombre que no puede levantarse de la cama y dos gurúes del enriquecimiento lícito son los protagonistas de tres obras que aportan una mirada originalísima sobre la gula, la pereza y la avaricia. 

 

Cuando no es por lujuria es por pereza, cuando no es por gula es por avaricia. Los libros han sabido albergar más de un pecado en el placard (y también fuera de él). Los llamados “pecados capitales” son algo así como los big seven. Pueden parecer pocos pero, como todo lo que insiste voluptuoso, resultan excesivos. Por eso elegimos sólo algunos pecados por antojo (que es el modo más legítimo de pecar, después de todo). Aquí, algunos títulos (unos recomendables, otros no tanto) en los que distintos pecados son protagonistas.

Gula. Muerde, mastica, deglute y vuelve a empezar. No puede parar de comer. “Tengo la boca llena de hambre”, dice María Bernabé, la protagonista de Muerta de hambre, la novela de la argentina Fernanda García Lao, ganadora del Premio del Fondo Nacional de las Artes.

Su cuerpo está demasiado pesado, sus rollos se confunden con el sillón donde está encajada, mientras ella se regodea en su gordura desbordante y su estómago siempre empachado. Su gula es su modo de estar en el mundo, como dan cuenta los nombres de los distintos capítulos de la novela, entre ellos, “Cerca del plato”, “Tenedor en mano”, “Boca abierta” o “Arrancar con los dientes”. Su cuerpo es su discurso y ella quiere estallar, comer hasta reventar. Eso sí, en el estallido, piensa llevarse a un par consigo. Pereza. Una oda al dolce far niente es la novela Un hombre que duerme, de Georges Perec, quien fuera uno de los escritores más importantes de la literatura francesa del siglo XX. Su protagonista tiene 25 años, vive en París, y un día en el que debe levantarse para ir a rendir un examen, apaga el despertador y decide que ya no va a ir a ningún lado. ¿Su nuevo plan? Pasarse las horas panza arriba en su buhardilla, comiendo lo indispensable y, sobre todo, durmiendo mucho. La pereza se instala en su cama, en su ropa, en su cabeza. Se transforma en un ermitaño que no atiende a quienes le tocan el timbre, que evita los recorridos conocidos, que se funde con los mendigos, que no habla con nadie. Pero su pereza tiene una contraparte tan angustiante como sutil: todo lo que le pasa por la cabeza y el cuerpo antes de dormir.

Una descripción no apta para los que tienen insomnio fácil (y menos para los que andan extrañando psicofármacos de importación).

Avaricia. Fuera del terreno de la ficción, a pocas semanas de haber salido a la venta este año, el libro

Aprende a ser rico, de los argentinos Walter Queijeiro y Cristian Abratte, ocupó el segundo puesto en el ranking de ventas de una de las cadenas de librerías más importantes del país y también alcanzó el podio en Amazon, en su versión ebook. Sus autores son confesos seguidores del gurú mundial del dinero fácil, Robert Kiyosaki, estadounidense hijo de japoneses, “quien nos abrió la mente a una realidad distinta”, según figura en los agradecimientos. Abratte, licenciado en marketing y en administración de empresas, es también director y fundador de la Escuela de Riqueza, una organización basada en la filosofía de Padre rico, padre pobre, el libro de Kiyosaki que se dedica a formar personas para que “alcancen su libertad financiera”. Kiyosaki descree de la educación como vía de ascenso social y sus adláteres locales se hacen eco de sus enseñanzas y se preguntan si valen la pena tantos años en la universidad para terminar con trabajos mal pagos o haciendo otra actividad. Según su diagnóstico el 10% de la población mundial tiene el 90% del dinero y para pertenecer a ese grupo sólo hace falta tesón (nada de lucha de clases): “Quienes deseen pertenecer a esta elite del logro humano, bastará con creer en sí mismos, comprometerse con una misión, y querer realizar sus más anhelados sueños en la vida”, dicen. Si los nfavorecidos son tan pocos, ¿por qué querrían compartir la fórmula del éxito?

¿Se trata acaso de una muestra de generosidad dadivosa dentro del frío mundo empresarial? En el caso de los gurúes que venden millones de libros con sus recetas para “triunfar”, habría que comprobar cuál era el estado de sus cuentas bancarias antes y después de publicar, porque sin duda con la cantidad de ejemplares que venden es fácil inferir que se han vuelto ricos escribiendo recetas para que otros “aprendan” cómo hacerlo. Se trata de una suerte de profecía autocumplida, una rueda de la fortuna que activa ese antiguo mecanismo que insiste en que “la plata trae a la plata” (los libros de la saga Padre rico, padre pobre, de Kiyosaki, llevan vendidos 30 millones de copias en más de 50 idiomas). Suponiendo que por derechos de autor cobre sólo un dólar por copia –un número irrisorio, es bastante más– ya tendría sus primeros 30 millones. Sólo por vender libros, no está nada mal. Fernando Pessoa (Bernardo Soares) supo decir: “El poeta es un fingidor/ Finge tan completamente/ Que llega a fingir que es dolor/ El dolor que de veras siente”. La misma fórmula resulta aplicable a los gurúes de los negocios, que fingen que es riqueza la riqueza que de veras tienen. Y la aprovechan.

Muestran su parva de dinero, aseguran que –sin herencia alguna– se puede criar a futuros hijos ricos, y refriegan sus billeteras por las narices de un público tan complaciente como esperanzado, que se rinde a la evidencia.

El mensaje es unívoco: el dinero lo es todo. El máster en avaricia viene inclui