Desde la antigüedad el ser humano busca el sentido de su existencia. Ni las religiones ni los avances de la ciencia han logrado evitar el extravío evolutivo en el que el hombre se encuentra. ¿Por qué cada vez hay más infelicidad y violencia en las sociedades? ¿Por qué cada día hay más lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia?

La respuesta es sencilla: aún desconocemos que somos energía. En la creencia religiosa cristiana, el pecado es una obra, palabra o deseo contrarios a la ley de Dios. En el siglo VI el papa romano San Gregorio Magno definió siete pecados capitales como las peores desviaciones humanas frente a los designios sobre la moral cristiana. ¿Qué es la moral? La moral responde a la apreciación del entendimiento o de la conciencia, pero es una consecuencia de cuando un ser humano cae preso de la necesidad energética manifestada a través de los sentidos, los pensamientos, las emociones y los actos que incitan y crean la tentación. La dinámica del déficit energético crea una necesidad imperiosa al sujeto de ir en busca de lo que no tiene. Los sentidos actúan como sensores de estímulos energéticos, ya que todo lo que existe, al ser una manifestación de energía, emite frecuencias que alimentan la necesidad del deficitario.

El ser humano no es simple materia, sino un espíritu encarnado con una mente e intelecto que le permite evolucionar en conciencia. La energía es un combustible esencial para la vida, que vamos perdiendo sin ser conscientes de cómo la desperdiciamos a diario por no entender ni valorar el correcto vivir.

La energía vital que nos permite existir, según la densidad de este campo energético, define nuestro estado mental, es decir, el nivel de las frecuencias que determinarán la actividad cerebral y que por lógica definirá si estamos relajados o alterados.

Todos sabemos que una mente en estado alfa se sintoniza con los ritmos de la naturaleza y activa la producción de endorfinas, llevándonos a un estado de relajación y bienestar. Este equilibrio se manifiesta en la creatividad y la ausencia de necesidades del alma. En el otro extremo, un déficit de energía vital se manifiesta en una alteración de la psique, que conduce la actividad cerebral a un estado ramal a que motiva conductas agresivas, de continuo alerta, ataques de pánico y ansiedades que nos llevan a extremar conductas sin ser conscientes de las fronteras entre lo que está mal y lo que está bien.

Buscar afuera lo que no tenemos adentro

Lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia son resultados de conductas extremas empujadas por necesidades energéticas que utiliza el ego para apaciguar un déficit vital. Cuando nuestro cuerpo físico no posee los niveles correctos de energía comenzamos a enfermar. La psique, los órganos y cada función humana dependen para su correcto funcionamiento del consumo de reservas de energía almacenada en lo que se denomina aura; un campo sutil de energía electromagnética que aumentamos cuando llevamos a cabo una vida armónica y equilibrada; una especie de “haber” en nuestros “ahorros bancarios” de la vida. Cuando nuestras reservas no son suficientes para abastecer los requerimientos bioenergéticos de un estado psicofísico normal, nuestro subconsciente le avisa al conciente de la necesidad de ir por energía porque todas nuestras funciones comienzan a entrar en un déficit que nos conducirá a estados de desequilibrio general, agresividad, fijación egótica, psicosis, etc; lo que luego nos acarreará a conductas obsesivas.

Pecado, la enfermedad del alma

¿Qué es una necesidad del alma? De acuerdo a la energía vital que poseemos será el potencial proporcional que tendremos a disposición como ayuda para manifestar la evolución. El ser amoroso, el poseer un nivel intelectual alto y la función del raciocinio requieren energía. Por ende una persona evolucionada, feliz, saludable y de elevada conciencia poseerá altos niveles de energía vital que le permitirá el poder generar buena dirección a su destino. No necesitaremos tanto del afuera, porque nuestro estado no requiere de satisfactores energéticos externos. Al ser nuestro cerebro un gran consumidor de energía, el pensamiento, el deseo descontrolado, la pasión, la ambición nos requieren de altas dosis de energía vital; una pérdida extra de energía que no le permitirá al organismo estar estabilizado. Aquí es donde los famosos pecados capitales se convierten en la principal consecuencia a una causa vital que la origina: la enfermedad del alma.

Cuando perdemos energía vital, perdemos la dinámica de la vida que alimenta la velocidad de funcionamiento del átomo. ¿Complicado? Sí, pero esencial. Hay una ley de la vida que establece que no podemos dar aquello que no poseemos, por lo cual si no tenemos energía, no podremos darla, por el contrario, nos convertiremos en fagocitadotes de energía. Una persona en déficit de energía vital despertará una serie de mecanismos inconscientes disparados por la mente en estados elevados de frecuencias, los cuales generan que los sentidos se vuelquen hacia la búsqueda exterior de frecuencias, de manera que estaremos succionando la energía que emiten los otros y las cosas y buscaremos saciarnos entrando en una visión egocéntrica de la vida, en el servicio a uno mismo como centro de la existencia. 

Conclusión: nuestra mente inconsciente caerá presa del ego, todo estará orientado en el foco de la autodireccionalidad, en alimentar nuestros instintos, pasiones y necesidades del yo inferior. Todo lo que nos empuja a caer en cada uno de los pecados capitales es sinónimo de la elección de un camino equivocado de evolución.

Hasta el momento la humanidad ha vivido esforzándose para conseguir cosas del mundo de las formas (bienes materiales, experiencias placenteras, etc.) sin ser conscientes de que el cerebro guarda registros de las cosas y actividades que apaciguan los requerimientos de energía que necesitamos para existir. Por consiguiente, cada vez que requiramos energía caeremos presos de la ansiedad provocada por la necesidad que impondrá desesperadamente al ego resguardar su existencia, saliendo a conseguir lo que su cerebro le ordena: energía. La envidia es una forma de vampirismo energético; la gula es una forma desesperada de obtener energía de los alimentos; la avaricia y la lujuria son formas de obtener energía a través de la posesión de lo que nos aporta la materia; la ira es la adrenalina avisándonos que ya no podemos sustentar la materia por falta de energía; el soberbio atrae la atención desde su propio ego, para fagocitar al menospreciado, y la pereza es paso previo a la enfermedad por falta de vitalidad.

Mandatos condicionantes y la religión

El pecado está íntimamente asociado a lo religioso, una transgresión a los mandatos de Dios que merece, según la creencia dogmática, una condena de orden divino. Para la religión católica, la soberbia no es sólo el mayor pecado según las escrituras sagradas, sino la raíz misma del pecado. La religión condena el pecado, lo castiga con penitencia, pero no explica ni remedia la causa, sólo acusa al pecador.

Las sociedades y sus necesidades funcionales imponen un consumismo que representa la manzana en el Edén. Todo principio comercial se basa en el consumo, donde un producto se convierte en el objeto del deseo en un paraíso del materialismo que funciona con el fundamento básico de las energías humanas. Las sociedades cuyas energías se basan en el consumismo cometen el principal pecado al imponer sistemas que extraen la energía vital de las personas y convierten a las sociedades de consumo en las “capitales del pecado”. La condición humana no es determinada solamente por la especie, sino también por la facultad energética necesaria para no degradarla. Las futuras generaciones caen presas de la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia por desconocer la humanidad que no estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, sino de la energía vital que nuestros procreadores nos transfieren a la hora de concebirnos. En nuestra sociedad, aun en medio de los más espectaculares desarrollos tecnológicos, no diferenciamos lo que es avance de lo que es evolución. No somos solamente materia, y la pérdida de nuestra esencia vital crea miseria e ignorancia espiritual, sin importar qué riquezas poseamos en lo material. Las religiones han creado pensamientos mágicos, han creado mandatos divinos que han separado al hombre de su propia naturaleza.

Ante la ignorancia de lo que es la energía y ante el desconocimiento de la necesidad energética por parte de su alma, el ser humano es víctima de acciones desesperadas que lo llevan a cometer errores evolutivos que, por desconocimiento de los verdaderos mandatos de la existencia divina, hemos creído que son pecados capitales.

Hemos quedado apegados a mandamientos religiosos, doctrinas, dogmas y miedo, convirtiendo a Dios y a sus súbditos terrestres en jueces del pecador. No dejaremos de cometer pecados hasta el día que no sepamos que el faltante de energía vital fabrica pensamientos, sentimientos y deseos de baja frecuencia vibratoria, dejándonos presos de apegos en forma pasional a costumbres viciosas y poco virtuosas que nos aportan en la necesidad, un poco de la energía que nuestra alma necesita por el alejamiento producto de desconocer los caminos hacia la verdadera espiritualidad.