Resulta difícil imaginar que esta persona de voz dulce y movimientos suaves pueda llegar a desdoblarse en la representación de la ira en sólo minutos. Resulta difícil imaginar que esa mujer bipolar y desgarrada de Biutiful sea en realidad una persona cálida, serena y completamente adorable.

 

Su carrera está signada por el teatro y la danza, pero su salto a la pantalla grande sucedió nada menos que junto a Javier Bardem en Biutiful, para pasar luego a las órdenes del emblemático Woody Allen en la película The Rome with Love, que se encuentra aún en posproducción.

Resultó encantador pasar una tarde con ella, confieso que me sentí sorprendida por su versatilidad y profesionalismo, y caí en el enamoramiento que produce la admiración. Sin buscarlo, el reportaje se convirtió en una conversación que disfruté mucho. Espero que ustedes también.

–Entró en el cine por la puerta grande, si es que las hay. ¿Cómo fue ese salto?

–Fue un cambio radical en mi vida profesional, pero en términos personales lo viví con mucha tranquilidad.

Creí siempre que la serenidad era la única forma de abordar un personaje así. Además, llegó en un momento de mi vida de una cierta maduración personal y profesional. Estaba bien plantada y sabiendo lo que esto implicaba, manteniendo mis convicciones, sin que el hecho de la película hiciera tambalear mis cimientos.

–¿Cómo llegó a Biutiful?

–Audicioné en Buenos Aires, porque Alejandro González Iñárritu amplió el espectro de búsqueda de este rol a los países hispanoparlantes. El director de casting vino a verme al teatro en un unipersonal donde yo estaba muy expuesta como actriz, en un personaje que transitaba por lugares complejos del ser. Así fue como me invitaron a audicionar. Luego de una serie de pruebas, llegué a España a conocer a Alejandro y a mi partenaire, porque era importante que se generara un buen vínculo on y off del set. Con Javier (Bardem) tuvimos afinidad desde el primer momento, y logramos una relación muy fluida de complicidad laboral. Todo se desarrolló de manera natural, y creo que era la única forma de sostener personajes tan extremos. Fue una filmación de cinco meses que nos demandó todo.

–¿Cuándo hablaba de sus convicciones, a qué se refería?

–A la elección de los personajes, a la forma de pararme frente a mi carrera y mi pasión. No soy del tipo de artistas que se quedan esperando que los llamen para hacer el papel que les puede cambiar la vida. Entiendo la situación de espera como un lugar de vulnerabilidad, que genera mucha angustia y no aporta nada bueno para la persona. Entonces, elijo hacer siempre, pararme en otro lugar en la vida y en la profesión. Fui construyendo un camino como artista con la convicción de que el trabajo iba a traer el trabajo. Y soy una prueba de mi propia teoría.

–¿A qué atribuye el hecho de poder sostener por cinco meses, como en este caso, un personaje tan profundo y doloroso?

–Se lo atribuyo a mi formación. Tuve grandes maestros que me enseñaron este oficio, este arte que nos lleva a desentrañar los misterios del ser humano, sin que nos afecte en lo profundo. Poder entrar en estos estados desde un lugar visceral, muy físico, pero también intelectualizarlo para nunca banalizar el trabajo, haciendo siempre el ejercicio saludable de distanciarse en el momento en que corresponde. En mi caso está todo muy delimitado espacialmente. Para mí el escenario es donde puedo sacar a pasear el monstruo o leviatán que llevamos dentro, y después tengo este espacio donde vuelvo a mí y soy yo en comunión con el resto, con la certeza de que no me perdí en el trayecto.

–Luego vino su trabajo con Woody Allen. ¿Cómo fue la experiencia?

–Fue un regalo de la profesión, o la frutilla del postre en el momento en que estábamos promocionando Biutiful.

Terminar trabajando bajo sus órdenes fue mágico, aun cuando mi papel es muy pequeño, es como una pincelada de color en la película. Fue una situación extraordinaria, en el mejor sentido de la palabra.

–Él es extraordinario, ¿verdad?

–Sí, es un creativo increíble y muy prolífico. Hace una película por año a sus 77 años, con gran dominio de su oficio. Es un sabio. Lo conocí todo lo que me dejó que lo conociera, porque es muy tímido e introspectivo.

Mantiene un contacto con los demás al límite de lo que sus neurosis le permiten (se ríe quitándole cualquier tipo de mala interpretación a sus palabras).Tuve una entrevista maravillosa con el maestro en Nueva York, y meses más tarde en el set ya trabajando. Fue un placer verlo trabajar y ver cómo se mueve con los actores. Creo que tuve la inmensa fortuna de estar en el lugar indicado en el momento justo. ¡Y lo disfruté tanto! Recuerdo que el maestro me dijo luego de nuestra entrevista: “Es un papel muy chico el que tengo para ofrecerte”, y le respondí que creía en los pequeños papeles sino en las grandes experiencias. Y así lo sentí siempre

-Debe ser muy fuerte porque ¿qué sigue después de eso?

–Muchas cosas. Una vida

–¿Cómo se ve dentro de diez años?

–Es una pregunta difícil porque lo cierto es que no sé si voy a querer seguir siendo actriz toda mi vida. Tiene que ver con etapas que uno va cumpliendo, con conflictos que se presentan y que nos van ayudando a encontrar nuestra pasión, con varias cuestiones. La actuación te demanda un volumen de energía tan alto que no se si quiero sostener ese nivel de entrega toda la vida. De lo que sí estoy segura es que voy a ser una persona activa en lo que haga, y va a ser algo que recicle mi pasión. Te confieso que me pregunto bastante qué voy a estar haciendo dentro de diez años.

–Entrando en el tema de tapa, que son los pecados capitales, vamos a abordarlos  desde lo conceptual. ¿Cuál es para usted el peor de ellos?

–El único problema con la pregunta es que intento no juzgar a priori, sino tratar de contextualizar para comprender y desentrañar por qué las personas pueden comportarse de manera arrogante, iracunda o perezosa. Todo depende de las circunstancias. Entiendo que cada uno de estos “pecados” pueden llevarnos a lugares destructivos, pero lo cierto es que los seres humanos somos insondables.

Entonces, ¿quién puede determinar por qué alguien se comporta de una manera u otra y juzgarla por eso?

–¿Por qué eligió representar la ira?

–La ira es un estado que nos desnaturaliza bastante y que nos saca de lo que nos contiene socialmente. En este momento estoy haciendo una obra junto a Emilio García Wehbi, que es la reescritura de una tragedia clásica en la que el personaje transita la ira desde la venganza. Por este motivo, sentí que iba a poder entrar en este estado de manera legítima.

–Si pudiésemos salirnos del lugar humano del juicio, alejarnos y observar. ¿Cuál de estos pecados es el que no soporta?

–La gula es algo que me desagrada, el comer estando saciados es inconcebible para mí. Y lo digo desde un lugar simbólico, el consumo desmedido me afecta. Y como vivimos en una sociedad de consumo desmedido, me resulta desagradable. Aunque también se puede ver el lado positivo, esto sería hambre por la vida, por crecer y vivir lo más plenamente posible. Lo que sí siento es que nadie puede decir que no se identifica con alguno, sino todos los pecados. Porque son intrínsecos a la naturaleza humana e incluso a las sociedades.

–Es cierto que los seres humanos somos completos y complejos, y que tenemos todo dentro de nosotros. Lo bueno, lo malo, las luces y las sombras. Si le quitamos las connotaciones que la religión le ha dado a los pecados, y los trasladamos a un espacio más humano, ¿cree que pueden ser entendidos de manera más abarcativa?

–Claro que sí. Tienen esta connotación negativa que es producto de la religión y de la sociedad, y en un punto es saludable que así sea ya que regula el funcionamiento colectivo. Ahora, si los tomamos como condiciones del ser, se pueden desdoblar en conductas que incluso pueden ser benéficas. Insisto sobre el contexto y la intención porque pueden ser determinantes a la hora de comprenderlos.

Me gusta desentrañar el sentido de las palabras y de las ideas, y siempre me doy el permiso de la duda. Si no hay duda, no hay posibilidad de saber. Y el saber no sólo es útil, también es gratificante.

–Ya que entramos en lo colectivo, ¿cómo nos definiría como pueblo o como sociedad a nivel mundial?

–Creo que somos un crisol de todo lo que existe. Lo que nos hermana es la condición humana. Puede haber diferencias en costumbres o formalidades, pero en el fondo somos todos seres humanos que a fuerza de mucho dolor tenemos que entrar en un momento de maduración.

–¿Considera que la sociedad es adolescente?

–No quiero ser categórica, pero siento que deberíamos estar entrando en una etapa de mayor crecimiento y tolerancia. De todas maneras, te confieso que mis miedos pasan por la observación de un fenómeno que no es ajeno a ninguna sociedad. La falta de seguridad, la violencia en todas sus formas, incluso  la incapacidad de lidiar con los recursos que la naturaleza nos ha dado y que aún estamos desperdiciando. Podríamos decir que desde el deseo y la lógica querría que entremos en esta etapa de crecimiento, y al mismo tiempo desde la observación cotidiana entiendo que este mundo nos demanda vivir de manera aguerrida e inestable. Esa es quizás mi mayor dicotomía respecto de este tema.

–Ya sé que no le gusta categorizar y juzgar, entonces la voy a hacer jugar.

 

Vamos a armar un escenario romántico romántico en el que usted es una diosa griega y tiene el poder para desterrar cualquier objeto, ser o conducta de esta tierra. ¿Cuál de estos pecados desterraría?

–Gracias por el juego, no podría hacerlo de otra manera. Creo que la envidia, porque tira para atrás siempre. Si sos objeto de envidia es muy doloroso. Si envidiás es tan nocivo para vos que no hay vuelta que darle. Es atávico y primitivo y te lleva a lugares desagradables.

La gente que es envidiosa es gente que para mí no es inteligente. Talento es lo que le sobra, humildad también. Por eso me atrevo a decir que estamos hablando de una gran actriz, y deseo que su pasión siga estando en la actuación para que podamos seguir disfrutando de buen arte.