A pocas semanas de presentar La Cabra, obra que protagoniza y dirige y ningún mortal en su sano juicio querrá perderse, el actor habla de todo y responde con maestría sobre algunas cuestiones que nunca nadie se atrevió a preguntarle.

 Julio llega solo en taxi al barrio de La Boca para una intensa sesión de fotos y pide que lo dirijan. Posa, aunque no le guste hacerlo, y se presta a trabajar para nosotros con la humildad de un número uno. Luego se sienta en un bar, pide una cerveza, insiste en pagarla y conversa de manera apasionada, aunque sin perder la calma y la amabilidad que lo caracterizan.

 

–¿Dónde nació y se crió?

 

–En el barrio de Núñez. Tengo antepasados judíos  europeos aristocráticos y judíos de clase trabajadora.

 

–¿Por qué cambió su apellido original, Hirsch?

 

–Porque pertenezco a un momento en el que era muy común cambiarse el apellido. Más que común, era habitual, necesario, obligatorio.

 

–¿Por qué Chávez?

 

–Porque yo quería Jabes, que es el apellido de mi vieja, pero una persona me dijo que era mucha jota, Julio Jabes, entonces le dije, Julio Chávez, y me dijo: “Ese está bueno”. Y quedó.

 

–¿Su madre vive?

 

–Sí.

 

–¿Tiene hermanos?

 

–Una hermana.

 

–¿Su padre vive?

 

–No, murió hace mucho tiempo.

 

–¿Con qué frecuencia ve a su madre?

 

–La veo, pero no soy una persona muy familiera. No tengo tampoco una familia que me demanda.

 

–¿Qué edad tiene su madre?

 

–83 años.

 

–¿Tiene miedo de perderla?

 

–No, no tengo ni miedo de que se muera ni deseos de que se muera.

 

–¿Ha vivido alguna tragedia en su vida?

 

–No, salvo la tragedia de la conciencia de la muerte propia. La muerte que más padezco es la mía.

 

–¿Le da miedo?

 

–Simplemente no estoy de acuerdo con que me tenga que morir.

 

–¿Y con la muerte de los demás?

 

–Bueno, qué se le va a hacer…

 

–¿Cuál fue la muerte que más sufrió?

 

–La de mi perro. Me produjo un dolor muy particular.

 

–¿Y la de su padre?

 

–No, porque el vínculo que establecí con él fue muy hermoso y me sentí muy tranquilo el día que lo enterré. Sentí mucho amor y respeto por él, mucha gratitud y tranquilidad. Mi padre, el día que nací, me consideró un ser muy bienvenido a este mundo y siempre me apoyó en todo lo que hice.

 

–¿Su madre también?

 

–También.

 

–¿Le gusta estar solo?

 

–Me gusta el descanso de la soledad, que produce una suerte de desinflamación.

 

–¿A quién recurre si le pasa algo?

 

–A mis amigos, a mis amigas.

 

–¿Y su familia?

 

–A mi familia no recurro.

 

–¿Por qué?

 

–Porque no somos demandantes.

 

–¿Mira televisión?

 

–Sí.

 

–¿Qué mira?

 

–De todo, no le hago asco a nada. Llego muy tarde a mi casa, así que lo que hay, lo miro. Es una manera de entrar en otras ficciones y no estar solamente en la propia.

 

–¿Qué es lo más extraño que ve en la tele?

 

–Puedo llegar a quedarme colgado viendo una nota de una vedette. Es parte de la experiencia humana, entonces en ese sentido nunca se sabe con qué material te vas a inspirar para hacer algo.

 

–Para muchos famosos es un plus estudiar con Julio Chávez, es una especie de garantía de buena formación. ¿Qué opina al respecto?

 

–No le hago asco a eso. Es un 0,4 por ciento de la gente que entreno, que al ser mediática replica esto, pero hay otro montón de gente que no.

 

–¿Siente vergüenza por algún alumno mediático?

 

–No siento vergüenza por ninguno de mis alumnos. Yo no elijo a la gente que entreno en función de algunas cuestiones. Si viene una persona carenciada, boliviana, no tengo por qué yo sentir un compromiso social especial.

Y si viene una persona de una clase social muy alta de San Isidro tampoco tengo por qué pensar a priori que eso establece una condición a favor o en contra.

 

–¿Cuál es su mayor principio en la vida?

 

–Ante todo intentar no hacerle daño a ninguna persona. Después vivo, me equivoco.

 

–¿Ha hecho daño involuntario a mucha gente?

 

–No, al menos lo intento.

 

–¿Es muy cuidadoso en ese sentido?

 

–Sí.

 

–Eso lo convierte en una buena persona.

 

–No lo sé, pero lo que sí sé es que no me da igual enterarme que a otro ser humano le produje un daño. Para mí eso es lo peor que me puede pasar. Es posible que lo haga, que lo haya he- cho o que lo vaya a hacer, pero mi intención es no hacerlo.

 

–¿Qué le da placer?

 

–El trabajo. Pensar, entrenarme, hacer el ejercicio de la actividad que elegí.

 

–¿Tiene alguna queja constante?

 

–En general trato de no quejarme, pero me puede llegar a dar un poco de bronca la desidia.

 

–¿Suya o ajena?

 

–La mía y la ajena. No me molesta la imperfección, el problema, la falla, el fracaso, pero sí la desidia. Es un acto de no involucrarse, es algo dañino.

 

–¿Cómo lucha usted contra la desidia?

 

–Yo no la tengo. Y si llego a advertir un mínimo atisbo de eso, tengo un entrenador interno muy estricto.

 

–¿Es muy exigente con usted mismo?

 

–Sí, exigente y fallado.

 

–¿Por qué fallado?

 

–Porque es inevitable estar fallado. Todos tenemos un sistema absolutamente fallado, y eso es parte de lo atractivo y de lo creativo.

 

–¿Se enoja con frecuencia?

 

–No soy de enojarme. Tengo mi carácter, mi modo, y como cualquier modo, a alguien le puede caer bien y a otros mal.

 

–¿Qué lo irrita?

 

–Que me ninguneen. Cuando advierto que me están subestimando, que no se está tomando en cuenta mi capacidad de observación y creen que no miro, que no me doy cuenta, que me voy a dejar maltratar.

 

–¿Algún ejemplo?

 

–Está plagado, en cualquier momento puede pasar.

 

–¿Qué hace si sucede?

 

–Le deseo el mal a esa persona.

 

–¿Y eso repercute en el otro, surge efecto?

 

–No repercute una mierda, pero no importa.

 

–¿Lo exterioriza o se lo guarda?

 

–Puedo refunfuñar internamente o decirlo, depende de la circunstancia. Hay momentos en los que me parece mejor no articularlo y momentos en que no lo puedo evitar.

 

–¿Es de insultar?

 

–No, pero me gusta ser malhablado, cotidianamente.

 

–¿Sus malas palabras más frecuentes?

 

–La concha de tu hermana.

 

–¿Extraña a alguien?

 

–No. Nosotros tenemos con la palabra extrañar algo muy vinculado al querer. Me extra- ñas, me querés, no me extrañas, no me querés. Y para mí no hay un vínculo tan estrecho entre el extrañar y el querer. Yo puedo adorar a alguien y no extrañarlo. Yo no extraño nada de lo que me he desprendido: cuadros, libros…

 

–¿Amores?

 

–Extraño la situación de estar enamorado, pero no el objeto del cual alguna vez me enamoré.

 

–Entonces, ahora no está enamorado.

 

–Ahora no.

 

–¿Cómo es para usted esa situación de estar enamorado?

 

–Es una felicidad, es un problema, es una ocupación, una obsesión, es un trabajo, una pérdida de tiempo.  Son muchas cosas.

 

–De cualquier manera, lo extraña.

 

–Claro que sí.

 

–¿Cometió alguna locura por amor?

 

–No, soy controlado. No lo digo como un logro, simplemente es algo que hago.

 

–¿Le molesta hablar del tema?

 

–No, yo por suerte no soy tan vulnerable como para que el otro rompa tan fácilmente la puerta. El otro puede golpear, pero yo puedo no abrir.

 

–¿Le incomoda que le pregunten sobre su sexualidad?

 

–Yo no hablo de esos temas.

 

–¿Por qué?

 

–No hay una razón, elijo con quien lo hablo, selecciono.

 

–Pero no lo hace públicamente.

 

–¿Sobre mi sexualidad? Podría hablarlo públicamente.

 

–Pero prefiere no hacerlo…

 

–Uno elige si tiene ganas, si no, son actos autónomos que cada ser humano tiene derecho a guardar.

 

–¿En este momento prefiere no hablar del asunto?

 

–A mí en una nota no me interesa la vida sexual de nadie.

 

–¿No cree necesario embanderar ninguna causa?

 

–Son situaciones que cada ser humano elige. No es mi problema ni es mi manera de expresar mi mirada al mundo. Mi compromiso es como actor, y yo frente a lo social me expreso como actor. Fuera de eso no me tengo que sentir comprometido, porque yo no saqué carnet, no son clubes a los que tengo que responder.

 

–¿No tiene nada que ocultar?

 

–¿Ocultar? Bueno, como cualquier ser humano. Pero a la violencia de la indagación no tengo por qué responder.

Frente a mi trabajo como actor, yo me siento en la mesa del jurado y respondo, porque es el jurado que he elegido. Pero con lo otro no tengo ningún compromiso.

 

–Más allá del compromiso, hablar o no del tema es una elección.

 

–Bueno, pero no tengo el compromiso de hablar de eso, de responder frente a ningún tribunal acerca de mi sexualidad.

 

–¿Está enojado, molesto por este tipo de preguntas?

 

–No, para nada, estoy apasionado y por eso respondo así.

 

–¿Le asusta el paso del tiempo?

 

–(Piensa) A mí hay ciertos temas de la experiencia humana que me parece que casi no hay que preguntarlos.

Yo no le pregunto a otro humano: ¿qué te pasa con que estás creciendo? Yo prefiero hacer silencio y vivir la experiencia. Hay ciertas preguntas que obligan al otro a responder sobre cosas que son como si se las preguntase un ovni. Pero hay ciertos temas que uno por respeto y por amor a la existencia debería no preguntar.

 

–Gracias, hoy aprendí algo.

 

–¿Qué aprendiste?

 

–A no preguntar boludeces.

 

Julio ríe, no deja de reír, y dice: “De nada, fue un placer”.