La llegada al país de Foo Fighters tiene gusto a revancha por la fallida visita de Nirvana hace veinte años. Su ex baterista, Dave Grohl, lidera la banda, que llega en su mejor momento.

Ahora que se celebrarán los 20 años de la primera y única visita de Nirvana a Buenos Aires, Dave Grohl, su ex baterista, regresa al país, esta vez con la banda que le permitió consagrarse como uno de los cantautores de rock más representativos y apreciados de Estados Unidos. Si bien todavía se recuerda con sinsabor, y hasta con rencor, que su antiguo grupo se negara a interpretar en esa atropellada incursión porteña la canción que lo inmortalizó, el himno generacional “Smells Like Teen Spirit”, eso no fue impedimento para que las 30 mil entradas del debut de Foo Fighters en la capital argentina se agotaran en tan sólo cuatro horas.

La agrupación de Seattle, que cerrará en condición de acto estelar las dos primeras jornadas del Quilmes Rock 2012, el 3 y 4 de abril en el estadio de River Plate, se encuentra de gira presentando Wasting Ligth, última producción discográfica, que se convirtió desde su estreno en un nuevo acierto comercial del quinteto y no para de recibir piropos por parte de la prensa especializada.

En la reciente entrega de los Grammy, Foo Fighters dejó de manifiesto el buen momento que atraviesa.

El grupo fue, junto con la cantante británica Adele, el gran ganador de la noche al llevarse para su casa cinco estatuillas, entre las que destacó la de la categoría “Mejor álbum de rock”. Cuando subió a recoger este premio, Grohl dio pie a la polémica al expeler una perorata que por momentos parecía atacar a la música dance. No obstante, para evitar malentendidos, tuvo que desmenuzarla a través de un comunicado:

“Amo la música, sea electrónica o acústica, no me importa. Y la diversidad entre la personalidad de un músico y otro es lo que hace todo tan emocionante. A eso me refería exactamente con el ‘elemento humano’ que hace que la gente suene como gente. En algún lugar de esa línea, esas cosas se vuelven malas, y con los grandes avances de la tecnología de grabación digital se han podido solucionar fácilmente.

¿El resultado final? En mi humilde opinión: mucha música que suena perfecta, pero sin personalidad”. Wasting Ligth es la prueba más vehemente de que el vocalista y guitarrista vive un eterno idilio con el rock. Registrado en su garaje con un equipo antiguo que no permitía correcciones en el proceso de posproducción, este séptimo álbum de estudio fue ensayado hasta el hastío, lo que le sacó al combinado una textura sonora más pesada y cruda en comparación con sus otras entregas discográficas. Además significó el reencuentro de Grohl con el productor Butch Vig, con el que trabajó en el indispensable Nevermind (1991), de Nirvana (el que incluye “Smells Like Teen Spirit”), así como con Pat Smear, antiguo colaborador del legendario trío, quien, si bien se mantuvo en la periferia de Foo Fighters en estos 16 años de actividad, en esta oportunidad fue de la partida desde las sesiones de grabación. Y para cerrar el karma invocó también a Krist Novoselic, con el que elucubró una de las bases rítmicas más poderosas del rock en el conjunto que encabezó Kurt Cobain, para que participe en el tema “I Should Have Known”.

Aunque es considerado uno de los héroes de los yeites contemporáneos, el acierto de Dave Grohl radica en haberle inyectado frescura a un género que por períodos pecó de solemne, perdiendo su naturaleza desfachatada. Y esa ha sido una constante desde sus tiempos en el grunge. La parodia en sus videos, en la que junto a sus coequipers representan desde actores de telenovelas hasta camioneros gay, ha sido una de las herramientas para acercarse a la obra de actual emprendimiento musical, al igual que su disposición a participar en otros laboratorios sonoros en los que despliega sus diferentes formas de entender el rock o en homenajes como el que le brindó la Casa Blanca a Paul Mc- Cartney en 2010 (donde se mandó una de las mejores versiones que se hayan hecho de “Band on the Run”). 

Para el que creyó que Foo Fighters era un Nirvana descafeinado, el baterista devenido en frontman, que tiene entre sus ídolos a Queen y al Led Zeppelin John Bonham, demuestra que lo que más disfruta es el desafío a la gravedad.