Final de fiesta. Tal vez el momento más exquisitamente decadente de la noche. 

Pero decadencia en su mejor expresión. La que deja de lado todos los chiches de la noche. La que suelta los cumplidos, la ceremonia, el protocolo y hasta el rock. Decadencia de lo que fue y no vuelve a ser, de lo efímero y perdurable a la vez. Porque esa noche vive en el recuerdo, porque los registros quedan. 

La excitación previa mientras se elige el atuendo. La respiración cortada en el momento de atravesar la puerta de entrada. La alegría, y cuantas veces la falsa sonrisa, al reconocer y saludar a conocidos y amigos. 

Las copas que van y vienen. La música que marca los estadios de la noche.

El amor y el desamor escondidos en todos y expuestos sólo en unos pocos. La entrega al placer y a todo lo que la fiesta pueda traer.

Dicen que en estas noches se puede perder todo, menos el glamour.