Mientras estudia Bellas Artes y arma un nuevo atelier para pintar cuadros más grandes, Candelaria Tinelli experimenta con éxito. Bajo el nombre de Lelé firma obras con las que gana su propio reconocimiento en el World art local. 

 Algunos pintores convierten el Sol en un punto amarillo; otros convierten un punto amarillo en el Sol.” Pablo Picasso (1881- 1973), pintor y escultor español.

En los trazos de Lelé hay mucho de aquella magia. Lo suyo, sin embargo, parte de un rostro cualquiera. Nace en unos ojos que se dejan penetrar, que inspiran el reflejo de un alma desconocida y provocan el disparo de sus pinceladas sobre un lienzo que pierde su blanco más original para llenarse de los colores más intensos.

Así lo siente. Así lo experimenta. Candelaria (21), la segunda de los cuatro hijos de Marcelo Tinelli, la que se ganó fama de ser “la más tímida e introvertida de la familia”, pudo romper sus propios límites y animarse a mostrar una de sus mayores pasiones: la pintura. Lo hizo en octubre de 2011, durante la Semana del Arte de Buenos Aires, en el showroom Zencity de Puerto Madero, y fue una de las revelaciones del circuito Gallery Nights.

En su primer atelier, el que improvisó en el balcón del piso que comparte con su padre, habla de eso. De sus comienzos, de aquella herencia casi genética por el arte, de los consejos que acepta, de la gente que más respeta, de sus proyectos y su nueva filosofía de vida.

 

–Las biografías de los más grandes suelen comenzar diciendo su nombre, fecha de nacimiento y automáticamente mencionan que descubrió el arte a los tantos años. ¿Vos cómo recordás tus primeros pasos en la pintura, a qué edad fue eso?

 

–Desde chica, ya en la primaria, me interesaban las materias relacionadas con el arte. Todo lo que estaba vinculado a eso me atraía y me llamaba mucho la atención.

Era muy buena alumna en plástica, pero me quedaba corta con lo que tenía ganas de hacer y expresar. Así, para el secundario, decidí cambiarme a un colegio de educación Waldorf con orientación en arte, ya que estaba lleno de talleres de distintas actividades como tejido, hilado, carpintería, jardinería, trabajo en cuero, pintura, arcilla… Lo disfrutaba al máximo, era muy feliz. Siempre supe que lo que más me gustaba era pintar. Y cuando terminé la secundaria, luego de fracasar en la carrera de Veterinaria (porque la verdad me di cuenta de que no era lo mío), me anoté en la carrera de Bellas Artes. Y bueno, claramente seguí con la pintura hasta el día de hoy, probando talleres también, pintando mucho en casa, dedicándole horas de pincel.

 

–Pero antes probó con la veterinaria, profesión vinculada a su feeling con los caballos y la hípica. ¿Cuál fue el quiebre para cambiar de rumbo y anotarse en Bellas Artes?

 

–Lo que me pasó con Veterinaria fue que, más allá del amor que siento por los caballos y los animales en general, empecé a ver la parte fea de la carrera, yo me relacionaba con el animal desde otro lado. Tenía materias muy pesadas y muchísimas horas de cursada. Trabajábamos con cadáveres y órganos, ¡lo que me hacía sentir muy a gusto! Estaba muy colapsada, estudiaba todo el día, me agarró una especie de obsesión.

Me alejé mucho de lo que realmente me gustaba, hasta que me di cuenta de que no lo disfrutaba. Ahí decidí hacer el cambio a la carrera que estoy haciendo ahora, ¡volví a lo mío!

 

–Sin embargo le costaba abrirse y mostrar lo que hacía, ¿qué pasó para que se animara a hacer la primera expo?

 

–Siempre fui muy tímida, de un perfil muy bajo. Me cuesta pintar en grupo, soy un poco solitaria para esto. Es mi personalidad, soy metida para adentro. Cuando se dio lo de la exposición, al principio, obviamente me negué. Pero tuve tanto apoyo de mi familia que me lancé y logré romper el hielo. Fue una experiencia que me sirvió mucho, tanto en lo personal como en el tema de mostrar lo que hago, el poder compartirlo. Amo y recurro a un consejo que una vez me dio mi viejo:

“Enfrentá eso que más miedo te dé, lo que sea. Al miedo hay que atacarlo directamente, es la única forma de vencerlo”. Lo uso mucho, trato de hacer esas cosas que más temo para superarme y amigarme con ellas. Entonces, descubro que es mi cabeza, que no hay nada que pueda pasar.

 

–Y vendió sus primeros cuadros sin siquiera proponérselo.

 

–Sííí. La verdad es que jamás me lo esperé. De hecho, la serie que vendí ¡ni la preparé! La tenía en casa, eran unas pruebas de ideas y fotos que iba sacando de diferentes lugares y artistas, jugaba con copiar, probar técnicas. Y bueno, fue un éxito: me fue súper bien.

 

–¿Cómo fue la sensación de desprenderse de ellos?

 

–Me recontra costó vender mis cuadros, les pongo tanto amor que me cuesta soltarlos.

Yo creo que el artista es un poco egoísta con sus obras, se encariña, y eso a mí me pasa siempre porque les pongo mucho amor, mucho tiempo.

 

–¿Hoy se ve viviendo de sus obras?

 

–No sé si me veo viviendo de esto, puede que sí, puede que no. Lo más importante es dedicar mi tiempo a las actividades que me dan placer.

 

–Imagino que para usted debe ser muy difícil ponerle precio a un “Tinelli”.  ¿Cómo se hace?

 

–Es muy complicado, pero no porque sea un Tinelli, para mí es mucho más que eso.

Como estoy empezando y no tengo mucha idea de precios, me cuesta ponerle un costo a tal o cual cuadro, ¡soy malísima!

En eso, me ayudó una curadora para la exposición, y por lo general me ayuda mi familia, obviamente también mi intuición, según cada cuadro dependiendo el tiempo y dedicación que le puse. También suelo pedirle consejos a Dani Maman.

 

–Si bien ya se podía ver lo que hacía en Bartola (el restó/bar de arte, de su hermana Micaela, donde colgó sus primeras obras), en su primera muestra sorprendió a todos. ¿Cómo fue esa noche?

 

–Esa noche fue una locura. Nunca pensé que iba a haber tanta gente, tanta prensa, tanto movimiento. Cuando llegué quería salir corriendo con tacos y todo. Pero la recuerdo como una de las más maravillosas de todas.

 

–Por lo que confió esa noche, se intuye que el curso de El Arte de Vivir inspiró la muestra. La pregunta: ¿El Arte de Vivir inspiró sólo la muestra o tu filosofía de vida en general?

 

–El curso de El Arte de Vivir me movilizó en todo sentido. Es espectacular, me ayudó muchísimo, me hizo darme cuenta de muchas cosas. El hecho de disfrutar más el momento y las cosas, de vivir el hoy, de reírme, de ser una niña de nuevo. Con respecto a la muestra, me copé con el tema de las miradas, de los ojos… En el curso me impactó mucho un ejercicio de mirar por un rato al otro directamente a los ojos, sentí cosas muy fuertes. Dicen que los ojos son las puertas al alma. Y bueno, en mis cuadros tuve esa conclusión: creo que logré transmitir algo con la mirada de cada rostro, tuve muchísimos comentarios respecto a eso.

 

–¿Cuál fue la crítica que más la impactó?

 

–La verdad es que recibí opiniones muy interesantes, bien personales y variadas. Casi todas muy elogiosas.

Pero fue muy loco como cada uno ve algo diferente. Estuvo buenísimo escuchar todo lo que me decían, tuve muchas emociones. Me sentí muy feliz de que mi familia y amigos me acompañen y apoyen, ¡no podía parar de sonreír! Estaba muy contenta de haberlo podido hacer.

 

–¿Cómo sigue su carrera ahora? Me imagino que más de un curador debe quererla y hasta habrán pedidos de trabajos por encargo?

 

–No quiero pensar mucho a futuro, mi idea es pintar y crecer como persona y como artista. Con el arte me gusta probar y me animo a equivocarme.

Voy a ir viendo lo que vaya surgiendo. Me ofrecieron varias cosas, pero mi prioridad hoy es pintar y pintar. Estoy armando mi atelier nuevo de a poco, más grande, para pintar obras de mayor tamaño. 

 

–¿Siempre serán rostros?

 

–Los rostros me encantan, pero fueron una etapa, una prueba.

 

–Cada artista tiene una característica particular que define su obra. ¿Cuál es la suya?

 

–No sé como definir mi obra. No sé qué estilo tengo. Pinto lo que me sale en el momento. Trato de no meterle mucha cabeza. Exploto de color y carga de material. Mis cuadros suelen quedar llamativos, cargados y coloridos.

Quiero que transmitan o muestren al espectador lo que siento yo en ese momento. Esa es toda mi intención. Y en mí, no es poco.