Balzac tomaba 50 cafés por día,  Oostoievski era adicto a la ruleta, Baudelaire y sus colegas rendían culto al hada verde y William Burroughs desayunaba con metadona. Eran grandes artistas, pero los dominaban placeres feroces y, a veces, mortales.

De la cafeína al alcohol, del juego compulsivo al opio, las más renombradas figuras literarias han sucumbido a todo tipo de excesos y placeres, a veces lícitos, otras no tanto.

Empecemos por la afición de algunos escritores a ciertas drogas. Entre los opiómanos más famosos está Thomas De Quincey, autor precisamente de Confesiones de un opiómano inglés, un relato autobiográfico que en 1821 causó un gran revuelo con las descripciones de sus sueños y alucinaciones derivados de la influencia del opio. Entre los aficionados a los hongos alucinógenos se rumorea que Lewis Carroll, autor de Alicia en el País de las Maravillas, se entregaba gozoso a sus efectos y hay quienes creen que algunos pasajes de su célebre novela podrían estar inspirados en sus episodios con las drogas.

En Francia, Baudelaire, Verlaine y Rimbaud fueron algo así como la cofradía del “hada verde”, tal como llamaban por entonces a la absenta o ajenjo, esa bebida de alta graduación alcohólica y sabor a consultorio de dentista que hizo furor a fines del XIX entre los escritores de París. Durante la década de 1860 la absenta se había vuelto tan popular que muchos cafés y cabarets anunciaban a las 5 de la tarde l’heure verte (la hora verde), suerte de actual happy hour que en aquel entonces se volvió un ícono del movimiento bohemio.

También muchos otros artistas de finales del siglo XIX y principios del XX como Van Gogh, Manet, Picasso o Degas consumían absenta, ya que  upuestamente inducía a la inspiración artística. Oscar Wilde incluso le dedicó el siguiente verso: “¿Cuál es la diferencia entre un vaso de absenta y el ocaso?”.

 

CALAVERA NO CHILLA

 

Ya entrado el siglo XX, William Burroughs, miembro de la llamada

Generación Beat, hizo del consumo de heroína no sólo una forma de vida sino uno de sus principales temas literarios (su libro Yonqui, entre otros, narra sus propias experiencias con la droga y sus efectos). A principios de los 50, perseguido en los EE.UU. por las autoridades antinarcóticos por consumo y venta de heroína, emigró con su esposa a México. Fue allí cuando, jugando a

Guillermo Tell, mató a su mujer al tratar de partir con un tiro la manzana que ella tenía sobre la cabeza. Burroughs fue entonces imputado por homicidio involuntario y escapó refugiándose en Marruecos. Ya a sus 83 años, vivía en una pequeña casa en Kansas, se levantaba temprano y empezaba el día con una dosis de metadona, que consumió hasta el día de su muerte. Hunter S. Thompson, autor de Miedo y asco en Las Vegas, declaró alguna vez sobre su modo de vida: “No recomendaría el sexo, las drogas ni la locura para todos, pero a mí siempre me han funcionado”, mientras

Truman Capote supo afirmar:

“Soy un alcohólico. Soy un adicto a las drogas. Soy homosexual. Soy un genio”. Entre los escritores norteamericanos del siglo XX hubo muchos alcohólicos famosos, como William Faulkner, Dylan Thomas, Scott Fitzgerald, Charles Bukowski y Ernest Hemingway. Actualmente, en la confitería del último piso de una de las más famosas cadenas de librerías de Nueva York hay un mural que retrata a diversos escritores consagrados leyendo, escribiendo, bebiendo, fumando.

Sin embargo, quien quiera hoy ir a leer o escribir allí encontrará que no venden alcohol, que ofrecen café descafeinado y que, por supuesto, no está permitido fumar. Los escritores de hoy ya no la tienen tan fácil.

Pero no todo fue drogas y alcohol. Por ejemplo, la adicción al juego de Fiódor Dostoievski era un secreto a voces. A mediados de la década de 1860, tras la muerte de su esposa y de su hermano, Dostoievski quedó con una depresión paralizante, así como con un montón de deudas personales y familiares. Se volvió adicto al juego, especialmente a la ruleta, lo cual empeoró aún más su situación económica y muchas de sus obras fueron escritas y entregadas porque necesitaba con urgencia un adelanto de su editor. Precisamente su novela El jugador fue escrita con el fin de pagar deudas de juego (una ironía que el propio Dostoievski seguramente haya celebrado).

Y entre los hábitos más curiosos destaca Honoré de Balzac, que era adicto a la cafeína y bebía alrededor de 50 tazas de café al día, hasta que se decidió a comer directamente cucharadas de café molido. Así podía trabajar varios días sin parar. Según él, el café encerraba tantas virtudes que fácilmente opacaría a las promesas de cualquier energizante de diseño actual: “El café brutaliza las hermosas paredes estomacales; el plexo se inflama; las chispas se disparan hasta el cerebro. A partir de ese momento, todo se agita.

Rápida marcha de las ideas en movimiento. Los recuerdos se alzan como banderas brillantes en las alturas; la caballería de la metáfora se despliega con un galope magnífico, la artillería de la lógica se apresura con vagones estrepitosos. El papel se llena de tinta, el trabajo nocturno comienza y termina con torrentes de esta agua negra, como una batalla se abre y concluye con polvo negro”.

A juzgar por sus palabras, quizás habría que preguntarse que le ponía al café.