El 40 por ciento de la población del planeta no tiene agua potable.

Cada veinte segundos muere una persona por enfermedades causadas por el mal uso del agua. Esto significa dos millones de muertes al año, la mayoría de niños menores de 5 años. En 2025, la extracción de agua aumentará en un 50 por ciento en los países en desarrollo, y 18 por ciento en los países desarrollados. Casi 2.500 millones de personas no tienen acceso a infraestructuras sanitarias adecuadas y más de una de cada seis personas en el mundo –894 millones– no tiene acceso suficiente a agua potable segura para satisfacer sus necesidades básicas de beber, cocinar y limpiar. Hasta aquí, la descripción que hace la fundación We Are Water de un tema que por una infinidad de motivos no logra llamar la atención de aquellos que tienen que decidir.

 

Hacia donde miremos, agrega en su columna el especialista en historia ambiental Antonio Brailovsky, el mundo de los negocios nos propone alternativas engañosas. Para ahorrar energía, nos venden edificios inteligentes, que usan computadoras y sensores para graduar la luminosidad y temperatura de las habitaciones. Pero puede lograrse lo mismo sin tantos aparatos, con diseños bioclimáticos que tengan en cuenta el movimiento del Sol en cada estación y las propiedades térmicas de los materiales de construcción. La diferencia es que el diseño bioclimático se hace una vez y sólo emplea la energía gratuita del sol. Y los edificios aparentemente inteligentes tienen equipos que deben ser reemplazados continuamente porque han sido diseñados para arruinarse lo antes posible.

El mundo está dado vuelta y todavía no sabemos cómo enderezarlo.

Y por eso, no hacemos nada. Nuestra existencia depende casi exclusivamente de la energía creada por los fósiles. Nuestras ciudades son producto del petróleo. Construir Notre Dame, en París, llevó 170 años, pero tardó sólo tres meses levantar una torre de 800 metros de altura en Dubai (diez veces más alta). Y es el petróleo lo que lo hace posible, agrega en su columna el fotógrafo Yann Bertrand.

Esta tranquila aceptación de los hechos –insiste Bertrand–, aun cuando se sabe en qué terminan, resulta realmente fascinante. Es como si registráramos el daño y siguiéramos de largo. Sabemos lo que sucede, pero no queremos creerlo. Tanto es así que cuando los científicos nos revelan que se extinguirán seis especies vivientes (la nuestra incluida), la información parece afectarnos menos que el resultado de un partido de fútbol o el pronóstico del tiempo para el próximo fin de semana. Más que la negación, la inactividad parece venir del imaginario colectivo que supone que la ciencia logrará inventar algo para evitar el desastre. Lo mismo que pensaron los sumerios, los mayas y los habitantes de la Isla de Pascua antes de que sus civilizaciones desaparecieran de un día para el otro.

Esta edición de El Planeta Urbano intenta ser un llamado de atención.

Sólo eso. Si no despertamos, será tarde para lágrimas.