Las vacaciones nos dan la oportunidad de leer como se debe: estirados en una reposera y no de pie en el subte. Y ya que hay tiempo vale la pena encarar buena literatura, desde algún clásico hasta esos mamotretos de 500 páginas que vivimos postergando aunque nos gustan.

El verano es la estación de las promesas literarias. No porque sea el momento en que muchos nuevos escritores salen a la luz (más bien todo lo contrario) sino porque es cuando solemos prometernos un tiempo para leer tranquilos: no en el subte, ni por trabajo, ni en la fila del banco, sino tirados en una lona-sillón-hamaca-reposera, preferentemente con un trago fresco a mano. Pero, ¿con qué criterio elegir qué leer en el verano? En mi caso, en general opto por clásicos y/o libros de muchas páginas: los “mamotretos”, esos volúmenes pesados y grandotes que difícilmente puedan llevarse en la cartera, pero sí en un bolso playero. Aunque a priori los clásicos no parecerían ser libros “veraniegos”, lo cierto es que suelen ser buena lectura garantizada. Borges decía que sólo leía libros que, tras décadas de publicados, siguieran siendo citados, recordados o reeditados: leía lo que, según creía, había pasado “la prueba del tiempo”. Y aunque su criterio resulta tan exagerado como dudoso (se sabe que también estaba al tanto, al menos, de lo que escribían sus amigos contemporáneos) hay algo de cierto en su postulado: difícilmente los clásicos defrauden.

Con los “libros gordos” todo depende del lugar al que uno vaya. Pero si la reposera está entre las opciones y el peso del equipaje no resulta un inconveniente, es un buen momento para desempolvar esos volúmenes que, por abultados, hace tiempo aguardan en la biblioteca. Y si entre los no leídos llegara a haber “mamotretos clásicos”, la ecuación es inmejorable. Por eso, quienes sean sorprendidos con las Obras completas de Shakespeare en el bolso o El Quijote en la mesita de luz, no necesitan falsear que ahora se volcaron a las “relecturas”: un verano dedicado a clásicos, además de brindar lecturas con garantía, como creía Borges, ahorra la incomodidad de asentir con falso embeleso a los halagos hacia obras hasta el momento jamás leídas (aunque puede que citadas) e incluso plantear en voz alta, por ejemplo, que un clásico como Robinson Crusoe resultó, después de todo, una novela más bien racista y bastante poco interesante.

Sin embargo, confieso que este verano cambié de estrategia y en la valija puse sólo novedades (y entre ellas sólo una, Libertad, de Jonathan Franzen, que todavía no empecé, supera las 450 páginas). Es decir, ni clásicos ni libros gordos. Y como la burla a mis propios criterios de lectura veraniega viene saliendo bien (y puede que para los textos más extensos ya no quede tanto tiempo) opté por destacar tres libros de autores argentinos, muy distintos entre sí, pero que cumplen con un requisito indispensable para las lecturas de vacaciones: que uno no pueda dejar de leerlos.

El primero es Los Living, de Martín Caparrós, novela ganadora del premio Herralde 2011. La historia de un joven que nace el día en que muere Perón, un hecho que marcará su vida casi tanto como los relatos encontrados respecto al fallecimiento de su propio padre (de quien, a falta de recuerdos, sólo conserva un par de fotografías): ¿fue atropellado en un accidente? ¿O podría ser acaso uno de los tantos desaparecidos por la dictadura militar? En Los Living la niñez y la adolescencia son abordadas desde una mirada tan sensible como lúdica, tan cruda como inocente, donde la crueldad no respeta edades y los silencios pueden resultar tan lacerantes como las peores confesiones.

El segundo es Los años que vive un gato, primera novela de Violeta Gorodischer. Una historia de iniciación en la que la joven protagonista narra distintos episodios de su vida, marcados precisamente por una sucesión de veranos, desde el descubrimiento de la homosexualidad de su hermano mayor en un hotel de Cuba hasta su propio despertar sexual, pasando por una enfermedad grave que la alejó del mundo infantil para devolverla sana y salva al universo adolescente (aunque con una marca indeleble). Saber como sinónimo de crecer, pero al mismo tiempo intentar creer como sólo pueden hacer los niños, para dormir tranquilo, para confiar en que la enfermedad nunca vuelva, para vivir para contarla.

Por último, para los que prefieran la no ficción, una crónica periodística: Los otros, de Josefina Licitra. “Puedes mandar a Josefina al desierto y conseguirá una historia. Hablará con las piedras, las dunas y las nubes y te mostrará lo conmovedoras que son sus vidas”,dijo de su autora el escritor Santiago Roncagliolo (y tiene razón). Licitra efectivamente saca historias de abajo de las piedras o, en este caso, de lo que no se muestra (o no quiere verse) de algunas zonas del conurbano. Con el eje puesto en los enfrentamientos entre los vecinos de un barrio precario de inmigrantes italianos y los de un asentamiento lindero en Lanús, en Los otros desfilan punteros, desempleados, vecinos armados, cartoneros, sindicalistas, jóvenes con miedo a salir a la calle. Historias de pobres contra pobres sin una mirada edulcorada ni un regodeo con la pobreza, sino más bien un intento por comprender desde dónde se construyen esas “otredades” que sin embargo comparten realidades tan similares, tan próximas.