Defensora de los derechos de los animales, Marcela Kloosterboer habla de su activismo ecológico y de cómo sobrevive a los asados que organiza su novio rugbier todos los domingos.

Una nena de ocho años mira el plato que su madre le ha puesto enfrente y ahí se queda, haciendo equilibrio sobre el vértice de una contemplación que la pasma, la congela. Se siente entre la espada de una orden cariñosa (“comé, mi amor”) y la pared de una convicción que todavía no sabe ni siquiera cómo nombrar, pero que sería algo así: eso que me pusieron adelante es carne muerta, la carne de un animal asesinado para que la mastique, la trague y yo no quiero: no la voy a comer.

Entonces ahí se queda la pequeña atormentada, con un motín en la cabeza, incendiándose por dentro, sabiendo que no va a poder, que va a tener que enfrentar a sus padres (y a los ocho años los padres son el orden, la ley, la Federal, la Metropolitana, el Estado mismo) y les va a tener que comunicar su decisión. No debe haber sido fácil pero debe haber sido en serio, porque veinte años después, la nena ya no es una nena y la decisión permanece.

Fue una tía que se vino desde Holanda a visitar a la familia quien sacó el tema, casi casual, de cómo se procesa la carne animal para su consumo doméstico. El disparador fue letal: Marcela, en ese mismo instante, resolvió no comer carne nunca más, por el resto de su vida. ¿De qué estuvo hecha una decisión como esa a una edad como esa? Porque a todos nos ha tocado escuchar grandes parlamentos de niños en trance épico, pero suelen durar lo que la voluble naturaleza infantil dispone que duren: un rato, digamos, hasta la próxima Cajita Feliz.

Sin embargo, aquella vez algo se fundó para siempre. Y “para siempre” no ocurre casi nunca. De todos los berrinches adolescentes que han escrito Las Manos de Filippi, hay uno que me gusta en serio: “Qué me importan las ballenas, qué me importan los pingüinos, yo quiero un ejército de locos que saque de la tumba”. Está bien la línea porque guarda un cierto encanto en la precisión de su enojo y además porque impacta directamente sobre la pose ecologista y la remerita de Greenpeace que cualquier celebrity a la gorra se pone velozmente para la foto de vidriera. Después se la saca y se pone la del Che, después se la saca y se pone la del cáncer de mama, después se la saca y se pone la que haya que ponerse: el discurso ambiental tiene sus riesgos, y uno de ellos es que garpa con rápido crédito social a bajo costo. Esto no constituye un problema hasta que terminás viendo a Belén Francese recitando un poema para salvar a las focas del ártico ¿Y ahí? Dice Kloosterboer: “Cuando empecé a trabajar en televisión, a los doce, era la única en el set que pedía catering diferenciado. 

El año pasado, en Herederos de una venganza, los vegetarianos ya éramos siete u ocho. Yo sé que esto se puso de moda, resulta que ahora todos somoscool”.

–Se parece al fan indignado de una banda de culto que un día mete un hit y la empiezan a escuchar todos, y el tipo dice: “¡Hijos de puta, yo los iba a ver cuando metían veinte personas!”. 

–Sí, y te juro que conocí a unos cuantos que hasta hace poco se comían un choripán y ahora salen en las revistas hablando de los derechos de los animales. Pero prefiero que sea una moda porque a veces las modas ayudan y a mí lo único que me importa es que no se maten más animales.

–¿Pero la naturaleza no funciona de esa manera? Digo, unas especies predan a otras, las devoran y así sobreviven. Defender a las ballenas es canchero, pero nadie se acuerda del pobre krill y sus huevitos con el que esos monstruos se alimentan.

–Mirá, si estás en la selva, desolado, y cazás para comer, yo me siento a comer con vos lo que hayas cazado, sin ningún problema, te juro. Pero acá, en la ciudad, en el centro de la evolución no tenemos ninguna necesidad de matar animales para sobrevivir. Ninguna. La historia de una decisión es, en realidad, la historia de cómo sostenerla. Porque la Kloosterboer tuvo que, primero, saber. Después, evaluar. Después, decidirse. Después, comunicar lo que tuvo decidido. Y después, soportar a lo largo de los años el peso de un hábito y una cultura en un país devoto del asado, con una feligresía cárnica que, vamos, seamos honestos, nos cruza a todos: a-todos. Porque no es sólo la carne, es más bien su celebración, su potencia simbólica: los amigos, el vino, las brasas, los choris que salen primero, el vacío que sale después y toda esa religión argentina que les viene tan bien a los creativos publicitarios de los vinos en cajita y que comienza en la escuela con una “composición tema: la vaca” y sigue con que la vaca nos da la leche y nos da el cuero y nos da la carne y nadie nunca te explica que no te la da sino que vamos y se la sacamos con un mazazo en la superficie del cráneo que le pegan sus verdugos en los corrales de Mataderos, para que después nosotros, sin culpa, vayamos al Coto y elijamos la bandejita con mejor color. Culpa, ahí está, esa es la palabra ausente. Dice Juan José Becerra, autor de La vaca, viaje a la pampa carnívora (ArtyLatino, 2008): “En la Argentina, la vaca es un bien de extracción, está casi exclusivamente para que se la mate y se la coma”. Es extraño cómo un animal con tanta buena prensa escolar casi no tiene lugar en la tradición de la literatura argentina (de El matadero, de Esteban Echeverría para acá), que siempre la ha mirado como una presencia lateral, por no decir boba, y en cambio le ha dado al caballo todas las medallas y los honores.

No sabía, aquella nena de ocho años, que iba a tener que enfrentar el arraigo de una cultura y un sistema de productores y devoradores de la carne que ella, de golpe, un día, sintió que no debía comer. Pero lo hizo. Siempre, o casi. Hubo una vez, una única vez, que fue como una constatación, una rúbrica.

Kloosterboer lo cuenta así: “Yo tenía nueve años, ya llevaba un tiempo sin comer carne y un día me invita una amiguita a dormir a su casa. Típico. Cuando la madre sirve la cena, me pone una milanesa en el plato. Yo siempre le pedía a mi mamá que les avisara a las madres de mis amigas que yo no comía carne, pero esa vez o se olvidó o pasó algo, no sé. El tema es que yo debí enfrentar esa milanesa y, con nueve años, me dio mucha vergüenza decirle a esa señora: ‘No, eso yo no lo puedo comer’”.

–¿Qué hizo?

–Me la comí

–¿Y cómo se sintió?

–Horrible. Sentía que eso no era justo. En veinte años, fue la única vez.

–En el arte culinario, ¿cuál es su especialidad?

–Cazuelitas de vegetales, la ensalada caprese y me encanta inventar distintas salsas para las pastas. Ahora una amiga me regaló un libro de cocina vegetariana y estoy experimentando.

Y después, claro, el entorno. Porque la cultura empieza por casa, y con una abuela que esconde los pedazos de pollo bajo la ensalada para que su nieta no los vea, y la convivencia con un novio rugbier (Fernando Sieling), que trae amigos para compartir el asadito de los domingos, la decisión, una vez más, se ve amenazada. Pero Kloosterboer responde con un temible contraasado de vegetales a la parrilla y, dice, sus amigas se copan.

En 2002, mientras completaba sus escenas como la María de Son amores otro acto argentino ocurría en el extremo opuesto, en el reverso exacto de la evolución vegetariana que ella ya proponía y sigue proponiendo.

En el sur del Gran Rosario, sobre la avenida Circunva- lación, un camión que transportaba ganado volcó, y en la Argentina del hambre desesperado que había estallado unos meses antes pudimos ver a los vecinos del barrio Las Flores carneando con sus cuchillitos repentinos, a puro alambre arrancado de la banquina, las vacas moribundas sobre el pavimento. Fue una enchastre de lo más atávico, una fiesta exasperada de sangre y vísceras que volvió a colocar a la carne en el centro simbólico pero también material de la riqueza nacional: la carne como tesoro, la carne como bien inalcanzable. Una década después, renunciar a ella va dejando de ser una rareza, una excentricidad, para empezar a ser una convicción o una moda. En cualquier caso otra variante de eso que llamamos la conciencia.