Resueltos al juego, los hombres apuestan por vestir la desnudez. En búsqueda del goce, fantasean con la lencería erótica femenina. Las vidrieras invitan a la seducción.

Cada cual atiende su juego. Las reglas son personales y se conocen de manera intuitiva; después, se fuerzan, se invierten, se traspasan, se ponen entre paréntesis, se vulneran. En definitiva, es el deseo puesto en acción y su cordura es irreverente. Las apuestas fluyen de la inspiración más que de las intenciones (buenas o malas); dinamizan ensueños; se escriben con el cuerpo. En ese sentido, lo que importa es ser más o menos audaz. A los fines del goce, todo vale.

Consignada a ser privada, la ropa íntima femenina irrumpió, sin ataduras, en la moda. Aquello que fue provocador en su concepción, hoy es tendencia. Antes, la segunda piel de la mujer yacía en el anonimato, solapada, encerrada entre cuatro paredes. Ahora, y lejos de escandalizar, las vidrieras invitan a crear atmósferas de seducción y erotismo. Irreverentes, mujeres y hombres se ven fascinados por igual frente a la ostentación. Ellas compran lencería para gustar y verse bien; ellos desafían, arremeten y se animan a elegir a piacere. Sin renunciar a la anécdota, esta reciente iniciativa permite ahondar en las fantasías sexuales masculinas y sus matices. Dispuestos al juego, el cuerpo desnudo de la mujer puede resultar demasiado obvio a la imaginación de los hombres. Lo visual se nutre de contrastes y, a fin de cuentas, todo entra primero por los ojos. Cuando salen a escena, las prendas insinuantes, y su roce, ganan la partida; “ratonean” e intensifican las sensaciones; ocultan a la vez que despiertan la pasión.

Es en la medida en que el ser humano se desliga del cuerpo normativo que pretende regularlo, y así ocurre desde el advenimiento del posmodernismo, que la idea de goce se ve decididamente privilegiada. En este orden, la sexualidad, única posibilidad de goce no sublimado, encuentra en la lencería erótica un aporte imprescindible y elegido. Vestir la desnudez, completarla con formas, texturas y colores, hace que lo natural tome dimensión humana. En caída libre a las trabas y sujeciones sin sentido, la satisfacción dicta el camino de la creatividad; impertinente, toma las riendas del encuentro entre cuerpos.

Las múltiples mujeres de los sueños y la mujer real confluyen, en sintonía perfecta, en el mundo lúdico que las recrea, una y otra vez. En búsqueda del placer, la mirada masculina se vuelve, al menos, caprichosa. A riesgo de generalizar, la estimulación visual con conjuntos insinuantes presta efecto e inventa pequeños mundos de ficción que rompen con la monotonía. Para Cornelius Castoriadis, en el psiquismo humano se observa una disfunción, o bien una funcionalidad diferente: “La dominación del placer de representación por sobre el placer del órgano”. Sigmund Freud llama a esta misma característica “omnipotencia mágica del pensamiento”, que bien se puede pensar como omnipotencia real desplegada en el universo de las ilusiones.

Indicio de vida social en la naturaleza, la prohibición del incesto, para Claude Lévi-Strauss la primera norma universal, aleja definitivamente al individuo de la sexualidad animal. De ahí en más, esta se entrega a los designios de una sujeción cultural. Verdadera ruptura. La universalidad de los instintos y el carácter coercitivo de las leyes y las instituciones convergen en un elemento de excepción. La prohibición se constituye en el movimiento fundamental gracias al cual se cumple el pasaje de un estado al otro.

En suma, la sexualidad devenida cultural y la particularidad del psiquismo colocan al hombre frente a una nueva necesidad que aflora como deseo de decorar la realidad desde los recursos creativos y profusos de la imaginación. El disfrute, en el sexo, se eleva hasta los límites que la fantasía permite.

Accesorios, caricias, fragancias, masajes, posiciones, disfraces, sabores, roles, personajes, historias. No hay condicionantes. Tampoco tabúes. Sólo intensas singularidades en juego. A los fines del goce, todo vale.