Para los previsores que temen por el fin del mundo, existen búnkeres a prueba de todo que aseguran la subsistencia de la especie. Creer para invertir, esa es la cuestión.

 

Son muchas las cosas que podríamos hacer si una fuente certera nos asegurase que el mundo se acabará dentro de unos pocos meses. La lista de excesos, derroches y exabruptos pude ser interminable, por lo que preferimos no enumerarlos ni especular al respecto.

En todo caso, el gran dilema sería: creer o reventar. Hacer caso a la profecía maya, que augura un final conjunto para el planeta entero fechado en diciembre de 2012, o pensar que todo es una fabulación y continuar con nuestras vidas como si nada ocurriera. Para quienes están en el primer grupo, el de los creyentes, se abren otras dos opciones: tirar la casa por la ventana, hacer eso que nunca se atrevieron a perpetrar, o ser previsores e invertir hasta lo que no tienen en una plaza que asegure la supervivencia. ¿Cuál es el monto de esta aventura? Cincuenta mil dólares por cabeza, si se trata de un adulto; veinticinco mil en caso de un niño y cero punto cero si hablamos de mascotas (“Pets Free”, diría el aviso).

Actualmente existen alrededor del globo varias empresas constructoras y algunos improvisados que ofrecen el servicio de búnkeres anti-fin del mundo, pero luego de una exhaustiva investigación (cibernética, claro está), podemos decir que la más seria y reconocida es Vivos, una compañía estadounidense que se encuentra en pleno plan de construcción y expansión de sus refugios preparados para soportar cualquier catástrofe natural. Estos búnkeres –ubicados a una distancia de entre 241 y 322 kilómetros de las ciudades– cuentan con todas las facilidades y equipos necesarios para sobrevivir, como alimentos, combustible, agua, ropa, suministros médicos, biblioteca, gimnasio, teatro y salones de conferencias, además de su propio cuerpo de seguridad y hasta un área de detención para los ocupantes que infrinjan la ley.

Cada búnker cuenta con varios niveles que abarcan un total de 1.858 metros cuadrados y sus habitantes, según Vivos, conformarán una réplica moderna del Arca de Noé, con “tanta diversidad y habilidades como sea posible, para que las comunidades puedan ayudarse unas a otras“, declaró Robert Vicino, fundador de la empresa. Luego, aseguró que están evaluando lugares de gran altura cerca de los principales centros metropolitanos que han expresado mayor interés, entre ellos Brasil, Colombia, Chile y la Argentina. Hasta ahora, más de mil personas de esta parte del continente han enviado solicitudes con el fin de integrar la comunidad subterránea.

Otro dato: además del dinero –que no es poco si tenemos en cuenta que probablemente nunca le demos uso al refugio–, para acceder a una plaza en Vivos es necesario pasar una prueba diseñada por la empresa, que determina si el aspirante puede ofrecer o no una contribución significativa a la especie humana. El criterio para dicha selección es incierto, y cada uno sabrá si puede resultar útil o no para asegurar la continuidad de la humanidad. Eso, lo dejamos a su criterio.