Somos cada vez más y consumir sin freno pone en riesgo nuestra subsistencia. Pero si dejamos de hacerlo, también la ponemos en peligro. Estamos atrapados en el laberinto que supimos construir.

 En el año 1800, la población mundial apenas llegaba a los mil millones de habitantes. Un siglo después, éramos 1.600 millones: un aumento del 60 por ciento. A pesar de la magnitud del crecimiento, no sería nada comparado con lo que vendría después. En los siguientes 110 años, entre 1900 y 2010, la cantidad de habitantes se multiplicó de manera exponencial hasta llegar a los 7.000 millones que somos hoy. Un extraordinario crecimiento del 340 por ciento. Se prevé que dentro de 40 años seamos 9.000 millones. Es decir que se agregarán al planeta 500 millones de habitantes por década. En 250 años, un abrir y cerrar de ojos en la historia de la humanidad, la población mundial se multiplicó por nueve. Es razonable que muchos se estén haciendo la pregunta obvia: ¿es sostenible? No se trata solamente de cuantos somos, sino también decómo vivimos. Al comenzar el siglo XX, la expectativa de vida de alguien nacido en algún país desarrollado era de unos 40 años promedio. Hoy es del doble. En tan sólo un siglo, gracias a los avances de la ciencia y la tecnología, la especie humana se ganó “otra vida”. Un bonus track nada despreciable. Aparece otro cuestionamiento no menos inquietante: ¿qué hacemos con eso?

En los últimos 30 años parecería que muchos encontraron la respuesta: carpe diem. Vivir el hoy se transformó en el mantra que guía la conducta de una buena parte de las personas. Sobre todo, de aquellas que cuentan con los recursos económicos para hacerlo. Tenemos más vida, pues vivamos. Disfrutemos de ella. Nos hemos ganado ese derecho. 

El consumo se transformó en uno de los vectores naturalesde esta nueva filosofía de vida, definida por algunos sociólogos como la era posmoderna y, por otros, como hipermoderna. Si como sostiene Zygmunt Bauman, uno de ellos, hoy es el poder de compra lo que define la identidad de las personas, y si el “compro, luego existo” ha reemplazado al “pienso,luego existo” de Descartes, se puede comprender la magnitud de la encrucijada en la que se encuentra la sociedad global.

Fue justamente la idea madre de la racionalidad como valor supremo la que dio sustento teórico y práctico a los avances logrados durante la modernidad. Y su creencia en el esfuerzo, el pensamiento como eje de todo lo demás y la idea del futuro como búsqueda permanente, lo que nos trajo hasta acá. Si ahora abandonamos todo aquello para dedicarnos a disfrutar y consumir, concentrándonos en el puro presente, ¿estaremos hipotecando el futuro? ¿Estaremos poniendo en riesgo todo aquello que hoy nos permite vivir de esta manera? ¿Seremos culpables de frenar el tren del progreso humano y, lo que es peor, de hacerlo retroceder? ¿Puede ser Paris Hilton el modelo a imitar? ¿Hacia dónde estamos yendo?

La reacción lógica y bastante obvia es culpar al consumo como una conducta irresponsable y poco sustentable. Sin embargo, hoy el consumo representa entre el 65 y el 70 por ciento del movimiento económico mundial. El mundo sería una catástrofe si de pronto todos se volviesen ascetas y dejaran de comprar. Se frenaría la economía y el desempleo llegaría a niveles desconocidos, provocando gravísimos conflictos sociales y, muy probablemente, un estado general de anarquía. No se trata de una distopía inverosímil. Basta ver lo que está sucediendo en muchos países desarrollados desde que comenzó la crisis global en 2008, ante una situación real grave pero bastante menos trágica que la que plantearía un escenario de retiro total de los consumidores.

Somos cada vez más, y el hecho de que cada vez consumamos más pone en riesgo nuestra propia subsistencia. Pero si dejamos de consumir, también la ponemos en riesgo. Estamos atrapados en el laberinto que supimos construir. Este es el enorme desafío que enfrenta el mundo futuro. Los millones de habitantes que año tras año se incorporan a la clase media en las nuevas potencias emergentes no están dispuestos a ser justo ellos los que tengan que frenar sus deseos. Ni siquiera se lo cuestionan. Millones de chinos, indios, brasileños y rusos sienten que este es su turno. 

Los habitantes de las potencias desarrolladas se “indignan” porque al perder sus empleos pierden calidad de vida. Y parte de esa pérdida es que ya no pueden consumir como antes. Nadie parece estar dispuesto a resignar sus aspiraciones.

Sin embargo, aun entre la confusión generalizada, emerge una tendencia que podría estar marcando la salida del laberinto. No se trata de dejar de consumir, sino de consumir mejor. No se trata de la contraposición antagónica del esfuerzo moderno y el disfrute posmoderno, sino de un nuevo punto intermedio que, operando como síntesis entre ambos polos, resulte superador.

El filósofo español José Antonio Marina fue capaz de imaginar y nominar esta lógica superadora. La llamó la ultramodernidad. Recupera la vocación por la racionalidad, pero con una nueva impronta. Más sensible y holística. Menos dogmática. Con espacio para incorporar la emoción. En sus propias palabras: “Lo que define a la inteligencia es salir bien del conflicto. La modernidad sostuvo que las buenas salidas eran las mismas para todos. La posmodernidad, escéptica y burlona, dice que vivimos en un régimen de sálvese quien pueda. La ultramodernidad es más cauta, más realista, más esperanzada y más trabajadora. Piensa que somos protagonistas de una gran creación precaria y aún titubeante, del esfuerzo por constituirnos como una especie dotada de dignidad.”

Lo que plantea Marina es la imperiosa necesidad que tenemos de agudizar nuestro ingenio para superar la encrucijada en que nos encontramos. Habla de cautela, de moderación, de realismo. Pero también de esperanza. Y de la necesidad de trabajar y ocuparnos de este mundo en el que vivimos, asumiendo su condición de precariedad permanente. Nada está dado para siempre. Y de nosotros depende no sólo conservarlo, sino mejorarlo.

Las nuevas tecnologías de combustibles híbridos, las energías limpias, la conciencia ecológica creciente en las nuevas generaciones, el reciclado de materiales en múltiples sectores de la economía, la reforestación, la protección de las reservas naturales de agua, la tendencia al consumo compartido o sharing ya no sólo en los programas ciudadanos de bycing, sino también en el uso de automóviles públicos como se acaba de lanzar en París o los grandes avances en la producción de alimentos que no sólo incrementan la productividad del suelo sino que además lo cuidan son sólo algunos ejemplos de una nueva era que aún resulta incipiente, pero que puede intuirse a partir de estas señales.

Ni el control total moderno ni el descontrol total posmoderno. El autocontrol ultramoderno que es capaz de navegar las aguas más difíciles de todas: las del equilibrio. Tal vez, las únicas que permitan, en breve, que el sistema visto como un todo, tanto en su perspectiva económica como social, continúe siendo sustentable. Tendremos que aprender que,en los tiempos que vienen, un poco menos, será más.