Cada 20 segundos muere alguien por falta de agua. Y el número no hará más que aumentar, ya que el régimen de lluvias enloqueció por causa del desmonte y la deforestación . La ONU está aterrorizada por lo que vendrá y puso en marcha enormes campañas de concientización.

 

2.500 millones de personas en el mundo sufren en diversa medida los efectos de la falta de agua potable, y la cifra va en aumento. La sensible alteración en el régimen de lluvias debido al cambio climático es sólo una de las causas del deterioro de los recursos hídricos existentes. Desde que la ONU alertó del problema en la década de 1980, son muchas las iniciativas que se han desarrollado ante la actual catástrofe y las graves perspectivas que se anuncian.

El 40 por ciento de la población del planeta no tiene agua potable. La investigación de la ONU, que empezó a fondo hace treinta años, es una película de terror. En la década de 1980 sonaron las primeras voces que alertaban sobre el abastecimiento de agua que estaba empezando a tener la humanidad. El crecimiento geográficamente desequilibrado, el incremento de las prácticas extractivistas, que degradan el suelo agrícola y forestal, la contaminación, la persistente migración hacia las grandes urbes y las profundas y súbitas alteraciones del hábitat de millones de personas desplazadas a causa de conflictos armados en muchos países son problemas endémicos y han aumentado notablemente en la segunda mitad del siglo XX. Cada una de estas circunstancias dificulta a los afectados el acceso al agua potable. A todo ello ya se unía una amenaza incipiente, a la que algunos científicos denominaban como “cambio climático”, que estaba agravando el problema en las zonas de sequía endémica y amenazaba con un futuro muy oscuro para el siglo XXI.

Juntamente con la Organización Meteorológica Mundial (OMM), la ONU decidió entonces la creación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático para agrupar y sistematizar las líneas de investigación existentes. Los primeros informes no fueron nada halagüeños. El peligro de la falta de agua amenazaba con una catástrofe en amplias áreas del cinturón intertropical y extensas zonas adyacentes al norte y al sur de este, que ya sufrían períodos de sequía cada vez más prolongados. Los científicos preveían que en estas zonas las precipitaciones iban a menguar progresivamente y que, en las que estaban sometidas al régimen de ciclones, estos iban a ser cada vez más violentos y causarían más inundaciones. El agua no sólo estaba faltando e iba a faltar cada vez más, sino que también iba a ser mucho más agresiva. La evolución de las dos últimas décadas ha confirmado todos los peores augurios.

UN INFORME DEMOLEDOR

A principios de este milenio el agua pasó a ser un tema prioritario para la ONU, que encargó a expertos internacionales el Informe sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos en el Mundo. Su primera edición se publicó en 2003 y arrojó datos sobrecogedores que se fueron confirmando en informes sucesivos durante la primera década de este siglo y muestran una situación de extrema gravedad.

 La situación se puede resumir con la contundencia de algunas cifras. En el mundo, cada 20 segundos, muere una persona por enfermedades causadas por la falta de agua. Son dos millones de muertes al año, la mayoría de niños menores de cinco años. Una de cada seis personas –algo más de 1.100 millones– no tiene acceso suficiente a agua potable segura para satisfacer sus necesidades básicas de beber, cocinar y limpiar. Pero lo peor son las previsiones: en 2025, la extracción de agua aumentará en un 50 por ciento en los países en desarrollo, y en un 18 por ciento en los países desarrollados. No va a haber agua para todos; especialmente, y como siempre, para los más pobres.

Ante la magnitud del problema, la ONU redactó los Objetivos del Milenio. La idea central es reducir a la mitad el número de personas sin acceso suficiente a agua potable segura para 2015. Para conseguir este objetivo, 1.500 millones de personas más necesitarán acceso a alguna forma de mejora en el suministro de agua. Esto significa 100 millones de personas más cada año, 274 mil cada día, hasta 2015.

La denuncia implícita en estos datos no hizo más que alertar de un problema que la mayoría de gobiernos ya estaba constatando, y que se daba no sólo en las zonas hídricamente más estresadas sino en muchas ciudades de los países económicamente más avanzados, en las que la concentración industrial y humana lleva aparejado un incremento no sostenible de las aguas residuales que afecta globalmente a todo el ecosistema.

REACCIÓN A TODO NIVEL

En estas tres décadas surgieron diversas organizaciones. Entre ellas Water Aid, una de las pioneras, en 1981, y Charity Water, en 2005, que unieron sus esfuerzos al trabajo que estaban realizando en todo el mundo las ONG más importantes, como Oxfam, Médicos Sin Fronteras y agencias de la ONU como Unicef, la Unesco y la FAO. El problema es global y las iniciativas pasaron de las organizaciones no gubernamentales a la de muchas empresas que crearon fundaciones para recaudar fondos y hacer campañas de concienciación sobre el problema del agua. Compañías eléctricas, empresas de energías renovables, de distribución de agua y de la industria de instalaciones de baño y sanitarios incorporaron a sus campañas de comunicación la sensibilización sobre el grave problema que acecha a la humanidad. Todos estos esfuerzos se sumaron al de las administraciones públicas de los países y ciudades más amenazados por la crisis hídrica.

En la actualidad el panorama de la lucha contra el problema del agua muestra un gran número de iniciativas, la mayoría de las cuales se enmarcan en los Objetivos del Milenio. Existen foros como los que se desarrollan alrededor del Día Mundial del Agua, que la ONU celebra el 22 de marzo de cada año, y la Semana Mundial del Agua, que cada mes de agosto organiza el Stockholm International Water Institute, por citar dos de las más relevantes. Las áreas de actuación son diversas y se centran en objetivos que precisan soluciones urgentes, como la seguridad alimentaria, el abastecimiento y tratamiento del agua urbana y la recuperación del ciclo natural del agua.

Las nuevas tecnologías de la información y comunicación aplicadas al reciclaje y saneamiento en las zonas industriales y urbanas, la ayuda sostenible a las zonas más afectadas y el control internacional de la seguridad alimentaria son partes fundamentales en estas acciones; pero lo realmente importante es la lucha por recuperar el ciclo natural del agua, alterado en los últimos tiempos por la acción humana y que precisa no sólo de acciones inmediatas sino de una concienciación a largo plazo de toda la población mundial. Educar para la concienciación y la solidaridad. Quizás así podamos hacer llegar el agua a todos.

 

De las muchas iniciativas nacidas para difundir el problema del agua vale destacar la de la Fundación We Are Water, impulsada por la empresa Roca, la multinacional líder en instalaciones sanitarias: el We Art Water Film Festival. Este certamen nace de la filosofía que, desde sus inicios, desarrolló la fundación para sensibilizar sobre el uso del agua potable desde la expresión artística. La primera iniciativa audiovisual, tras su fundación, en 2009, fue el documental sobre el dramático proceso de desertización del mar de Aral propuesto por Isabel Coixet y dirigido por ella misma: Aral, el mar perdido.

El We Art Water Film Festival pretende abrir sus puertas a creadores noveles que entiendan la importancia del agua potable en el mundo. En su primera edición, el contenido de las obras presentadas debe basarse en la temática del Día Mundial del Agua de 2012: “Agua y seguridad alimentaria”. Las piezas audiovisuales que se presenten deben estar tratadas y producidas expresamente para el festival en tres categorías posibles: microdocumental, animación y vídeo realizado con teléfono móvil. Para saber más sobre las bases del concurso, cuyo período de inscripción finaliza el 30 de marzo: http://www.wearewater.org/es/festival.