Quería ser biólogo marino pero la mamá lo convirtió en actor. Se hizo famoso y ganó millones, pero el corazoncito verde nunca le dejó de latir y es una de las celebridades que embarcó su vida en cuanta causa ambiental se le cruzó.

La verdad es que es un tipo raro. No tiene una mansión de cien habitaciones sobre la playa de Malibú, ni un garaje repleto de autos de esos que tienen una estatuita o un escudito sobre el capó. Nunca se compró un Learjet para evitar el contacto con los comunes mortales cada vez que tiene que ir de la costa este a la oeste y tampoco es de los que salen a la calle envueltos en una nube de inútiles que sólo están para adularlo.

Rara vez se le vio el pelo en una discoteca de moda y nunca tambaleándose por exceso de alcohol o polvitos blancos. 

Leo DiCaprio es una estrella de cine bastante poco común aunque podía haber sido un divo de cliché ya que creció viéndolos de cerca: Leonardo Wilhelm Di- Caprio nació en Hollywood. Para más datos, el 11 de noviembre de 1974, hijo único de George DiCaprio, un dibujante y distribuidor de historietas de origen italiano, y de Irmelin, una alemana de origen ruso. La leyenda dice que debe su nombre, bastante poco común en California, a su madre, que en pleno embarazo estaba mirando una pintura de Leonardo da Vinci en un museo, cuando el bebé comenzó a patear con fuerza. 

El pequeño, bautizado bajo el rito católico, acababa de soplar la primera velita cuando sus padres se divorciaron. La economía era más que floja e Irmelin la reforzaba gracias a la belleza de su pequeño, frecuentemente requerido para avisos publicitarios, un recurso que ya había utilizado con Adam Farrar, un hijo de su primer matrimonio. Entre el ambiente de las agencias y el pulso que se vivía en la ciudad, el camino a la actuación parecía sembrado y, más temprano que tarde, brotó. A los cinco años ya trabajaba en una serie de televisión y antes de entrar en la secundaria Leo era una presencia habitual en varias sitcoms. A los 17 debutó en Critters 3, una película de terror que no colmó las salas pero tampoco las dejó vacías. Dos años después, un batacazo: deslumbró a la crítica en This Boy’s Life, haciendo el papel de un chico maltratado por su padre, interpretado nada menos que por Robert De Niro. A partir de allí no dejó de trabajar y dos éxitos seguidos, Romeo + Julieta en 1996, y Titanic al año siguiente, estuvieron a punto de encasillarlo como ídolo de las quinceañeras. Y si había un lugar en el que no quería estar era justamente ese, por lo que empezó a buscar papeles más complejos. Primero hizo un western, después interpretó a Arthur Rimbaud en un filme sobre su relación homosexual con Paul Verlaine y más tarde trabajó con Woody Allen. De a poco, logró lo que quería, dejar de oír los aullidos de las chicas cada vez que salía a la calle. A fuerza de roles muy variados, Leo fue definiendo una carrera comprometida, cada vez más requerido por grandes directores como Ridley Scott, Steven Spielberg o Martin Scorsese. Casi todos sus filmes hicieron explotar la taquilla y Leo se convirtió en un hombre rico. Muy rico. Tiene una casa en Los Ángeles y dos propiedades en Manhattan, lo mejor de Nueva York: un departamento en Tribeca, el barrio cool, y un edificio ecológico con vistas al río Hudson. También es dueño de una isla en Belice, donde tiene la intención de crear un ecoresort. Y aquí está la faceta más interesante de Leo: comprometió su vida con la ecología. Dice que el calentamiento global es el desafío número uno del hombre y, consecuente con la causa, colocó paneles solares en su casa californiana para ahorrar energía.

No fue un gesto de tacañería, el actor desembolsó cien mil dólares para comprar un auto híbrido, el Fisker Karma 2012, el más codiciado de su especie. Leo ya tenía un auto híbrido, pero este es superior ya que acelera de cero a 96 kilómetros por hora en 5,9 segundos. El diseñador del auto, Henrik Fisker, está extasiado: “Él puede tener cualquier coche. Y cuando vi que en lugar de una Ferrari o un Rolls-Royce compró un híbrido me dije que algo está cambiando en la conciencia social”.

Algo de eso debe haber, porque hay un montón de celebridades, encabezadas por el ex vicepresidente norteamericano Al Gore, que están en lista de espera para tener su híbrido Karma.

El actor dice que ama la naturaleza desde que tiene memoria. “Cuando era chico quería ser biólogo marino, esa era mi gran pasión, pero las películas me sacaron de esa ruta. Creo que los temas ambientalistas son muy importantes y por eso trato de utilizar mi nombre y mi presencia para ayudarlos”, explicó. Y no fue puro palabrerío: en 1998 creó la Fundación Leonardo DiCaprio para promover un futuro sostenible. Sus primeras iniciativas fueron por la eliminación de las bolsas de plástico y la prohibición de la caza del tiburón. “En este momento estamos haciendo campaña para salvar lo que queda de los tigres en Asia. Quedan apenas 3.200, hay más tigres asiáticos enjaulados en Texas que los que viven en su propio hábitat. Estamos en riesgo de perder este ícono del reino animal para siempre”, explotó, y luego donó un millón de dólares para apoyar la causa y ayudó a recaudar 20 millones más.

Pero Leo no es ingenuo, ni un quijote. Cuando le preguntaron qué hacía para que su vida fuera más verde, contestó: “Manejo un coche híbrido desde hace más de once años, tengo paneles solares en mi casa, un sistema de filtración de agua, y me inclino por comida y materiales orgánicos. Pero dejé de predicar para que la gente colocara paneles solares o comiera orgánico porque sigue siendo caro. Es difícil dar lecciones a los que tienen un trabajo normal y hacen lo que pueden para tener una vida mejor. Los eco-movimientos no deben centrarse en el individuo, eso es ocultar el verdadero problema. Lo que hay que atacar es la contaminación a gran escala, y eso es responsabilidad de las empresas”.

Su página web está dividida en dos partes, iguales en importancia: una dedicada al actor y otra a la ecología, donde difunde los retos de su fundación para promover causas medioambientales, como el proyecto Yasuní, del gobierno ecuatoriano, que busca mantener sin explotar los territorios protegidos del país, que cotizarían siete mil millones de dólares si salieran al mercado.