Años atrás, Buenos Aires amaba a Bruce Springsteen y a Tom Waits, aunque pocos entendían de qué hablaban sus canciones. Y se bailaban temas imposibles, como “I Robot!”, de Alan Parsons. Ocurre que la música, cuando es genuina, traspasa fronteras, épocas, gustos y hasta entendederas.

Durante mucho tiempo me pregunté cómo “Born in the USA” se convirtió en un megah it en Buenos Aires. Un tema de Bruce Springsteen, genial rocker, pero que acá no era muy conocido. Los iniciados ya lo conocíamos, sobre todo desde “Born to Run”, que en 2000 fue considerada la canción de rock’n roll más completa de la historia, ganándole a “Satisfaction”, de los Rolling Stones, y a “Hound Dog ”, de Elvis Presley. Sobre todo, dijo el jurado, compuesto por importantes productores, músicos y periodistas de todos lados , por el maravilloso e inflamable conteo de one-t wo -three-four en medio del puente y el  último estribillo. Conteo que no puede faltar en ninguna gran obra de rock ’n roll. Ante cualquier duda , recordar cualquier show de los maravillosos Ramones, donde el one-two -three, oficiaba de separador entre canción y canción, toda la fuckn’ noche.

La cuestión es que, a mediados de los ochenta, de un día para otro, todo Baires hablaba del Boss Springsteen, todos bailaban “Born in the USA” en las discos, todos la escuchábamos y la poníamos en las radios, y mucho gil se dejo la bandana colgando del bolsillo trasero del jean aunque careciera de músculos y lo más cerca que hubiera estado de Nueva York fuera Villa Devoto, pero por ahí andábamos todos influidos por los acordes y los armónicos de Springsteen, y hasta se había corrido la voz de que la mina del público que bailaba en el video de “Dancing in the Dark”, otro tema del disco que rotaba en todos los canales de música del país, era argentina. Aunque el tiempo nos demostró que no era otra que Courteney Cox a los 20, la que después conocimos en Friends. En fin. Nada tenía mucho que ver con nosotros, era una crítica feroz al american way of life, que en la garganta de Springsteen sonaba más a apocalipsis que a alerta roja. Además, no conocí a nadie que tradujera instantáneamente la letra.

Algo parecido me contaba Alejo Pont Lezica de su encuentro con Alan Parsons. Cuando le comentó como al pasar que en Buenos Aires se bailaba “I Robot!”, Parsons creyó escuchar mal, pero ante la confirmación, con pantomima del paso incluida, para que lo creyera, sólo atino a decir “shit” y reírse con ganas. No es que la lírica fuera triste o el mensaje muy profundo. Es que rítmicamente era imposible de bailar para gente normal.

Se han bailado alegremente temas con letras terribles, como “Don’t Leave Me This Way”, de Thelma Houston, la tía de Whitney, que en los tiempos de la disco music, donde todo se bailaba, narraba esta oda al amor que se fue para siempre ante nuestra desazón con una música que parecía el tema más fiestero de Kool & The Gang. También de mis épocas doradas como DJ he visto bailar “Money”, de Pink Floyd o “The Pretzel Logia”, de Steely Dan, artistas tan alejados de las discotecas como una conductora modelo de TV de una biblioteca. Pero se las arreglaban. También por aquellos años me llamaba la atención la devoción que había por Tom Waits, aunque nadie entendiera de qué hablaba. ¿Qué era lo que nos gustaba? ¿Qué tenía una voz tan gastada que a veces no se le escuchaba? ¿Que era zezeoso? ¿Que siempre había en sus discos putas, merca y rufianes del Bowery? No sabría decirlo, pero así fue que todos nos asomamos desde Tom, a Leonard Cohen, a Chuck Weiss, y a muchos otros célebres trastornados urbanos con talento desbordando de sus chaquetas. Con esto quiero afirmar, sin dudarlo, que la música, cuando sos verdaderamente sensible, no pasa por los oídos, por el corazón o por los pies, la música llega al espíritu, ahí se queda, y ahí lo eleva. Ya lo decía Emanuel Swedenborg, el genial sueco del siglo XVI, la única manera de elevar esas moléculas y químicas inorgánicas que los creyentes llaman alma, es a través del arte.

 Aviso entre líneas, cuando nombro a alguien, como Swedenborg, o Steely Dan, no es que suponga que todos saben de quienes hablo, sino que existe Wikipedia, Google y demás. Y así como los viejos y aburridos maestros del siglo último, el XX tan lejano ya, recomendaban leer libros con el diccionario al lado, hoy hay cosas que tenemos que leer con Google abierto. 

La música, cuando es genuina, es valiosa. Traspasa fronteras, épocas, gustos y hasta entendederas. Cualquier estúpido tiene una música favorita. A todos les gusta alguna clase de música se titulaba un gran álbum de Billy Preston, y es lo que aprendí después de tantos años. Y volviendo al asunto de los hits que traspasan fronteras, idiomas y ways of life, vuelve a mi memoria lo que pasó acá con la canción de 9 semanas y media, que aún hoy en la televisión, en cuanto una trola se pone en bolas, el musicalizador manda “You Can Leave Your Hat On”, versión de Joe Cocker.

Cuando era chiquito, la música de los striptises era “Blues in the Night”, de Louis Armstrong, preferentemente. Desde el desnudo de la Basinger la canción atrás de las tetas es “Puedes dejarte el sombrero puesto”. El tema, en la peli, cumplió su cometido, sin duda. Aunque pocos entendieron el chiste, genial, que subyace en toda la escena. Esa es una canción escrita en 1971 por Randy Newman, gran compositor de musicales, y que está compuesta para una mujer.

Creo que la versión original es la de Etta James, mucho mas funk y divertida que la de Joe Cocker. En la letra, ella le pide a su macho man que se desvista, poco a poco, y que se deje el sombrero puesto, nada del otro mundo. Bueno, una década después, esa letra femenina acompañó el desnudo de una mujer, nada menos que Kim en su mejor momento físico, digamos, porque hermosa será siempre, vestida de hombre, y es por eso que se ríe Mickey Rourke, porque está vestida de traje jugando a ser hombre, y si a eso sumamos que la canción está cantada nada menos que por el re chabonazo de Joe Cocker, uno de los más viriles y guarros músicos ingleses de la generación de Woodstock, el chiste se redondea perfecto. Y como pasa por un lado, pasa por el otro. Cuando se encuentra una canción se encuentra el samurai invencible. El poder que genera una canción es casi como un tsunami intelectual, el poder de la canción es inmenso. Como cuando Rod Stewart y su viejo partner, el baterista Carmine Appice, de vacaciones en la Río de Janeiro de 1975, escucharon en una radio “Taj Mahal”, de Jorge Ben Jor, y de ahí salió “Do Ya Think I’m Sexy?”, y fue tal el afano de la melodía que terminaron donando las regalías del tema a la Unicef, en un acuerdo que habla bien de los tres.

Lo que siempre me pregunté al respecto es: ¿qué canta la gente cuando canta el infame “piri piri pi pi” del carnaval carioca casamentero? ¿Canta “Taj Mahal”, de Jorge Ben, o canta “¿Creés que soy sexy?”, de Rod? ¿Habrá alguien en condiciones de confirmar una respuesta? Lo dudo. En lo personal creo que cantan la de Jorge Ben, por una cuestión de cercanía. Pero pasando música en un evento en Nueva York, sonó “Taj Mahal” y los parroquianos saltaban entre las mesas y la tarareaban, y allá creo que tarareaban “Do Ya Think I’m Sexy?”, de Stewart.

Son estas cosas las que motivaron mi eterno desprecio hacia esas personas que batean la música en “del 60”, “del 70”, “del 80”, “del 90”. Esa estúpida cronología siempre me sonó mediocre y limitante. ¿Dónde ponés “Knockin’ on Heaven’s Doors”, de Bob Dylan? Compuesta a fines de los 60, superversionada en los 70, en los 80 la rescataron los Gun’s & Roses y en los 90 hubo otras versiones hasta la que creo definitiva, que es la que grabó Warren Zevon hace siete años, cuando se enteró, en plena grabación de su último disco que tenía un cáncer terminal, y la agregó a la lista de temas a grabar. Terminó haciendo una versión que sólo soporté escuchar una vez. Mete miedo esa canción cantada por un tipo que realmente está golpeando a las puertas del cielo.

¿Y los que hablan del rock clásico americano y meten en la misma bolsa a The Doors con Billy Squier? ¿A J. J. Cale al lado de Michael Bolton? Una vez, en viaje a Chicago, me llamó un amigo y me pidió un disco de Return to Forever, la banda de Chick Corea. Seteado musicalmente en Buenos Aires, de manera automática fui a buscarlo al sector Jazz/Rock, y esa combinación se nos ocurrió solamente a nosotros.

Una tarde, hablando con Moreno Veloso, el hijo del gran Caetano, la charla giraba y volvía en torno de la música, los discos, los shows y hasta el negocio. Hasta que en un momento le pregunté: “¿Pero a vos, qué música te gusta más?”. Y Moreno, con inmensa ternura, me dijo: “¿Cómo qué música me gusta más? La música me gusta”. Y no pude evitar sentirme un poco incómodo. Tenía razón, la música te gusta o no. Tenés la sensibilidad necesaria o no, tenés oído o no, podrás tener más sensibilidad para el blues que para la música clásica, te puede llegar más Ricky Martin que Billie Holliday, pero las carencias son tuyas, no de las canciones, que son todas valiosas, aun en el peor de tus discos, con un poco de onda, encontrarás un par de minutos buenos.

Es por esto que, a partir de nuestro próximo encuentro, no dedicaremos las notas a la crítica o al ensayo, sino a los discos como tal, como objeto. Hablaremos de un disco por encuentro, sin meternos en datos cronológicos, ni periodísticos, ni nada. Solamente de lo lindo que puede pasar con determinado álbum en determinado momento, de lo que le pasó a un amigo mientras escuchaba a Elton John. En fin, hablar de discos que solamente acá fueron éxitos, hablar de ellos como si fueran objetos de consumo, que es lo que son. El punto está en para qué sirve consumir determinado disco. Así que para allá vamos. A hablar de discos, de la música, de la tapa, de lo fácil que ayuda a seducir a una amiga, del estado físico y mental que se logra escuchando algo preciso en la ruta, en fin, hablaremos de los discos, que es lo que en definitiva nos interesa. Buenas noches.