Los 37 minutos que duraba Wadu-wadu, el álbum debut de Virus, hicieron estallar la escena del rock y fundaron la new wave al estilo argentino. Tres décadas más tarde, la banda de los Moura sigue igual de vigente.

Ya es un clásico. Cada vez que “Waduwadu” suena en alguna fiesta o boliche, por lo menos en este pedazo austral, se dispara el segmento retro de la noche. Es el momento en que muchachos de canicies apegados a las fábulas ganadoras de su adolescencia y pendejos lampiños que ante el ímpetu de la circunstancia podrían hacerse de una nueva anécdota para su memorabilia, estrechan el paso del tiempo al síncope del baile desentonado, hasta encontrar un lugar común. Curioso destino para una canción que, si bien continúa vigente en el imaginario criollo, su efecto, así como el contenido que encierra, aunque no se perciba de la misma forma, se mantuvo inquebrantable a lo largo de los años. Y es que el gran problema de la modernidad, una vez que el kitsch se instaló en la cultura pop, fue sostener la perdurabilidad, sobre todo cuando una audiencia se siente ajena a ella. El primer éxito de Virus estableció uno de los grandes parteaguas del rock local. Superó la sudestada de tendencias musicales, la moda de Palermo Soho y su alternativa en La Salada, los gobiernos de turno y al propio grupo, incluso tras la muerte de su cantante y arquitecto, Federico Moura, en 1988.

En diciembre se cumplieron 30 años de la aparición de la ópera prima del conjunto platense, titulada también Wadu-wadu, un trabajo que detonó cabezas en la Argentina de la época. Su salida se produjo el mismo mes en que Leopoldo Galtieri asumió la presidencia de un país sometido por el terror y el oscurantismo de la dictadura. En el rock, la resistencia al autoritarismo la simbolizaba una tribu que todavía sostenía que el amor y la paz podían salvar al mundo. No obstante, Federico, al igual que sus hermanos Julio y Marcelo y el resto de los integrantes de Virus, despertaron al anacronismo de su letargo. Era su designio, especialmente el de los Moura, que habían perdido a Jorge, el segundo del clan, a causa del terrorismo de Estado, en 1977. Por eso, cuando dieron su primera actuación para las masas, en el festival Prima Rock, la horda hippie que había ido a ver a Pedro y Pablo, Alejandro Lerner o Nito Mestre no podía salir de su estupor al denotar que una banda se había atrevido a hacer música para mover las caderas a pesar del miedo que inculcaron los milicos. “A ver si levantan esos culos y bailan un poquito”, retaba el frontman a la audiencia, desatando una lluvia de naranjas.

De la mano del productor Horacio Martínez, conocido entre otras cosas por haber sido mánager de Los Gatos, el sexteto entró a grabar su disco debut para el sello CBS en septiembre de 1981, a ocho meses de su primer show, en un club barrial de La Plata. Aunque su repertorio, influido por un crisol de sonidos contemporáneos emanados por Devo, The Police, The Clash, The B-52’s e incluso Ney Matogrosso, estaba afinadísimo, a Federico no le cerraban del todo las letras de las canciones. Así, a través de un conocido en común, entró en contacto con el sociólogo y artista conceptual Roberto Jacoby, con el que instauró un tándem que iluminó de pop los tópicos del rock argentino. A pesar de que el LP que estrenaba a Los Violadores fue editado dos años más tarde, Wadu-wadu resumía el vértigo del punk antes de que este arribara al Río de la Plata. Sus 15 impetuosas canciones, que juntas arañaban los 37 minutos, fundaron la new wave a-loargentino, pues siempre marcaron la territorialidad de su sonido. Se definían como rock latino, y hasta en eso fueron avanzados.

Virus conectaba mejor con la incipiente movida madrileña, con la que se despertaba la España posfranquista, que con la escena local, que ese año recibió con regocijo los lanzamientos de Peperina, de Serú Girán, El valle interior, de Almendra o Pensar en nada, de León Gieco. A partir de entonces, la posmodernidad, entendiéndose como un conflicto de tensiones sociales y estéticas que aspiraban más a la transformación de superficies que a la revolución, con la ironía y el sarcasmo deslizándose en la elocuencia, se incorporó en el rock de acá. Una vez que salió a la venta esta ópera prima, presentada en 1981 en el teatro Astral, con Roberto Pettinato –el periodista que se moría por tocar– en plan de músico invitado, el conjunto platense instauró la expedita reinvención estilística, el glamour y el meta-rock a manera de discurso. Con el paso de las épocas, le siguió dando vueltas cierta aura de ininteligibilidad. Soda Stereo, Babasónicos o Miranda! son algunos de los pocos que supieron descifrar el códice. Desde aquel diciembre de 1981, nada volvió a ser igual.