Mientras el rock nacional mira para atrás, aburre y parece eternizar su crisis de ideas, algunos trabajan en secreto para sacudir la modorra. Es el caso de Pista 2, una banda que hay que conocer.

Son tiempos difíciles para encarar una nota sobre el rock. Momentos de poca importancia. Al rock argentino le está pasando algo, será el tiempo transcurrido, será la pauperización de las ideas, será la mala prensa que tiene la creatividad ante el escándalo. No lo sé, y no tengo ni ganas ni energía como para encontrar respuestas.

El rock argentino esta básicamente para atrás. Mirando para atrás, en el mejor de los casos. En el peor, se mira el ombligo, se muerde la cola, da vueltas y más vueltas sobre su eje, como una calesita, así de aburrido. Hasta hay quienes dicen que el mejor rock argentino hoy es uruguayo. Una forma estúpida de expresar la desazón que nos produce el rock de ahora a los que vimos brillar el oro ochenteno, la tristeza de ver cómo el rock argentino pasó de exportar bandas, solistas, canciones y modales, a importar rock de Uruguay. Sin desmerecer a los orientales, ya que desde Los Shakers hasta El Cuarteto de Nos pueden dar cátedra, pasando por Totem y Días de Blues en los 70, hasta los eternos Fattoruso y Opa, el rock argentino no necesitaba importar música.

Obviamente hay excepciones, quitando a los de la vieja guardia que siempre están dando pelea: Andrés, Luis Alberto, Charly, con sus idas y venidas, Juanse y Skay, por ejemplo. De los nuevos nombres pocos se me ocurrirían poner a la altura. Tal vez, y no sin esfuerzo, se puede rescatar a El Mató a un Policía Motorizado, Bicicletas, Utopians y algunas bandas reggae. No mucho más.

Esto no quiere decir que la música esté débil, el rock está anémico. Adoraría poder incluir dentro del rock a tipos como Lisandro Aristimuño, o Nairobi, o Poncho, pero creo que van por carriles diferentes. Aquí siempre surgirán grandes músicos, pero el rock está banalizado hasta la extremaunción, está bailantizado.

Que Pablo Lescano, un compositor de cuidado a decir verdad, grabe y remixe a Los Cadillacs o a Calamaro habla más del raquitismo de la escena rock que de Lescano. El rock siempre se nutrió de lo que había, lo que fuera. A fines de los 70 el reggae le dio un bocanadazo de frescura al punk y modificó todo lo demás. En los 80, bandas como Errehache y otras coquetearon con fusionar el tango y el rock con resultados diversos. Lo que hoy lograron Bajofondo Tango Club o Tanguetto lo intentaron antes otros.

Hasta hubo una batea en las disquerías que se llamaba JazzRock, un invento argentino como el dulce de leche, el colectivo o el corralito financiero, y ahí se metían desde Return to Forever, de Chick Corea, hasta los discos de Jorge Navarro con versiones de Zeppelin. Discos fantásticos, pero tan cercanos al rock como un disco de Piazzolla.

Acercar el rock a la bailanta no es saludable. La bailanta no le va a dar más musicalidad al rock teniendo en cuenta que la música tropical, como la llaman los acólitos, es más un espectáculo televisivo que musical. Digamos que la bailanta es a la música lo mismo que el catch al deporte. Algo adecuado para determinados momentos, pero nada para ser tomado en serio artísticamente.

¿Adónde estoy yendo con esto? A afirmar con fundamento que hoy algunas letras del rock, como las de Pity, por nombrar algunas, están mas cerca de los Wachiturros que de Bob Dylan. Y eso es patético. 

Así es que llegado a este punto, es bienvenido cualquier intento de rescatar algo que nos aleje de este panorama. El rock de acá tiene muchísima historia, extremadamente valiosa. Aún resisten el paso del tiempo obras como las de los Redondos, Sumo, Virus, Soda, Los Abuelos, Spinetta Jade, Pescado, Pappo’s Blues, Manal, Litto Nebbia. Todavía dan dura batalla Divididos, Skay Beilinson, Andrés, Las Pelotas, que cincuenteando no dejan de anotarse porotos con cada disco o con cada show. Pero a los chicos que quieren rock, los que se juntan en un garaje a patear al sistema, a gritar su mensaje, a mandar a la mierda el orden establecido con altura y gracia, los veo lejos de ser parte de la historia grande del rock en la Argentina. Sé que hay chicos talentosos, honestos y con onda, que quizás no estén interesados en hacer historia, vaya uno a saber.

El otro día miraba en la tele a Luis Alberto Spinetta en diálogo con el genial Emilio del Guercio, su antiguo socio artístico en Almendra, en Artaud, y amigo de siempre. Hablaban de “Muchacha (ojos de papel)”, y Luis decía que era una canción compuesta en la época en que todos creían que una canción podía cambiar al mundo. Y no lo decía entre risas o tristeza, lo de-cía como quien dice la verdad más obvia y dolorosa. Hoy el rock ha perdido belleza, potencia y gracia.

Hoy el rock es triste. Pero como digo una cosa, digo también otra: son tiempos que pasarán y vendrán mejores. Como buen rocker, jamás bajaré los brazos, me taparé las orejas o me quedaré diciendo que todo tiempo pasado fue mejor, mañana es mejor.

 Así es que se saludan con algarabía los intentos de recomponer al rock, de volver a ponerlo en ese pedestal arrogante e intocable de donde nunca debió haber salido. Aunque los intentos fallen o las intenciones queden sepultadas bajo la basura que queda en el campo de un festival donde compartieron escenario Charly García y Gladys, la Bomba Tucumana.

Vamos a lo que convoca hoy: salió un disco nuevo de una banda de rock. Mi viejo y querido amigo, el gran productor de discos Slide Thomas, artífice del último de Pappo’s Blues, me avisó. La verdad es que no me generó gran expectativa, sí curiosidad. Días después, en el show de presentación, conocí el disco Infierno a la carta, de Pista 2. Trabajando en Much Music, canal que dirijo artísticamente, había visto un par de videos,y ya me habían llamado la atención.

Una banda de rock típico y típica: guitarras, bajo y batería, con unos teclados asomando cada tanto y un cantante sumamente interesante. Facundo de Vido, que compone letras largas, un atributo que hoy hace diferencia. Hace unos meses, trabajando en los Estados Unidos, leí un reportaje a una de las mejores bandas surgidas en la última década, Fall Out Boy, que entre otras cosas se caracteriza por escribir letras kilométricas. El cantante explicaba que creció escuchandocanciones de rap de Dr. Dre, o Tupac Shakur, o Gil Scott-Heron, por lo que no tenía demasiado poder de síntesis al componer.

De Vido no tiene mucho poder de síntesis, lo cual, en casos como este, suma bastante. Las letras se entienden, se disfrutan, el tipo escribe bien y toca a la altura.

No acostumbro a leer la info del disco antes de escucharlo, para escuchar sin prejuicio, como pregonaba George Michael. Y en cuanto este disco empezó a sonar en el auto, en la ruta, lugar ideal para escucharlo, algo me sonaba a conocido, no los temas, o la voz, o las guitarras, no supe explicarlo. Hasta que leí la info y descubrí, no sin sorpresa y con placer, la presencia del inoxidable Alambre González en la producción artística. Por momentos me remitía a Los Dulces 16, una de las bandas más rockers de los 70.

Que quede claro, acá no están los Dulces, pero hay rock. A las guitarras de Facundo, Nicolás Simone y Pablo Cantafio, al bajo de Pablo Gherdol y la batería de Juan Carena, se suma la experiencia de Daniel Colombres y el propio Alambre tocando una guitarra más. Las letras suman a ese aquelarre de cuerdas y gritos que es el disco por momentos: “Ya no te traigo ni me traes, casi nada ya será al revés, hoy, la violencia es cotillón, y esta noche mi obsesión. No te olvides de volar, como lo hace Superman, yo me animé a despegar, sin saber aterrizar”. OK, con las reservas del caso, el tipo escribe bien y claro, toca fuerte y arregla preciso. Mucho más de lo que se puede conseguir corrientemente.

Días después vimos con Slide Thomas y demás parroquianos el show presentación de sus nuevos chicos. Una puesta modesta, una pantalla de fondo con imágenes de la banda en distintos ámbitos y un público expectante fueron el marco para que esa noche en San Telmo el rock dijera presente.

De Vido, de galera y agarrado al micrófono, no se molestó en saludar, largó con los temas del disco y, con pocos y muy breves intervalos, se las arregló para hacerse entender. Lo sospecho bicho de escenario, de esos que cuando los ves en la calle o en un banco no sobresalen, pero cuando se enciende un Marshall se transforma en una bestia de la escena.

Si tenemos en cuenta que el gran aporte que hizo el rock a la cultura de masas fue que por primera vez el que estaba arriba del escenario no difería del que estaba abajo, podemos decir que el principal motivo del rock estaba cumplido. Estos tipos tocan rápido, fuerte y cómodos, no hay peinados de peluquería, ni looks demasiado estudiados, ni posturas, ni ninguna de esas mierdas que lo único que hacen es desviar la atención de la música. Tocan, se ríen entre ellos, comparten la botella, se respetan los solos y a la cuenta de tres largan todos juntos. En fin, un show de rock.