La espiritualidad y la religión son dos temas que atraviesan buena parte de la literatura. Entre el nuevo rico que se convierte al catolicismo de Evelyn Waugh hasta los devaneos espiritistas de Luis Gusmán, muchas son las ánimas que pueblan la novela moderna.

 

De la devoción religiosa a la amorosa, la espiritualidad ha sido el motor de grandes personajes de ficción, siempre impulsados por una fuerza más elevada, a veces sagrada, otras profana. La literatura ha sabido explotar esa característica propia de la modernidad a la que Hegel llamó “secularización de la espiritualidad”: lo que antes era privativo de la esfera divina ha pasado a formar parte del dominio de los hombres. En Anna Karenina, de León Tolstoi, ya las palabras se vuelven difusas: “Dios”, “amor”, “bien”, aparecen como términos sustitutivos, más bien borrosos, como si uno valiera por el otro, mientras la protagonista abandona a su marido y a su hijo para seguir a un amor que corona un deseo insatisfecho en el que se funden lo carnal y lo espiritual, por el “bien” de todos (o algo así).

Donde la espiritualidad cobra un sesgo más marcadamente religioso es en la tradición de los escritores sureños de Estados Unidos, como Carson McCullers o Flannery O’Connor. Un sentimiento en general desbocado y no exento de hipocresía, el de los personajes de la América profunda. Uno de los clásicos imperdibles en esta línea es La parcela de Dios, de Erskine Caldwell, una novela plagada de humor negro en la que la familia Walden, comandada por el patriarca Ty Ty, busca obsesivamente oro excavando en su granja con la idea de reservar una parcela para la iglesia, que va cambiando de lugar a medida que creen que el oro puede estar en una u otra parte del terreno (porque una cosa es regalarle a Dios algo de tierra y otra bien distinta la riqueza material que pudiera albergar consigo). El jefe de familia, a todo esto, es un obseso sexual que no deja de acosar a la mujer de su hijo, mientras hace gala de su entrega a Dios y de su devoción espiritual. Caldwell, que fue prohibido en su tierra, fue un verdadero ídolo literario en su tiempo, sus obras fueron llevadas al cine por nada menos que John Ford, y vale la pena rescatarlo.

En otro registro, en Retorno a Brideshead del escritor inglés Evelyn Waugh, la historia es conocida: un nuevo rico sin linaje busca casarse con una chica de la alta sociedad cuya familia ha entrado económicamente en desgracia, proponiendo un acuerdo ventajoso para ambos.Y si bien él no es católico, lo cual resulta un inconveniente, está dispuesto a convertirse, apostando por el surgimiento de una fe instantánea. Según el propio Waugh, el libro “trata de lo que la teología llama ‘la intervención de la gracia divina’, es decir, el acto de amor unilateral e inmerecido por el que Dios llama continuamente las almas hacia sí”. En este caso, se trata de un llamado de tan sospechosa resonancia que el futuro marido, tras sólo un breve curso con un cura, rápidamente parece convencido: “Entonces le pregunté:–Suponiendo que el Papa mirara hacia arriba y viera una nube, y dijera: ‘Está por llover’, ¿debería eso suceder? ‘Oh, sí, Padre’. –Pero supongamos que no llovió. Pensó un momento y dijo: ‘Supongo que sería una especie de lluvia espiritual, sólo que seríamos demasiado pecadores para verla’.

De la espiritualidad al espiritismo

En El espejismo de Dios, Richard Dawkins afirma que es extremadamente probable que los creyentes compartan la misma religión que sus padres, ya que esta se debe en general a alguna forma de adoctrinamiento infantil: “Si usted nació en Arkansas y piensa que el cristianismo es verdadero y el islam es falso, sabiendo muy bien que usted pensaría lo opuesto si hubiese nacido en Afganistán, usted es la víctima de un adoctrinamiento infantil. Mutatis mutandi si usted nació en Afganistán”. Por eso insiste en que no existen niños musulmanes, católicos o judíos ya que, al igual que en otros asuntos, todavía son demasiado jóvenes y no tienen los elementos suficientes para decidir en qué creer.

Sin embargo, los niños “creen” y crecen, y algunos de ellos se convierten luego en escritores no exentos de misticismo. Entre ellos, William Blatty, precisamente el autor de El exorcista, dijo haberse inspirado para la novela en la imaginería cristiana aprendida en un colegio de jesuitas y sobre todo en las supersticiones y fantasías de su madre –una inmigrante libanesa analfabeta y fervientemente católica– que lo mantuvieron en buena medida al margen de la terrible situación de pobreza en la que vivían durante su niñez, en la depresión del 30 en Nueva York. Blatty incluyó anécdotas de su niñez en los diálogos de El exorcista, pero más allá de ese velado homenaje, la historia de su madre –que parecía tener más de un contacto con el mundo espiritual– quedaría inmortalizada en Les diré que te recuerdo, quizá su novela más lograda y menos conocida, dedicada a esa madre que en palabras de Blatty “tendía a aferrarse con fuerza a ciertas ideas cuyo vínculo con la realidad no aparecían demasiado visibles para el observador casual”.

Entre los escritores argentinos, también Luis Gusmán rememora una niñez de creencias sobrenaturales en Los muertos no mienten, mezcla de autobiografía y ensayo sobre el espiritismo. La madre de Gusmán era “médium doméstica”, una mujer que escribía por las noches y por la mañana no recordaba nada, como si alguien más le hubiese dictado esas palabras. A partir del recuerdo de vivencias de su infancia, como los días de calor en los que oía crujir las chapas de cinc y su madre decía que era un “espíritu burlón”, Gusmán se interesó por el surgimiento del espiritismo llegando a la conclusión de que en su origen tenía que ver con el género policial. “Hay agentes dobles entre los espíritus que quieren confundir al médium, que se los identifica mediante la firma, podía haber toda una cosa conspirativa y de intriga, casi como una novela de Le Carré.”

En La infancia perdida, Graham Greene habla del “peso de la infancia”, ese período de inocencia y credulidad en el cual lo vivido cobra otra dimensión, donde lo espiritual se arraiga con otro espesor. En la adultez, sin embargo, más bien convendría atender a la hipótesis de Feuerbach: “En el comienzo, el hombre creó a Dios y le dio poder sobre todas las cosas”. Dios como la más perfecta de las ficciones humanas. Mientras tanto, toda casa seguirá siendo la casa de los espíritus, cuando se trata de ficciones literarias.