El 11 de noviembre último, las Cataratas del Iguazú fueron elegidas una de las siete maravillas naturales del mundo. Subieron al podio tras arrasar en una votación de la que participaron millones de personas de todo el planeta, encandiladas por sus 275 saltos en medio de una selva tropical. El espectáculo mayor es la Garganta del Diablo, que perturba los sentidos con el sonido ensordecedor del agua cayendo sobre las piedras desde casi 80 metros de altura y con el vapor que envuelve la escena cambiando toda percepción de la realidad, una idea que persiguió a René Magritte desde el día en que tomó su primera lección de dibujo. El pintor belga pintaba cuadros con imágenes ambiguas y elementos fuera de contexto para provocar al espectador. Quería que vieran más allá de lo que les entraba por los ojos. Magritte, que comenzó como impresionista, coqueteó con el cubismo y el futurismo y se consagró como surrealista, fue el gran maestro del realismo mágico hasta que le robó el título Gabriel García Márquez, que no tocó un pincel en su vida pero contó las vidas delirantes de sus ancestros, nacidos y criados en un ambiente tropical. Como el de las Cataratas.