Es hora de recuperar aquella “vieja” idea: a los bares se va a charlar, a pensar, a leer, a conectarse con las personas. Y no solamente con la web.

Mucho antes de que internet fuera inventada, Marshall McLuhan, filósofo y pensador canadiense –famoso autor de La aldea global y la ya mítica sentencia de que “el medio es el mensaje”– dijo que “cuanta más información haya que evaluar, menos se sabrá. La especialización no puede existir a la velocidad de la luz”.

En Estética de la desaparición, Paul Virilio, arquitecto y urbanista francés, analiza profundamente la distorsión que la mecánica y la tecnología produjeron sobre la percepción humana y afirma con alarmante contundencia que “la velocidad destruye la verdad del mundo”. Vivimos en otro mundo, sentimos otro mundo. A mayor velocidad, mayor ilusión. No es lo mismo caminar que viajar a 130 kilómetros por hora. Sus reflexiones se remontan al invento del ferrocarril, del automóvil y del cine. Sin embargo hoy cobran renovada importancia.

Sobre el ya vertiginoso proceso de la globalización, se suman ahora, para dar forma a una versión “recargada” del mismo fenómeno, dos lógicas convergentes. Ambas provienen de esa dimensión que tanto estudió McLuhan: la comunicación. Se trata del rating “minuto a minuto” y de Twitter. Probablemente sin tener plena conciencia de sus implicancias, nos vamos acostumbrando a esas pequeñas frases picantes de 140 caracteres –que no por cortas y explosivas, garantizan agudeza o brillantez– y a monitorear on line aquello que Borges definió como una falsa lucha entre “dos impostores”: el éxito y el fracaso.

La tecnología nos atrae, nos entretiene, nos ayuda, nos acompaña, nos conmueve, nos sorprende. Y también nos atrapa, nos asfixia, nos aísla, nos anula. Simultáneamente nos conecta y nos desconecta. Nos acerca y nos aleja. Asistimos a una lucha mucho más potente y gravitante que aquella de 1997, cuando la supercomputadora de IBM, Deep Blue, derrotara por primera vez a un gran maestro del ajedrez, como Garry Kasparov. Hoy estamos frente a la pelea de fondo. Se trata de nuestras mentes y nuestras emociones peleando contra sí mismas. O mejor dicho, contra su versión distorsionada por el magma de estímulos que recibe sin límite.

En algunos restaurantes trendy de Nueva York al entrar te dan un phonekerchief. Una especie de pañuelo o servilleta que está hecha de un material inteligente que bloquea la señal telefónica y que puede llevarse en cualquier bolsillo como un símbolo. Dice: “My phone is off for you” (Mi teléfono está apagado para vos). El nuevo mensaje y en contratendencia: “Mientras estoy acá, estoy acá. Punto. Y no conectado a todos para estar desconectado de este momento”. Lo opuesto a la conexión total 24x7x365 que gran parte de la población cultiva y pregona por estos tiempos.

En la misma línea, ya hay bares en “la capital del mundo” –¿o acaso NYC no lo es?– donde se explicita con carteles en la puerta y en las mesas que allí “no se ofrece wireless”. ¿Qué buscan? Según Brand X Report ,“preservar en sus cafeterías y bares una vibración agradable y amigable y mantener sus lugares fuera de la Matrix, un espacio donde zombies sólo tipean y nadie habla”. Nos están diciendo que es hora de recuperar aquella “vieja” idea: a los bares se va a charlar, a pensar, a leer, a conectarse con las personas. Y no solamente con la web.

De todos modos, no podemos ser ni ilusos ni utópicos. Por más que quisiéramos, no podríamos evitarlo. Lo que es, es. Si queremos circular por este mundo, con algún grado de sociabilidad razonable, tendremos que dar la batalla. No hay otra opción. Y nuestro rival no tiene sentimientos. No es una persona. No tiene criterio ético ni moral. Solo avanza y crece. Como un conquistador desbocado, va por todo. Cubre todo espacio vacío.

Si en términos de Max Weber, “poder significa la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social, aún contra toda resistencia”, podemos coincidir en que su poder sobre nosotros se incrementa día tras día y, por cierto, nuestra resistencia es poca. Embriagados por la permanente seducción de la novedad tech, aceptamos gustosos cederle más y más espacio en nuestras conciencias y en nuestras vidas.

Sin embargo, pensar y entrar en conexión y relacionamiento profundo con las personas requiere tiempo. Las ideas y los vínculos necesitan maduración. El rapto de luminosidad mental sólo puede llegar a la mente apta para recibirlo. Y el conocimiento mutuo sólo se da través del tiempo y las experiencias compartidas. El vértigo estimula, pero la calma ordena. Como el yin y el yang no se anteponen, sino que se complementan. La tecnología no es ni buena ni mala. Es apenas una herramienta. Para poner todo su potencial a nuestro favor, necesitamos retirarnos con regularidad. Preservarnos. Oxigenar nuestra mente. Desintoxicar nuestra sensibilidad. Ya existen softwares que te desconectan aleatoriamente de internet por algunos minutos. Implica asumir que ya hay personas que han perdido la voluntad y la capacidad de hacerlo por su propia cuenta. En el tiempo que viene, deberemos aprender a desconectarnos de lo virtual para poder conectarnos con lo real. Y manejar esa permanente “entrada y salida”. Será la única manera de tolerar tanta conexión virtual que será, a su vez, inevitable y fundamental para poder vivir en el mundo de la hipercomunicación.

¿Qué implica conectarnos con lo real? En principio, conectarnos con nosotros mismos. Con nuestra vida mental y espiritual. Con nuestra capacidad de abstraer y pensar. Y, luego, con aquellos que nos unen vínculos reales y no sólo virtuales. Los afectos y los amigos, que están mucho más allá de los “contactos”. Será la única manera de navegar el vértigo sin perder el sentido de la orientación.

O aprendemos a ser los amos de la tecnología o terminaremos siendo sus esclavos.