Fue el primer latinoamericano en ser designado lama, hoy dirige un centro budista tibetano en Belgrano. Reflexiones sobre esta forma de conocimiento de sí mismo, la meditación, 2012 y el camino de espiritualidad que debe retomar el hombre.

Nuestra visión es que vivimos como si en vez de abrir la puerta a la vida, estuviéramos viendo por la mirilla.” Lo dice contundente. Se siente que no sólo los zapatos quedaron en el umbral, también la forma de ver las cosas. Sangye Dorye es el único lama tibetano argentino y el dueño de esa afirmación. Fue hippie en los 70, lo persiguió la Triple A, estudió Música, Arte y Antropología en la UBA y transitó los caminos de la búsqueda del conocimiento, que lo llevaron al budismo. Hoy, junto con su mujer, la lama Rinchen Khandro, dirigen el Jardín del Budismo Mahayana, el Kagyu Tekchen Chöling de Argentina, y también el Centro de Retiros tradicional de tres años Kagyu Ling, primer instituto para el estudio y la práctica del budismo tibetano de Latinoamérica, fundado en 1983. Son discípulos directos de los maestros Dorye Chang Bokar Rinpoche y Kyabje Rinpoche, quienes los designaron sus representantes en el país.

“Somos los primeros latinoamericanos en recibir esta formación y en ser designados lamas. Hicimos el entrenamiento riguroso de 3 años, 3 meses y 3 días, en el centro de retiro en La Bourgogne, Francia, en 1976”, señala Sangye Dorye, nombre que reemplazó al occidental Horacio Araujo con que fue anotado hace 57 años.

Todas las escuelas budistas orientales basan su tradición en las enseñanzas del propio Buda, que nació 560 años antes de Cristo como el príncipe Siddaharta Gautama en Lumbini, frontera de Nepal con la India. A los 29 años salió por primera vez de su palacio y descubrió la vejez, la enfermedad y la muerte. En ese momento decidió abandonar el lujo, a su mujer, la princesa Yasodhara, y a su hijo Rahula, para buscar la cura a esos pesares. Pasó siete años aprendiendo de los maestros de la época y meditando bajo un árbol hasta que encontró la iluminación. En ese momento tenía 37 años, y el resto de su vida, hasta los 82, los dedicó a enseñar.

–¿Buda fue un innovador?

–Buda fue extremadamente innovador en todos los sentidos, fue el primer feminista, el primero que destruyó la idea de castas, el primer ecologista. Trabajó en función de liberar a los seres del sufrimiento, pero de una forma práctica. El budismo es la religión más antigua del mundo, que prácticamente nunca ha cambiado sus fundamentos, pero se adapta perfectamente a casi todos los entornos culturales porque apunta directamente a la mente del ser humano, no a la parafernalia de un ambiente determinado. Los budistas no somos ni nihilistas, ni idealistas, ni ateos. Porque Dios es un problema de los teístas, no es nuestro problema. Dios existe en términos de los teístas, pero para nosotros el camino que enseñó Buda es llegar a la misma realización que él, no hay un escalón de diferencia.

–¿Cómo se explica eso?

–Porque todos los seres sensibles, por el hecho de ser conscientes, son Buda, lo que ocurre que esa naturaleza búdica está vedada por una cantidad de emociones conflictivas. Mucha gente diría, ¿qué tienen de conflictivas las emociones? Lo son porque tienen intereses contrapuestos. Buda enseñó el antídoto para las 84 mil emociones conflictivas que tienen los seres sensibles. Ese número, 84 mil, no es simbólico, es un número que viene tanto de la metafísica como de la medicina tibetana, y la raíz de esas 84 mil emociones conflictivas se puede sintetizar en tres: el deseo y el apego, el odio y la aversión, la estupidez y la opacidad mental.

–¿Se liberan a través de la meditación?

–La meditación es inefable, es una experiencia muy íntima. Buda tuvo que devanarse el cerebro para explicar a los hombres cómo ayudarlos a cultivar su propia esencia búdica, porque era algo que no podía manifestar en palabras. Y nosotros hacemos un símil muy interesante, se dice que la meditación propiamente dicha es como, por ejemplo, pedirle a un mudo que narre su sueño de la noche anterior. ¿Cómo expresa en palabras? Es imposible.

–¿En Occidente hay una idea errónea de lo que es meditar?

–Meditación, en Occidente, implica pensar. Pero meditar es dejar la mente en completa calma. Yo tengo un vaso con agua de pozo que es deliciosa, pero a veces viene con alguna hojita en suspensión. ¿Qué hacemos los occidentales? Con nuestro ego decimos: “Voy a mejorar esto, voy a sacar la hojita”. La meditación es dejar simplemente que decante. No vemos la realidad objetivamente. La vemos desde el punto de vista del interés personal, sin darnos cuenta de que si apreciamos el interés de los otros nos beneficiamos también nosotros.

–¿El hombre va a tener que volver a reencontrarse con su espiritualidad?

–Necesariamente, o va a desaparecer. Cuántas especies han desaparecido antes de que nosotros llegáramos al mundo, y cuántas después. Pero hay un mensaje esperanzador. Existe el sufrimiento, y la causa es el deseo. No el sexual, como se interpreta erróneamente en Occidente. Pero hay un remedio, y es la práctica de la virtud, que es hacer lo correcto. Lo fundamental es lo que siempre ha predicado el budismo: sentido común.