Ama su casa, su familia y su carrera. Ordena los espacios en “mundos”, que son habitados y regidos por sus ocupantes. Le encanta cambiar de atuendo escénico y se divierte escondiéndose detrás de los personajes. Ríe mucho y es completamente encantadora.

Cuenta con tres Martín Fierro en su haber, todos como mejor actriz protagónica, por Gasoleros, Señoras y señores y Socias. Y tres nominaciones por Culpables, Amas de casa desesperadas y nuevamente Socias. Pero su trayectoria está plagada de éxitos y grandes interpretaciones, más allá de los premios. Hizo teatro, series, miniseries y cine, su gran amor. Prolífica como actriz y como mujer, es madre y abuela. 

 

Llegó a la nota con puntualidad inglesa, hizo fotos casi sin ser guiada, se sentó frente al micrófono con completa serenidad y se divirtió contestando las preguntas. 

 

–Cine, teatro, televisión. Hizo todo. ¿Cuál es su favorito? 

–El cine, porque me gusta el antes, el durante y el después. Disfruto mucho de ese año que transcurre entre que se rueda una película y sale. Es una distancia que me hace tener una mirada más piadosa sobre el material. Además el cine es del director, y tiene ese encanto de cultivar la espera, de entrega, de confiar. Un director puede hacer diez películas diferentes con el mismo material. Y allí es donde reside la entrega. 

 

–Hoy está haciendo El hombre de tu vida. ¿Gloria Pinotti tiene algo de Mercedes Morán? 

–Sí. Todos los personajes tienen algo mío. Me encanta el juego de hacer personajes diferentes porque en todos puedo poner en la luz partes mías que están controladas, escondidas o prohibidas. De algún modo es una observación sobre sí misma.

 

–¿Qué piensa hacer el año que viene? 

–Sigue El hombre de tu vida por un año más, pero lo terminamos de grabar en diciembre. Después me tomo unos meses de descanso y voy a hacer teatro. Es una obra maravillosa que se llama Buena gente, con Gustavo Garzón y Verónica Llinás. Es un culebrón brillantemente escrito, con un humor muy bien entendido sobre la discriminación. De una manera cero bajadora de línea, habla sobre cómo discriminamos. De las formas obvias y de las otras. 

 

–¿A qué se refiere cuando dice “de las otras”? 

–Estamos acostumbrados a ver la discriminación de una clase a otra, de una raza a otra. Pero existe, y mucho, la discriminación entre los pobres, de los ateos a los creyentes, la autodiscriminación. En la obra se rompe con la utopía de que la discriminación es de los fuertes hacia los débiles. 

 

–¿Qué es para usted ser un ícono?

–Para mí es empezar de cero. Es como un cuaderno nuevo, y saber que queda todo por aprender. 

 

–¿Considera serlo?

–En este sentido sí. 

 

–¿Qué cualidades tiene que tener una persona para ser número uno?

–La convicción de que no ha llegado a ningún lado y que no está de vuelta de ningún camino. La certeza de que no sabe nada. 

 

–¿La atraen los hombres número uno?

–Sí, porque es la calificación que les doy en mi vida. 

 

–¿Qué es, específicamente, lo que la atrae de un hombre? 

–La sensibilidad, el buen humor, la inteligencia, el optimismo, que tenga un sentido de la paternidad desarrollado y que no muera por las chicas jóvenes. 

 

–¿Prefiere un hombre número uno a su lado, o no? 

–Quiero un hombre que no compita conmigo. He tenido hombres que han competido, sin ser número uno y siendo número uno (según los estándares sociales, por supuesto). Me gustan los hombres y las mujeres que tienen ese porcentaje de seguridad y ese de duda que los hace reales, humanos. 

 

–¿Cumplió los sueños que tenía de niña? 

–Algunos sí. Tener hijos es el más importante. Ser actriz y vivir de mi profesión, viajar, tener amigos… y me quedan sueños por cumplir. 

–¿Cuáles? 

–Hay uno que mantuve siempre, a veces pagando costos altos, sueño con no perder nunca el deseo. En mi vida, en mi trabajo, con mi familia. No quiero perder la alegría de vivir y el deseo que me mueve a seguir creciendo como persona. 

 

–Si pudiera cambiar una sola cosa en su vida ¿qué cambiaría? 

–Siento que a medida que crezco voy derribando prejuicios. Es decir, ideas preconcebidas sobre las cosas. Si pudiera adelantar los momentos en los que derribé prejuicios, hubiera sido más feliz. 

 

–¿Cómo es Mercedes fuera del escenario? 

–Igual, aunque a decir verdad, arriba del escenario soy más desinhibida porque los personajes me protegen. Las mascaras escénicas revelan lo que uno es, sobre todo en el teatro. Uno se siente protegido y por ese motivo también se muestra con mayor libertad. 

 

–¿Qué elementos son imprescindibles en su cartera? 

–Anteojos de sol, las llaves para volver a casa, cepillo de dientes y pasta dentífrica… (mira el techo y luego baja la mirada como confesando algo que le pesa) y el teléfono… (y reímos, sabiendo que es algo de lo que nadie puede escapar en estos tiempos). 

 

–Una palabra que la defina. 

–Mudanza. Porque vivo mudándome, literal y figurativamente. Siempre lo hice con gran entusiasmo. Es una limpieza, una forma de habitar otros espacios en todo sentido. Es como ordenar un placard enorme. Soltar cosas me resulta muy sanador. Tengo siempre una intención de ir hacia lo mínimo, de hacer más liviana la mochila. 

 

–Si viaja ¿qué no puede faltar en su valija?

–Zapatos y ropa cómoda. Mis cremas y música. 

 

–¿Qué cosas la ponen de mal humor? 

–El mal humor de la gente, aunque suene redundante. Es algo que tengo que aprender a controlar, sufro el mal humor, y me pone fatal cuando alguien viene con mal humor y no lo puede administrar. Tal vez porque a veces me sucede lo mismo. 

 

–¿Qué cosas la conmueven? 

–La vida me conmueve. Hace poco fui abuela, y si digo que mi nieta fue la que me estremeció, no sería muy honesta. Lo que me ha conmovido brutalmente de esta experiencia es ver reflejado el devenir de la vida. Me veo a mí joven, siendo madre, vuelvo a mirar a cada una de mis hijas, pienso en las personas que ya no están. Es un todo. Un florecer del deseo, de proyectos de vida, de ganas de hacer. Es ver cómo pasa la vida y las ganas de hacer mientras estamos acá. 

 

–¿Qué no perdona? 

–Nada. Hay cosas más difíciles, pero puedo perdonar hasta las que se consideran imperdonables. 

 

–¿Miedos?

–Le tengo miedo a la enfermedad en los seres que quiero. Al dolor, a la insatisfacción, al resentimiento. Tengo miedo de que ese tipo de cosas pudieran apoderarse de mí porque creo que son las que oscurecen la vida. 

 

–¿Una fobia? 

–Los lugares superpoblados me hacen mal. Y los llenos de histeria, aún más. 

 

–¿Algún tic? 

–Estoy constantemente tocándome los dedos entre sí. 

 

–¿Cocina? 

–Sí, me encanta… Mi favorito, milanesas con puré. 

 

–¿Un perfume? 

–Me gusta el perfume en crema Thé Vert, de L’Occitane. 

 

–¿Un lugar en el mundo? 

–Mi casa, en cualquier lugar del mundo donde la pueda armar. Buenos Aires es la ciudad donde mejor me siento, pero también podría vivir en cualquier ciudad de Italia, Nueva York y en el sur de nuestro país, que me fascina. 

 

–¿Un momento? 

–A la mañana cuando me despierto. Me gusta quedarme unos minutos observando la luz de mi cuarto, tratando de pescar los sueños que quieren evaporarse, me gusta saber que al lado mío está el hombre que amo. Me levanto muy bien, con mucha curiosidad por el día por venir y muy agradecida. 

 

–¿Un trago? 

–No soy muy bebedora, pero cuando lo hago, me gusta el ron cola, el daiquiri y un licor muy clásico que me hizo probar Fidel; me gusta de vez en cuando tomar o fumar algo que me altere el estado de conciencia. Me gusta que me lo preparen. Yo cocino, el hombre prepara los tragos. 

 

–¿Le gusta jugar? 

–Sí. Con mis amigos jugamos mucho al diccionario. Siempre estamos en la búsqueda de juegos nuevos. Lo lúdico es parte de mi vida. 

 

–¿Tiene cábalas? 

–Me invento cábalas todo el tiempo, sobre todo en el teatro. Es una ceremonia clásica que aparece en los últimos días de ensayo, y las uso en ese sentido. La última fue haciendo Agosto, besaba todas las fotos (que son unas cuantas) que tenía en el camarín. 

 

–Si realmente se acabara el mundo pasado mañana. ¿Qué haría? 

–Lo pasaría con mis seres queridos y me metería algo para divertirme mucho… (y termina con una risa completamente franca, como toda esta entrevista). 

 

Su vida parece escrita por un buen guionista, pero lo cierto es que esta mujer que sabe donde está parada fue la que hizo, y hace, su propia historia. Es completamente realista y no tiene miedo de responder nada. Se nota que su paso por todos los ámbitos de la actuación, y su tránsito consciente de la vida le dieron esa claridad de quienes están asentados. Pero el camino, como todos, no fue de rosas sin espinas. 

 

Confiesa haber sido muy poco tradicional a la hora de tomar decisiones, y hoy elige espacios convencionales y se siente cómoda en ellos. 

 

Galardonada artista y reconocida por su talento, Mercedes Morán es una número uno, que supimos y sabremos seguir distinguiendo.