Descendiente de la poderosa familia Agnelli, creadora del imperio Fiat en el mundo, reconoce que lo que lo mantiene “vivo”, es el hecho de ser extremadamente curioso. 

Descendiente de la poderosa familia Agnelli, creadora del imperio Fiat en el mundo, reconoce que lo que lo mantiene “vivo”, es el hecho de ser extremadamente curioso. 

 

Sentado al volante de su Alfa Romeo 159 sportwagon asegura que, “en menos de tres horas estamos en Los Cardos”, su campo de Balcarce. Es fin de semana largo y el mal tiempo impidió que “El Tano” se trepara a su avión particular y piloteara hasta la estancia para estar en 35 minutos, como a él le gusta. Velocidad, adrenalina, son dos de las características principales de este hombre, mitad argentino, mitad italiano, que a veces parece un chico. Y quizá ése sea el secreto para mantenerse, a los 63 años recién cumplidos, con la energía de un adolescente. “Soy curioso por naturaleza. Todo lo que me llame la atención me atrapa absolutamente…. Lo malo de esto es que me aburro muy fácilmente cuando algo ya me es familiar”, dice con sonrisa pícara mientras acelera el auto a una velocidad que no puedo precisar, pero ronda entre los 180 y 200 kilómetros por hora. 

 

Permanezco atada y rezando en silencio. Si bien estoy con un piloto profesional, la velocidad no es mi atracción favorita. De su casa de Barrio Parque hasta Los Cardos hay 420 kilómetros de distancia. Los últimos 20 son de barro y llueve a cántaros. En vez de pensar cosas feas, prefiero aprovechar las tres horas del viaje para sacarle una radiografía a su alma. Saco un cuaderno, mi lapicera de la buena fortuna y comienzo a disparar. 

 

–¿Cuándo se dio cuenta de que le gustaban los fierros?


–A los 7 años tuve mi primer autito americano a motor con el que andaba por el campo. Ahora está expuesto en el Museo Fangio en Balcarce. Mañana nos damos una vuelta por ahí así veo cómo quedó.

Al día siguiente fuimos al museo y allí estaba, pintado de azul oscuro. Cristiano protestó un poco porque en realidad el original era color cielo, no azul. “Su hermana lo mandó a pintar porque estaba muy viejito”, le explicó el director del lugar.

 

–Usted, además de correr en Fiat Línea Competizione en la actualidad es, además, piloto de avión y de helicóptero. ¿Cuál de los dos prefiere a la hora de volar?


– Me apasionan los dos por igual. Con el avión siento más la sensación de libertad, de poder ir a lugares más lejanos. En cambio el helicóptero es mucho más artístico con respecto a los movimientos que tengo que hacer con las manos y con los pies. Son dos cosas totalmente distintas y cuando tengo que ir a algún destino evalúo cual de los dos me conviene o divierte.

 

    A principios de febrero de 2011, Cristiano realizó una travesía que muy pocos conocen. Viajó hasta Fort Lauderdale para buscar su última adquisición: un Bell 430 con el que viajó como piloto desde ésa ciudad ubicada en las afueras de Miami hasta el aeropuerto El Jagüel de Punta del Este. Un copiloto norteamericano lo acompañó en la travesía de 42 horas de vuelo. “Fue una experiencia única. Hicimos 21 paradas en total. Cada dos horas bajábamos a cargar combustible y seguíamos vuelo. El copiloto que me acompañó ya había hecho ese trayecto y conocía las paradas, aunque reconozco que no las seguí a rajatabla”, comenta con la sonrisa que gran parte del día lo acompaña, una mezcla de picardía con el niño que lleva dentro.

 

–¿Vivió alguna situación de riesgo durante el trayecto?


–Sí, cuando cruzamos el Amazonas el buen tiempo no nos acompañó para nada. Llovía y llovía y había que volar bien alto. Convengamos en que el viaje no se trató de un simple paseo sino que más bien lo viví como una gran aventura, una de las más apasionantes de mi vida. Hace 42 años que soy piloto y he pasado varios momentos complicados. Una vez aterrizando en el aeródromo de Luján se me cruzó una vaca y chocamos de frente. Casi me mato. 

 

–¿Cuál es su deporte favorito?


–En general me gustan los que me provocan adrenalina como el kite surf, correr carreras de autos… pero también disfruto mucho jugando al tenis con amigos. 

 

–¿Tiene algún tipo de cábala?


–No, soy cero supersticioso. Tanto, que el año pasado corrí como piloto con el número 13. Si se me cruza un gato negro me ne frega un cazzo (se ríe). Mi madre sí era muy supersticiosa. 

 

Hace dos años que Susanna Agnelli, su adorada madre, falleció a los 87 años. “Sunni”, además de haber sido la primera mujer ministro en Italia, en 1995, dirigió durante años junto a su hermano Gianni el imperio Fiat que creó el tatarabuelo de Cristiano. 

 

–Tengo entendido que usted era muy apegado a su madre. Imagino cuánto la extraña…


–Mucho. Extraño el hecho de no poder llamarla y hablar de todo, como lo hacíamos a diario durante horas. Siempre tuve muy buena comunicación con ella y hay veces en los que se me aparece de golpe en mi mente como si quisiera decirme algo. Y me quedo con las ganas de llamarla y escuchar su voz.

 

–Y a su padre, el conde Urbano Rattazzi, ¿lo visita seguido en Italia?


–Trato de ir a verlo cuantas veces pueda. Pero hace 10 años que un ACV lo dejó muy mal lamentablemente.

 

–Como hombre de origen italiano, ¿es de reunirse los domingos en familia?


–El mundo cambió tanto con internet, el skype, los teléfonos celulares, que organizar esa especie de ritual donde todos se aburren me parece un bodrio. Ese tipo de programa me aburre tanto como ir a un casamiento.

 

–¿Se casó sólo una vez? 


–Sí, me casé con Sonia del Carril, en Biarritz, y tuvimos tres hijos, Alexia, Urbano y Manuela. Estuvimos 20 años juntos y después nos divorciamos. Acá en la Argentina sigo siendo soltero (sonríe).

–¿Se volvería a casar?


–¡Ni loco! Estoy encantado con mi estado actual de absoluta libertad. 

 

 –¡Más de una mujer que lea esto se va a decepcionar!


 (Se ríe). No puedo prometer amor eterno. Y trato de no engañar jamás a una mujer con mentiras. Más de una vez me han dicho: “Por favor, aunque sea mentime”. Y lo cierto es que ni en chiste puedo mentir, ¡no me sale!

 

–Dígame su plato preferido (Mujeres, ¡agenden!).


–Spaghettini con parmigianino, con salsa de hongos, o de pesto, pero sin ajo ni cebolla. También spaghetti alle vongole.

 

–Usted, además de ser presidente de Fiat, es vicepresidente de la UIA y de IDEA. Sin embargo, se lo ve seguido en  eventos. ¿Qué es lo que tanto le atrae de la recorrida?


–Soy muy curioso, me encanta conocer gente y circular. Detesto los eventos donde hay que sentarse porque me quedo dormido (se ríe), prefiero ir a cócteles donde uno pueda moverse y si no está muy divertido, me voy silbando bajito.

 

–¿Cuántas horas por día duerme en general?


–Con seis horas estoy bien. Trato de dormirme a las 12 y a las 6.30 ya estoy despierto sin necesidad de que suene el despertador. Tengo un reloj biológico y un personal trainer, Daniel Tangona, que no me dejan dormir mucho más.

 

–¿Es de acordarse y analizar los sueños?


–Jamás me acuerdo lo que soñé. Me despierto con la mente en blanco. Raro, ¿no?

 

–¿Qué es lo primero que hace cuando abre los ojos?


–Prendo la TV y hago un breve zapping entre TN, y los canales de agro. Siempre me informo sobre el pronóstico del tiempo de los próximos 6 días y después desayuno leyendo los diarios.

 

–¿En papel o vía internet?, ¿Cuáles?


–Papel, me gusta tocarlos. Corriere della Sera, La Nación, Time, Newsweek.

 

–¿Cuánto le atrae la moda?


–Cero. Me aburre absolutamente. Lo único que me divierten son los relojes. 

 

En su mano derecha, mientras volantea el Alfa, veo que lleva un Bulgari deportivo. En su muñeca izquierda tiene una pulsera cadena en oro blanco con su nombre grabado junto a su grupo sanguíneo: ORH positivo. Tradición familiar, me explica después.

 

–Pregunta obligada: ¿qué es para usted ser un número uno?


–Es ser el mejor dentro de un terreno y trascender en la historia. No es cuestión sólo durar un par de años. Steve Jobs, Bill Gates, Michael Schumacher, Vettel, Juan Manuel Fangio y Adolfo Cambiaso. Ellos son buenos ejemplos de lo que para mi significa ser un número uno. 

 

Restan sólo dos kilómetros de un camino de barro para llegar a Los Cardos. Sigue lloviendo a cántaros y el cielo está gris oscuro. Rattazzi pulsa el botón ASR del Alfa (anti-slip regulation), y comienza a divertirse como loco piloteando sobre huellas que dejaron de existir hace rato. Cristiano está en su salsa y saca a relucir ese niño que lleva adentro.

     

La historia de Sunni
 
 
Hija de Eduardo Agnelli y Virginia Bourbon, y nieta de Giovanni, el fundador de Fiat, Susanna Agnelli, conocida como “Sunni”, se casó en 1945 con el conde Urbano Rattazzi y tuvo seis hijos: Ilaria, Samaritana, Cristiano, Delfina, Lupo y Priscilla Rattazzi. Susanna era la hermana menor de Giovanni “Gianni” Agnelli, presidente honorario de Fiat hasta su muerte, en 2003, y cuyo estilo de negocios convirtió a su familia en un símbolo en Italia. Conocida por su carácter franco y poco diplomático, Sunni Agnelli ingresó al mundo de la política en la década de 1970.
 
 
Entre 1974 y 1984 fue alcaldesa de Monte Argentario, un municipio de la Toscana.
También fue diputada por el Partido Republicano durante dos legislaturas, entre 1976 y 1983, y ocupó un escaño en el parlamento europeo entre 1979 y 1981. 
 
 
Si bien ingresó al Senado italiano en 1983, a partir de ese año “Sunni” concentró su labor política en los asuntos exteriores: fue vicecanciller hasta 1991 y canciller entre 1995 y 1996, durante el breve gobierno del presidente Lamberto Dini, del Partido Independiente. Fue la primera mujer en ser titular de la cancillería italiana.
 
 
Escritora, en 1975 Sunni publicó una autobiografía (Nos vestíamos a lo marinero) que contaba cómo había sido su infancia en la familia más poderosa del país. Al año siguiente, el libro, un retrato de la alta sociedad italiana en las décadas de 1930 y 1940, se convirtió en un best seller en Italia. Mientras desarrolló su carrera política, la ex canciller siguió también con sus labores humanitarias y de caridad, que había comenzado durante la Segunda Guerra Mundial, cuando colaboró con la Cruz Roja en un hospital de Roma para asistir a soldados heridos. 
 
 
El 15 de mayo de 2009, a los 87 años, el corazón de Sunni dejó de latir en el Policlínico Gemelli, de Roma, por complicaciones cardíacas surgidas tras una operación en el fémur. Hasta el día de hoy, tanto sus hijos como sus nietos y bisnietos la recuerdan con inmenso cariño y gran admiración. El actual canciller italiano, Franco Frattini, la recordó el día de su fallecimiento como “una de las grandes protagonistas del siglo XX”.