Rata tunea cuerpos a pedido, pero es la antítesis de los cirujanos fashion de la tele: nada de lolas ni labios carnosos, lo suyo son las cicatrices, la lengua partida y las perforaciones. Pasen y vean.

En 1995, Rata tenía 16 años y era punk. Decidido a hacerse un piercing, compró un aro abridor de oro, como los que se usan para las bebas, y se lo clavó en la nariz. Estaba borracho y todo ocurrió durante un recital. Curiosamente, tocaba una banda llamada Anesthesia (lo que él no usó). Por aquella época también mandó a fabricar, junto a unos amigos, una letra A de metal encerrada en un círculo. Cumpliendo un ritual de iniciación, la calentaron al rojo vivo y todos se marcaron el símbolo de la anarquía en el pecho.

Hoy, Matías Tafel, Rata, tiene 32 años y es un referente entre quienes realizan modificación corporal (body modification, o bod mod para los amigos). Pero también es un padre de familia preocupado por vigilar la cuenta de su hija en Facebook y un empresario que, en base al trabajo y al esfuerzo, goza de cierta prosperidad.

A su estudio en la localidad bonaerense de San Martín, hace poco sumó un local en la galería Bond Street, la meca del tatuaje, los piercings y otras yerbas.

El universo de la bod mod es pequeño. En Buenos Aires, los que se dedican a esta especialidad se cuentan con los dedos de una mano. Y los que se someten a prácticas donde talla el instrumental quirúrgico son muchos menos que los que se ponen tattoos y aritos.
Se entiende: la persona que quiere tener una lengua bífida u orejas propias del señor Spock, por lo general lleva un estilo de vida alternativo.

Es casi imposible que un oficinista, de la nada, quiera ponerse un implante con forma de manopla bajo la piel.
Nuestra cultura acepta y promueve muchas maneras de modificación corporal.

¿Qué son, si no, las operaciones para aumentar el tamaño del busto, corregirarrugas, levantar nalgas y enderezar narices?

La diferencia es que la bod mod busca un ideal de belleza no convencional.

Otro contraste es que no se utilizan anestésicos y el dolor está garantizado.

Los profesionales brindan, eso sí, estrictas condiciones de asepsia. “Somos una comunidad de modernos primitivos. Rescatamos rituales aborígenes que se hacían con seguridad nula y los llevamos adelante en las condiciones actuales, de un modo seguro”, dice Rata, quien hizo cursos de dermatología, esterilización, primeros auxilios, enfermería y anatomía, además de formarse con artistas del exterior.
Días atrás, por caso, volvió de Las Vegas.

Y no es la primera vez que viaja para perfeccionarse en Estados Unidos, donde conoció a Steve Haworth, creador de la bod mod (el papá de la criatura). También reconoce como sus maestros al francés Lukas Zpira y al finlandés Samppa Von Cyborg, a quien traerá próximamente a la Argentina para que dicte seminarios.

Otra de sus influencias es el brasileño Andrés Fernandes, socio de Rata en un taller que fabrica implantes subdermales de silicona bajo la marca Fussion.

Rescatamos rituales aborígenes que se hacían con seguridad nula y los llevamos adelante en otras condiciones

Mucha gente tal vez no pueda diferenciar entre un piercing y una técnica de modificación corporal, pero Rata da una pista bien clara. “La aguja cambia por un bisturí”, dice, y pasa a explicar las posibilidades que ofrece el mercado.

El scalpelling consiste en hacer perforaciones de grueso calibre, de 10 milímetros aproximadamente. El bisturí atraviesa de lado a lado tejidos blandos.

Se utiliza, por ejemplo, para poner debajo del labio inferior el bezote que las culturas prehispánicas de México usaban en señal de dignidad.

También sirve para agujerear ombligos y lóbulos de orejas. Según Rata, el scalpelling es más seguro que abrir con una aguja y agrandar luego la perforación con medios mecánicos. “Más filo, menos traumatismo” es la ecuación.

En el dermal punch, en tanto, se emplea una herramienta de biopsia. Una especie de sacabocados cilíndrico que extirpa porciones de tejido cartilaginoso.

Ideal para abrir ventiletes en la nariz y en el pabellón de la oreja.

La escarificación implica realizar cortes para obtener una cicatriz con forma definida. Por ejemplo, la silueta de una mujer. “Es algo anterior al tatuaje –dice Rata–. En una tribu africana, el chamán dibuja, con una piedra afilada, escamas en el torso y en la espalda de los que pasan a la adultez porque adoran al cocodrilo. Y en otra, las mujeres se hacen líneas en la cara, lo cual significa que están listas para ser madres.”
Pero ¿cómo se logra una escarificación profesional? “En una sola sesión. La persona se va con un apósito y con las indicaciones de curación.

Se hace una cicatrización húmeda, lavando con jabón antiséptico y cubriendo con vendas”, responde.

Luego viene el branding, que es aquello que Rata hizo de pibe con un hierro candente, sólo que ahora se emplean electrocauterizadores.

Pero el resultado es el mismo: quemaduras de tercer grado.

“Una vez vino un tipo de traje para que le grabara en el pecho la inicial de su hijo, porque quería sentir algo del sufrimiento que había pasado el chico en un accidente donde se quemó el 70 por ciento del cuerpo. Me pareció la causa más noble de una modificación corporal”, cuenta, y aclara que ya no hace branding porque “es una técnica muy irregular, con el tiempo los resultados cambian”.

Bajo la denominación implantes se designa a la introducción de objetos en la hipodermis, última y más profunda capa de la piel. Al principio, las prótesis eran de acero quirúrgico o de titanio, lo cual provocaba tendinitis y lesiones por golpes.

Actualmente se fabrican de silicona.

Al ser blandas, tienen una ventaja adicional, y es que pueden embutirse a través de incisiones más pequeñas. El bisturí hace el corte y luego, con unos elevadores, se levanta la piel y se hace un bolsillo donde se inserta el adorno.

En el tongue split (partición o división de lengua), la sin hueso se bifurca de un solo y certero corte, mientras un asistente la sostiene con pinzas. Como resultado, quedan dos puntas que el usuario puede mover de manera independiente, lo cual despierta mucho morbo. Abril, de 25 años, aprendiz de

Rata desde 2006, dice: “Si la mostrás, a algunas chicas les causa impresión. En cambio, si la usás directamente, sin avisar, no se quejan”.

Mediante el ear pointing se remueven y suturan tejidos para darle a la oreja una terminación en punta, y el earlobe reconstruction sirve para cerrar lóbulos expandidos.

“Todo lo que hago –destaca Rata– se puede revertir. Es menos permanente que un tatuaje.”

Por las dudas, antes de cualquier práctica, el interesado debe firmar un consentimiento donde declara conocer los riesgos y asume toda la responsabilidad, ya que la modificación corporal es hecha a su pedido.

“Elegimos muy bien a nuestros clientes. Un tonto que quiera llamar la atención, que vaya al psicólogo. Nosotros somos artistas”, sostiene Rata.

Las grandes preguntas son ¿por qué alterar la forma natural del cuerpo?, ¿por qué sufrir para ello? “No lo hago por rebeldía ni tengo motivos de flagelación. Lo veo como expresión. Busco la conformidad con mi cuerpo y conmigo mismo.
Investigo las raíces de mi profesión para ser único”, responde Rata.

Pablo Perelmuter, de 27 años, artista del piercing, dice: “Yo soy así porque mi profesión me lo permite. Puedo sostenerme gracias a este laburo y eso me da libertad. Si trabajara en McDonald’s, no podría ponerme un bezote, me echarían”.
Abril, por su lado, admite que no disfruta los procedimientos. “Pero me gusta el trabajo realizado, por eso me aguanto el dolor.”

Ya es hora de emerger de las catacumbas de la Bond Street, donde se hicieron las fotos, y queda un interrogante.

¿Cuánto? Rata no quiere hablar de dinero. Se muestra reacio. Para conformar al periodista, dice que no hace ningún trabajo de modificación corporal por menos de mil pesos.

La A de anarquía que alguna vez se marcó a fuego en el pecho hoy casi no se ve. Quedó tapada por un tatuaje, por el paso del tiempo y, en fin, por la madurez.